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La creación de la luz, de Gustav Doré

La creación de la luz, de Gustav DoréGetty Images

Cuando el Sol se apagó en la Biblia: los misteriosos «eclipses» que aparecen en las Escrituras

Algunos episodios bíblicos siguen intrigando a astrónomos e historiadores, que apuntan a la razonable veracidad astronómica de ciertos pasajes de la Sagrada Escritura

Ano ser que acabe usted de salir de alguna cueva en la que haya estado encerrado más de un año, es casi imposible que no se haya enterado de que hoy, 12 de agosto, durante unos minutos, buena parte de España contemplará un eclipse total de Sol, un espectáculo que durante milenios provocó fascinación y temor al ver cómo el Sol «desaparece» detrás de la Luna y el día se convierte fugazmente en noche.

Pero mucho antes de que los astrónomos pudieran calcular con precisión un fenómeno como el de hoy, y de que los comerciantes hicieran su agosto (en este caso, de forma literal) vendiendo gafas solares con monturas de cartón, la Biblia ya estaba llena de soles que se oscurecen, astros que alteran su curso y tinieblas que irrumpen en pleno día.

¿Estaban describiendo las Sagradas Escrituras eclipses reales? No siempre... pero a veces sí.

Porque en algunos de los pasajes en que los diferentes libros de la Biblia emplean el lenguaje simbólico, no es infrecuente que los fenómenos cósmicos se presenten con un profundo lenguaje teológico. Y, sin embargo, los astrónomos actuales presentan serias pruebas de la más que probable existencia de varios de ellos. Especialmente de al menos un episodio del Antiguo Testamento, para el que algunos científicos han propuesto una sorprendente explicación astronómica.

El día en que Josué «detuvo» el Sol

El caso más desconcertante aparece durante la batalla de Gabaón, relatada en el libro de Josué. Mientras Israel combate contra los amorreos, Josué pronuncia unas palabras extraordinarias: «Sol, detente en Gabaón; y tú, Luna, en el valle de Ayalón». Y el relato continúa: «El sol se detuvo y la luna se paró hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos» (Jos. 10, 12-13).

Durante siglos se ha discutido qué significa exactamente este pasaje, especialmente en el ámbito de la teología.

Sin embargo, en 2017, Colin Humphreys, de la Universidad de Cambridge, y el astrofísico Graeme Waddington propusieron en Astronomy & Geophysics que el texto podría estar describiendo un eclipse solar anular ocurrido el 30 de octubre del año 1207 antes de Cristo. Una datación que concuerda con el relato bíblico.

Su interpretación depende, eso sí, del significado del verbo hebreo empleado, que podría describir no tanto que el Sol dejase físicamente de moverse, como que dejara de brillar.

Y aunque se trata de una hipótesis bien documentada, la Iglesia no ha pretendido emplearla como la demostración de que el milagro de Josué fuese un eclipse. Sobre todo, porque lo que busca mostrar ese pasaje es que el Dios creador del universo, el único y verdadero Dios, es el que escogió a Israel como pueblo (y subsiste en la Iglesia instituida por Jesús).

Una sombra que retrocedió diez grados

Otro misterio astronómico es el que aparece durante la enfermedad del rey Ezequías, que recogen tanto los libros del profeta Isaías como el del libro de los Reyes.

Como señal de que Dios cumplirá su promesa, Isaías anuncia algo todavía más extraño que la sanación del rey: «Haré retroceder diez grados la sombra que ha descendido» (Is. 38, 8; y 2 Re. 20, 8-11).

El texto no habla, en rigor, de un eclipse, y resulta imposible identificar con seguridad el fenómeno que pudiera encontrarse detrás. Su finalidad es, de nuevo, teológica: el Dios de Israel es también Señor del tiempo y de los astros.

Y tampoco este es un detalle menor, porque los pueblos vecinos observaban los cielos buscando presagios, y vinculaban los astros con sus divinidades. La Biblia realiza algo revolucionario para la historia de las religiones «desdiviniza» el cosmos. El Sol no es Dios. La Luna tampoco. Ambos son creaciones, sometidas al Creador.

