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'Moisés y la serpiente de bronce', de Giuseppe Angeli

El Siervo del que habla Isaías; un soldado que volvió manco de una batalla naval y una adolescente que enseña su diente torcido a la cámara. Los tres llevan encima algo que no pueden quitarse. Lo que los separa es quién decide lo que esa marca vale.

Empecemos por la más joven. El audio que el otoño pasado circuló por cientos de miles de vídeos en redes sociales venía de un dibujo animado: un chaval ha cultivado una rosa para un concurso y su padre la encuentra descentrada. Él responde que le gusta así, que tiene wabi-sabi, y cuando el padre objeta que no se gana una discusión inventándose palabras, contesta que es una tradición oriental. Después llegaron los vídeos: sonrisas torcidas, cicatrices, lunares, narices grandes, justamente los detalles que los filtros borran. Y no la inventó el guionista: procede de una tradición estética japonesa madurada durante siglos, especialmente en torno a la ceremonia del té. Lo que corre por los teléfonos es su versión pop: bonito porque está torcido.

Occidente conoce desde hace mucho el elogio paradójico, el arte de alabar lo que en principio no merece alabanza. A principios del siglo XVI, Erasmo le dio una de sus formas más célebres con el Elogio de la locura; a finales del mismo siglo, un sevillano, Cristóbal Mosquera de Figueroa, escribió una Paradoja en loor de la nariz muy grande. Pero ahí el valor está en la habilidad del orador: cuando termina el ejercicio, la nariz sigue siendo una nariz.

Cervantes da el salto. En 1613, en el prólogo de las Novelas ejemplares, recuerda la mano perdida en Lepanto y dice de aquella herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa por la ocasión en que la recibió. No es hermosa porque sepa hablar bien de ella, sino por la historia que lleva encima. El valor llega desde fuera.

«Árbol hermoso y resplandeciente»

Más de mil años antes, Venancio Fortunato había hecho una operación semejante con un patíbulo. En el Vexilla regis llama a la cruz arbor decora et fulgida, árbol hermoso y resplandeciente, adornado con la púrpura del Rey. Y después cambia de registro: de sus brazos cuelga el pretium saeculi, el precio del mundo, y la cruz se hace statera, balanza. No está tasando las grietas de la madera: habla de rescate. También aquí el valor no nace de la forma visible, sino de lo sucedido.

Isaías obliga a dar un paso más. En el Siervo doliente sigue sin haber belleza que atraiga las miradas (Is 53,2), mientras la Iglesia canta de él el salmo 45, que lo llama el más bello de los hombres. No hace falta corregir una frase con la otra. Lo que cambia es quién mira. Dios no proclama hermoso lo que a los hombres no se lo parece. Lo elige.

También la liturgia hace ese gesto cuando se lee el relato de la serpiente de bronce (Nm 21,4-9): Dios manda fabricar la imagen de aquello que está matando al pueblo, izarla en un estandarte, y los mordidos sanan al mirarla. No se embellece el veneno: se levanta y se mira. Por eso la Iglesia puede exaltar una cruz sin elogiar el sufrimiento. No la exalta porque la madera sea bella, sino por quien colgó de ella.

Y por eso puede atreverse, en la noche de Pascua, a cantar O felix culpa, oh feliz culpa, que mereció tener tal Redentor. La fórmula no fue siempre pacífica: en Cluny, según refiere Ulrico de Zell, el abad Hugo mandó borrar de los libros esa frase y la que llamaba necesario el pecado de Adán. Mosquera podía elogiar una nariz sin consecuencias. Estas palabras tocaban algo más serio.

En esa misma Vigilia, antes del Exsultet, la Iglesia prepara el cirio pascual y puede insertar en él cinco granos de incienso en forma de cruz: por sus llagas santas y gloriosas nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro Señor. Como las manos y el costado que el Resucitado muestra a sus discípulos, las heridas permanecen, pero ya no dicen lo mismo: cuentan una victoria.

Una rosa torcida puede gustar. Una herida puede contar una historia. Una cruz necesita un Crucificado.

Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.