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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

La vida cristiana no consiste en acumular méritos

Cuando comenzamos a pensar que somos mejores que los demás, que hemos hecho más, que tenemos más derechos adquiridos o que Dios debería tratarnos de manera especial, nuestra relación con Él empieza a deteriorarse

Hay algo sorprendente en la parábola de los trabajadores de la viña: no son ellos quienes buscan al dueño, sino el dueño quien sale a buscarlos. Sale al amanecer, vuelve a media mañana, a mediodía, a media tarde y todavía al caer la tarde. No se cansa de buscar trabajadores para su viña. Esta insistencia revela algo esencial del corazón de Dios: Él sale siempre en búsqueda del hombre.

Dios no está esperando que nosotros demos el primer paso. Hay una iniciativa divina que precede siempre a la nuestra. Él nos busca, nos llama, nos despierta, nos pone personas y acontecimientos en el camino para acercarnos a Él. Y esta búsqueda no se refiere solamente a quienes se convierten en distintos momentos de su vida. También habla de nuestra propia historia. Cuando miramos hacia atrás descubrimos que, una y otra vez, Dios ha salido a nuestro encuentro para acercarnos a Él.

Por eso, si alguna vez sentimos deseo de Dios, podemos estar seguros de algo: ese deseo ha nacido porque antes Él ha deseado encontrarnos. Si lo buscamos, es porque Él nos está buscando. Si su presencia comienza a importarnos, es porque Él ha puesto ese deseo en nuestro corazón.

La segunda enseñanza de la parábola aparece cuando llega la hora de pagar. Los que han trabajado desde el amanecer reciben lo mismo que los que apenas han trabajado una hora. La reacción de los primeros resulta comprensible desde una lógica laboral: «Hemos trabajado más; nos corresponde más». Pero Jesús quiere llevarnos a otra lógica. Nuestra relación con Dios no es una relación laboral, sino una relación de hijos.

Cuando un padre hace testamento, no piensa en repartir sus bienes según las horas que cada hijo haya trabajado en casa. Desea que todos participen de su patrimonio. Puede haber hijos más generosos, otros más débiles, unos más trabajadores y otros con más defectos. Pero siguen siendo hijos. La herencia no es el premio a una competición, sino la expresión del amor del padre.

Con Dios ocurre algo parecido. La vida cristiana no consiste en acumular méritos para tener más derechos delante de Él. Consiste, sobre todo, en dejarnos amar. Cuando comenzamos a pensar que somos mejores que los demás, que hemos hecho más, que tenemos más derechos adquiridos o que Dios debería tratarnos de manera especial, nuestra relación con Él empieza a deteriorarse. Hemos dejado de vivir como hijos para empezar a comportarnos como empleados.

Y hay todavía una tercera enseñanza. Haber sido llamados a trabajar en la viña es un privilegio. No deberíamos mirar con tristeza los años entregados al servicio de Dios, de la Iglesia, de nuestra familia o de nuestra comunidad cristiana, como si hubiéramos perdido algo por haberlos gastado en los demás. Precisamente ahí está una de las grandes razones por las que nuestra vida tiene valor.

El verdadero drama no es haber trabajado muchas horas en la viña, sino haber pasado por la vida sin encontrar una viña en la que entregar el corazón. Porque la vida se vuelve fecunda cuando deja de girar alrededor de nosotros mismos y comienza a convertirse en servicio.

Al final, la parábola no nos invita a calcular cuánto hemos hecho por Dios, sino a descubrir cuánto ha hecho Dios por nosotros. Él salió a buscarnos. Él puso en nuestro corazón el deseo de encontrarle. Él nos llamó a su viña. Y ahora nos pide algo mucho más grande que nuestro trabajo: que vivamos como hijos y que hagamos de nuestra vida un regalo para los demás.

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