El traje de fiesta
Sus mandamientos no son el precio que debemos pagar para que nos quiera, sino el camino para alcanzar la felicidad. Sin embargo, ¡cuántas veces rechazamos sus invitaciones porque nos parecen más atractivas las ocupaciones, los entretenimientos y los placeres inmediatos!
Hoy Jesús nos habla de un rey que prepara el banquete de bodas de su hijo y envía a sus criados a llamar a los convidados. Pero éstos no quieren acudir. Cada uno tiene sus ocupaciones, sus intereses y sus razones para declinar la invitación. El rey, sin embargo, no suspende la fiesta: manda salir a los caminos y reunir a cuantos encuentren, buenos y malos, hasta llenar el salón.
La parábola podría terminar aquí, con la alegría de una casa llena. Sin embargo, Jesús añade un detalle desconcertante: uno de los que han entrado no lleva traje de fiesta. Y el rey ordena que lo expulsen.
San Agustín interpretó ese vestido como la caridad, el amor que debe revestir la vida del cristiano. Es una lectura profunda, porque no basta con estar dentro de la Iglesia: es necesario que el amor de Dios transforme nuestra manera de vivir. Pero el detalle del vestido nos invita también a considerar algo más elemental: aquel hombre no parece haber comprendido a qué clase de celebración había sido invitado. Ha entrado en el banquete, pero continúa vestido como si nada extraordinario estuviera sucediendo, con su ropa de diario.
El traje de fiesta expresa la conciencia de encontrarse ante algo grande. No se acude de cualquier manera a una boda. Uno se prepara, se arregla y procura estar a la altura de la celebración, no por temor al anfitrión, sino porque comprende el valor de lo que va a vivir. El vestido exterior manifiesta así una disposición interior.
Dios nos invita a su Reino para introducirnos en una vida más plena, no para arrebatarnos la alegría. Sus mandamientos no son el precio que debemos pagar para que nos quiera, sino el camino para alcanzar la felicidad. Sin embargo, ¡cuántas veces rechazamos sus invitaciones porque nos parecen más atractivas las ocupaciones, los entretenimientos y los placeres inmediatos! Podemos confundir la felicidad con aquello que nos divierte, olvidando que el corazón humano necesita mucho más que sensaciones agradables: necesita amar y saberse amado.
También podemos aceptar la invitación de Dios y presentarnos sin el traje adecuado. Sucede cuando rezamos sólo para ser buenos, deseando que todo termine para volver a lo que verdaderamente nos apetece. Estamos físicamente presentes, pero nuestro corazón permanece en otra parte.
Esto resulta especialmente grave cuando celebramos la Eucaristía. La tradición cristiana contempla en ella las bodas del Cordero: Cristo se entrega a su Iglesia y sale al encuentro de cada persona. ¡Qué misterio tan grande! El Señor nos sienta a su mesa, nos ofrece su propia vida y nos invita a participar de una comunión que supera cuanto podemos imaginar. ¿Cómo acudir a semejante encuentro sin asombro, sin gratitud, sin deseo de corresponder a tanto amor?
El traje de fiesta no consiste en aparentar una santidad que no tenemos ni en ocultar nuestras miserias. Consiste en presentarnos ante Dios con un corazón dispuesto a recibir su amor y dejarse transformar por él. La caridad nace precisamente de ahí: de descubrir el regalo y comenzar a vivir conforme a su grandeza.
Quizá el verdadero problema no sea que Dios nos pida demasiado, sino que todavía no hemos descubierto cuánto nos ofrece. Mientras estar con Él nos parezca una carga y no un don, seguiremos soñando con escapar del banquete. Necesitamos pedirle la gracia de gustar su presencia. Solo entonces comprenderemos que no hay invitación comparable a la suya y que el traje de fiesta es, ante todo, la gratitud de quien sabe que ha sido llamado a participar en el amor de Dios.
Jesús Higueras es el párroco de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón (Madrid)