«Haré que el sol se ponga a mediodía»

De nuevo en el Antiguo Testamento, el profeta Amós utiliza precisamente esa imagen para anunciar el juicio sobre Israel: «Aquel día —oráculo del Señor— haré que el sol se ponga a mediodía y oscureceré la tierra en pleno día» (Am. 8, 9). ¿Se refiere a un eclipse concreto?

No exactamente. Primero, porque en este pasaje estamos ante un lenguaje profético, no como el de quien adivina el futuro, sino como el de quien habla en nombre de Dios. Y en este caso, se refiere a que cuando el hombre rompe su alianza con Dios, hasta el orden de la creación parece estremecerse. Y segundo, porque no habla de un eclipse como tal, sino de una oscuridad más genérica.

Ese lenguaje y esa misma promesa, de hecho, atraviesan toda la Escritura. Joel anunciará que «el Sol se convertirá en tinieblas y La luna en sangre» (Jl. 3, 4), una profecía recuperada por san Pedro el día de Pentecostés (Hch. 2, 20).

Las misteriosas tinieblas del Calvario

Es en el contexto de esa promesa de oscuridad cuando llegamos al episodio más impresionante de cuantos la astronomía ha hallado al cruzarse con los textos bíblicos.

El que recogen los tres Evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) cuando afirman que durante la crucifixión de Jesús se produjo una oscuridad extraordinaria: «Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra» (Mt. 27, 45; Mc. 15, 33; Lc. 23, 44-45).

Justo la promesa que los profetas llevaban milenios augurando como la gran señal en el momento sublime de la justicia de Dios, aunque en ningún momento se diga que la luna cubriese el sol, como en el eclipse de hoy.

¿Un eclipse solar?

Entonces, ¿es posible que se tratase de un eclipse solar, como tantos artistas han pintado a lo largo de los siglos? Y la respuesta es que... no.

Astronómicamente existe una conclusión insalvable: la Pascua judía se celebra alrededor de la luna llena del mes de Nisán, y los eclipses solares únicamente pueden producirse durante la luna nueva.

Además, la oscuridad evangélica dura unas tres horas, muchísimo más que la totalidad de cualquier eclipse solar.

¿Mienten los evangelios? No. Porque en ningún momento dicen que la luna cubriese el sol (una imagen que sólo nació siglos después, en cuadros e iconos). Así que la oscuridad pudo deberse a cualquier otro fenómeno meteorológico hoy indetectable, como densos nubarrones, o incluso una tormenta de arena, como han apuntado ciertos autores.

Aunque en realidad fue Benedicto XVI quien dio una clave mucho más profunda. Al comentar la Pasión, explicó que «incluso el cosmos toma parte en este acontecimiento» y recordó que, en la tradición bíblica, aunque la oscuridad suele expresar la acción del mal, la sombra suele hacer referencia a la misteriosa y poderosa presencia de Dios.

Un salmo para el eclipse de hoy

Ese es, quizás, el hilo que une todos estos pasajes. Que la Biblia no pretende ofrecer un catálogo antiguo de fenómenos astronómicos, sino algo mucho más radical: el universo no es Dios, pero habla de Dios; el sol, la luna y las estrellas son obra suya, y al Creador están sometidas.

Por eso, cuando este 12 de agosto el Sol desaparezca durante unos instantes sobre España, un lector de la Biblia podrá contemplar el fenómeno sin supersticiones, pero también sin indiferencia, y haciendo suyas las palabras que, hace miles de años, ya cantó el salmista, y el propio Jesús empleó para rezar: «El cielo proclama la gloria de Dios, y el firmamento pregona la obra de sus manos».

Un salmo, el 19, que bien puede acompañar a quien quiera ver hoy el eclipse con la mirada más puesta en el Creador, que en su creación.

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