Una crisis de esperanza
Esta es la gran revolución pendiente: la de la verdad, la del corazón, la de la libertad, la rebelión de la esperanza
«El mensaje de esperanza que nos viene de Jesucristo ilumina este horizonte denso de incertidumbre y pesimismo. La esperanza nos sostiene y protege en el buen combate de la fe... Hoy no basta despertar la esperanza en la interioridad de las conciencias; es preciso cruzar juntos el umbral de la esperanza» (Juan Pablo II).
Si hay algo que afecta al corazón mismo de nuestras sociedades es la falta de esperanza, en toda la profundidad de su sentido. Una sociedad sin esperanza está herida de muerte. Sin esperanza, no hay futuro posible. Y esta falta de esperanza imprime su estigma no sólo en la sociedad sino en cada uno de sus miembros. Falta de esperanza como sociedad y falta de esperanza como personas.
Una reciente encuesta del CIS confirmaba que ocho de cada diez españoles auguran más aislamiento en el futuro. Esta tendencia es más acusada en los jóvenes, y acrecentada por las redes sociales.
Las causas de esta pérdida de esperanza son muchas y muy complejas, trataré de esbozar algunas.
En primer lugar, el relativismo. Cuando nada es bueno o malo, ni verdadero ni falso ni justo ni injusto, la única ley válida es la mentira y la arbitrariedad. Ya no hay certidumbres. Ni un terreno sólido sobre el que edificar acuerdos. La posverdad domina todo. La víctima es la verdad, y sin verdad el ser humano queda vacío y sólo. Es la dictadura del relativismo que denunció Ratzinger.
Al mismo tiempo, el fracaso de las recetas socialistas y del nuevo populismo, la corrupción, la inducción interesada del enfrentamiento y la división, el vacío del consumismo, el entretenimiento permanente y la cultura del rendimiento de la que ha hablado León XIV, han dejado una sensación de decepción y desconfianza en las instituciones, la política y la propia existencia. Estamos entretenidos pero no somos felices ni nos sentimos parte de algo que realmente merezca la pena. Nos falta también la ilusión, y no olvidemos que la busca de la felicidad «se nutre de ilusión, la cual, a su vez, es ya una forma de felicidad», en palabras de Julián Marías, quien ya supo ver hace mas de setenta años que vivimos tiempos de desesperanza, una desesperanza que impide proyectar nuestro proyecto vital. Y no olvidemos que «la fuerza de la vida reside en la esperanza», en palabras de Herrera Oria.
Finalmente, la pérdida de valores y de esperanza ha desarmado a una sociedad de cristal, sin herramientas para enfrentarse a la frustración, ni trascender de ella. Václav Havel señaló que «la esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte».
La primera consecuencia de esta falta de esperanza es el pesimismo. Paralelamente, avanza el aislamiento y la soledad. Si combinamos ambos factores con una falta de perspectivas en el futuro, el nihilismo está garantizado. Vivimos tiempos nihilistas, donde todo parece dar igual porque ni estudiar garantizará un empleo, ni ahorrar una vivienda, ni las relaciones proyectan ya una duración que permita edificar una familia. La sociedad tiende a la atomización individualista, porque todo parece indicar que cada uno tiene que buscarse la vida porque nadie le ayudará. Especialmente sin una red familiar condenada por el invierno demográfico.
El nihilismo -ese nihilismo inconsciente- es probablemente el signo más amargo de nuestro tiempo. Un síntoma es lo que se ha llamado «nihilismo financiero», jóvenes que prefieren gastar el dinero en ocio a ahorrar y pensar en el futuro. Es decir, vivir el presente. Carpe diem… tempus fugit.
Un aspecto ligado al nihilismo es el escepticismo. Una sociedad descreída que, a fuerza de ser engañada, manipulada, decepcionada… ha dejado de creer en nada, de confiar en nadie. De ahí a la desvertebración social hay un paso. León XIV se ha referido a esta realidad al señalar que «bajo la armadura que tantos adolescentes se construyen para no sufrir, se esconde el deseo de amar y ser amados», y es necesario que sepan que el amor es posible, que la busca de la verdad es posible, que hay un futuro en la esperanza.
Sin esperanza, sin confianza, sin trascendencia, sin certidumbres… sobreviene la apatía. La falta de sentido. La pérdida de toda ilusión. La renuncia incluso al amor. Y nos recuerda Juan Pablo II que «el hombre no puede vivir sin amor, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor».
Pero ante este panorama, hay recetas para recuperar la esperanza, aunque exija desandar todo el camino equivocado. Como escribió Viktor Frankl, «Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino».
Estas son las posibles soluciones:
Recuperar el valor de la verdad. El relativismo es un cáncer que devora la convivencia y la civilización. Combatir el relativismo, es la base de todo proyecto de reconstrucción de la esperanza.
Sobre la base de la verdad, hay que reconstruir la confianza. Confianza en el prójimo, confianza en las instituciones, confianza en el futuro, confianza en el esfuerzo personal y en la familia como red de protección, amor y cuidados.
Renunciar al pesimismo. El pesimismo es un gran mal que deberíamos desterrar.
Reivindicar los valores tradicionales del humanismo cristiano. No hay camino más seguro y fiable hacia una felicidad basada en el bien, en servir al prójimo, en la busca de la integridad.
Atreverse a ser libres y responsables de nuestros actos y de nuestras vidas, rechazando la obsesión intervencionista de decirnos cómo tenemos que pensar y vivir, reafirmar nuestra identidad y personalidad frente a la dictadura colectivista.
Y, si se me permite una opinión personal, creo que sólo Dios puede darnos el sentido, la perspectiva trascendente, la esperanza, el corazón y la unión con el prójimo. Siguiendo a Benedicto XVI, «si falta Dios, falla la esperanza. Todo pierde sentido».
Podemos recuperar la esperanza. Debemos ayudar a los jóvenes a conseguirlo. El mundo no es ese infierno de egoísmo, vacío y soledad que les presentan. Y si queremos combatir esta abolición del hombre, en vez de caer en la desesperanza, debemos fortalecernos en ella para construir un mundo menos inhumano, menos vacío y menos nihilista, cruzar el umbral de la esperanza como nos indicaba Juan Pablo II. Esta es la gran revolución pendiente: la de la verdad, la del corazón, la de la libertad, la rebelión de la esperanza.
David Pérez es concejal del Ayuntamiento de Madrid