La catedral anglicana de Canterbury
Una Virgen con velas en Canterbury: ¿qué hace una imagen católica en el corazón del anglicanismo?
Un icono de la Virgen y otro de Jesús, acompañados de lampadarios, revela una sorprendente paradoja en la catedral anglicana, cinco siglos después de la Reforma protestante.
Entre los miles de turistas que pasan cada día por la catedral anglicana de Canterbury, en el corazón de Londres, hay un detalle que suele pasar inadvertido y que tiene, sin embargo, una importancia simbólica de lo más llamativa.
Cerca de una de las entradas del templo que es la sede de la Iglesia de Inglaterra, colgado de una de las grandes columnas erigidas en el siglo XII, un icono de la Virgen María, de estilo bizantino, invita a los visitantes a detenerse y encender una vela para rezar. A pocos metros, otro icono con la imagen de Cristo, en idéntica compostura.
La escena sería aparentemente habitual en cualquiera de las catedrales españolas e incluso en cualquier iglesia católica. Sin embargo, resulta especialmente paradójica en este lugar.
Y el motivo es que Canterbury no es una catedral cualquiera: es la sede histórica del arzobispo que ejerce como principal referente espiritual de la Comunión Anglicana, nacida de la ruptura de Inglaterra con Roma en el siglo XVI... y que rechaza la devoción a la Virgen María.
La reforma que nació de un adulterio
En efecto, la presencia de María, representada según la tradición cristiana oriental y acompañada de velas votivas, parece una suerte de contrasentido precisamente en este templo, donde la Reforma protestante acabó con buena parte de las imágenes religiosas y las devociones a la Virgen y los santos, destruyéndolas.
Para comprender la importancia de este icono hay que remontarse casi cinco siglos atrás, cuando el rey casquivano y mujeriego Enrique VIII rompió con la autoridad del Papa y proclamó la independencia de la Iglesia de Inglaterra, sólo para poder divorciarse de su esposa Catalina de Aragón –a la que, a la postre, desterraría– y casarse con su amante.
Aunque aquella ruptura tuvo inicialmente un carácter más bien político y dinástico, las subversiones religiosas posteriores que comenzaron a expandirse por Europa incorporaron al anglicanismo numerosas ideas del protestantismo continental.
Entre sus consecuencias estuvieron la eliminación de las imágenes, la supresión de altares y relicarios, y el rechazo de prácticas devocionales consideradas incompatibles con la nueva doctrina.
Un intento de borrar el catolicismo
Así, Canterbury, que había nacido como catedral católica, fue uno de los escenarios más significativos de aquella transformación: arrebatada a la Iglesia, allí se instituyó la sede religiosa de la nueva confesión.
Precisamente en el lugar donde se encontraba el santuario de santo Tomás Becket, arzobispo asesinado en 1170, y cuya tumba había convertido la catedral en uno de los grandes destinos de peregrinación de Europa.
En 1538, en una muestra de su soberbia, Enrique VIII ordenó destruir el santuario del mártir. La ruptura con el pasado católico adquirió así una dimensión especialmente visible e hiriente, seguida de persecuciones a los católicos que no quisieron adherirse al nuevo credo.
Sin embargo, la devoción a la Virgen María tenía en Canterbury una historia muy anterior a la Reforma. Como en tantos otros templos cristianos, durante la Edad Media existía una capilla dedicada a Nuestra Señora en la cripta, donde se celebraba la Eucaristía y ardían lámparas y velas ante su imagen.
Es decir, que hace más de 700 años ya había cristianos que acudían a esta catedral para rezar ante Dios pidiendo la intercesión de la Santísima Virgen María.
La Virgen se va abriendo camino
Pero entonces, ¿por qué hay una imagen de la Virgen en una catedral protestante?
La explicación está, en buena medida, en una particularidad poco conocida del anglicanismo. Escindida de Roma, la nueva rama ha tenido sus propias escisiones y no constituye una tradición religiosa completamente uniforme.
Así, dentro de la Iglesia de Inglaterra conviven la Low Church (Iglesia baja), de orientación más evangélica y protestante, que da prioridad a la predicación bíblica y suele rechazar las devociones a la Virgen y los santos; y la High Church (Iglesia alta), que conserva una liturgia más solemne, sacramentos, vestiduras sacerdotales y numerosos elementos de la tradición católica.
Entre estas últimas corrientes destaca el anglocatolicismo, desarrollado especialmente a partir del Movimiento de Oxford, en el siglo XIX. Sus impulsores defendían la continuidad de la Iglesia anglicana con la tradición cristiana anterior a la Reforma y promovieron la recuperación de prácticas como la confesión individual, el uso del incienso, la veneración de imágenes e incluso el rezo del Rosario.
Por eso, aunque pueda sorprender, en algunas iglesias anglicanas actuales es posible encontrar imágenes de la Virgen, rosarios e incluso celebraciones que recuerdan a las de los templos católicos.
Sin embargo, existe una diferencia importante que hace aún más anómalo el hecho de que la Virgen haya logrado abrirse paso (y no de forma artística, sino como elemento destinado a la oración) dentro de Canterbury.
A saber: los Treinta y Nueve Artículos de Religión, uno de los textos doctrinales históricos del anglicanismo, rechazan expresamente la invocación de los santos y el culto en torno a las advocaciones marianas.
Un icono en el corazón anglicano
El hecho de que la imagen sea de estilo bizantino añade otro elemento aún más significativo. Porque en la tradición cristiana oriental (tanto en la católica como en la ortodoxa), los iconos no son simples elementos decorativos, sino imágenes sagradas entendidas como puentes hacia el cielo.
No son, por así decirlo, cuadros para ser vistos con reverencia, sino ventanas abiertas para que los fieles sean vistos desde el Paraíso.
De este modo, su presencia en Canterbury, acompañada de velas, muestra cómo determinadas expresiones de la espiritualidad católica y ortodoxa han encontrado nuevamente espacio en la Iglesia anglicana.
Y esto no significa, obviamente, que Canterbury haya regresado a la obediencia de Roma, ni que hayan desaparecido las diferencias doctrinales entre católicos y anglicanos.
Pero sí deja un mensaje que va más allá de lo simbólico: casi cinco siglos después de que las cuitas políticas aprovechasen la Reforma inglesa para arrasar numerosos santuarios e imágenes religiosas, los visitantes de Canterbury pueden volver a detenerse ante una representación de la Virgen María y encender una vela para rezar.
Un detalle que no conviene subestimar: el Dios que se hizo Niño en un pesebre, y fue dado a luz por una Virgen, tiene formas de lo más sorprendentes a la hora de hacerse presente entre los hombres.