México: ¿Por qué un pueblo necesita gritar?
Es el Grito de Independencia, el momento más reconocible de la fiesta nacional mexicana, y se repite cada 15 de septiembre desde hace casi dos siglos
Un hombre enarbola la bandera de México
Esta noche, a las once en Ciudad de México —ya de madrugada en España—, decenas de miles de personas estarán esperando en el Zócalo. La presidenta saldrá al balcón central del Palacio Nacional, hará sonar una campana traída hace más de un siglo de un pueblo llamado Dolores, y gritará. La plaza entera responderá. Es el Grito de Independencia, el momento más reconocible de la fiesta nacional mexicana, y se repite cada 15 de septiembre desde hace casi dos siglos.
Una nación que, para recordar su nacimiento, necesita gritar. ¿Por qué?
La pregunta es más antigua que el país. El náhuatl, hablado en aquellas tierras mucho antes de la llegada del castellano tiene una palabra para el canto nacido de la aflicción: icnocuicatl. Icnotl significa pobre, y significa también huérfano. Canto del huérfano. Uno de esos cantos, conservado en los Cantares mexicanos, dice sencillamente: «Lloro, me entristezco, sólo soy un cantor.» Alguien había entendido, mucho antes de 1810, que el dolor no es únicamente algo que se padece: es algo que reclama voz.
Todo grito verdadero nace de dolores.
La Biblia lo sabe con una precisión que suele leerse demasiado deprisa. Israel, en Egipto, no reza. El texto no lo dice en ningún momento: dice que gimieron bajo los trabajos forzados y que su clamor subió hasta Dios (Ex 2,23-24). No consta que invocaran a nadie; no sabemos siquiera si sabían a quién dirigirse. Y aun así fueron escuchados. El clamor es lo que Dios escucha antes de que sea oración.
Poco después, Dios mismo resume lo ocurrido: ha visto la aflicción de su pueblo, ha oído su clamor, conoce sus dolores y baja a librarlo (Ex 3,7-8). El orden importa más de lo que parece. Primero el dolor. Después el grito. Después la escucha. Sólo entonces la libertad. El Éxodo no comienza cuando se abre el mar: comienza cuando Dios escucha un grito.
Y el cristianismo lleva eso hasta el final. En la cruz, Dios ya no se limita a escuchar el grito humano: lo grita.
Miguel Hidalgo
No es casualidad, entonces, que el lugar donde todo empezó se llamara Dolores. Allí era párroco Miguel Hidalgo. Aquella madrugada —la del 16, no la del 15— era domingo, y muchos habían llegado de los ranchos vecinos para la primera misa. Del grito que se oyó no conservamos ninguna transcripción segura. Lo que México repite cada septiembre no es una grabación de 1810: es la memoria de aquel momento convertida en rito.
En 1896, cuando la campana de Dolores sonó por primera vez desde el balcón del Palacio Nacional, ocurrió algo extraño. El presidente de la República dio dos toques, pero el rumor de la multitud se los tragó. Hubo desconcierto y silencio. Sólo cuando empezaron a repicar las campanas de la catedral estalló finalmente el grito de la plaza.
La escena tiene algo de parábola involuntaria. Se puede conservar una campana, repetir un gesto durante generaciones y, sin embargo, dejar de oír aquello que lo puso en marcha.
Esta noche volverá a sonar la campana de Dolores. Y el Zócalo volverá a responder: «¡Viva México!».
¿Qué dolores hay dentro de ese grito?
Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.