Lo que los jóvenes católicos pueden enseñar a un país que arde en las calles
Una de mis observaciones principales es que una práctica católica constante puede moderar los compromisos políticos radicales sin apagar la intensidad que los sostiene. A medida que la fe se vuelve más exigente en la vida cotidiana, transforma lo que los practicantes consideran permisible
Una de las violentas manifestaciones de Burdeos
« Bismillah, c’est les ténèbres ! » («¡En el nombre de Dios, son las tinieblas !»). A las pocas semanas de la visita del Papa a París, este es el lema oficioso de los jóvenes que protestan en Francia. Nació como una burla a un mensaje que los estudiantes atribuyen a un policía infiltrado, y ellos lo han hecho suyo. Donde cabría esperar la luz de Dios, París y otras ciudades arden. Olí los gases lacrimógenos que impregnaban el aire y sentí el calor de las basuras y las banderas en llamas.
Aunque las calles muestran las convicciones políticas en su expresión más combativa, lo que no permiten ver es qué ocurre después con esas convicciones: cuáles se endurecen, cuáles se moderan y cuáles encuentran otra forma de expresarse. Para comprenderlo, hay que seguir a los jóvenes más allá de las manifestaciones y adentrarse en las comunidades que moldean su vida cotidiana.
Mi investigación etnográfica se centra en los jóvenes católicos franceses, desde la ultra derecha hasta la extrema izquierda, y examina una de esas transformaciones. He realizado, a lo largo de dos años, cincuenta entrevistas de historia de vida, de entre cuatro y doce horas por persona, repartidas en varias sesiones. Una de mis observaciones principales es que una práctica católica constante puede moderar los compromisos políticos radicales sin apagar la intensidad que los sostiene. A medida que la fe se vuelve más exigente en la vida cotidiana, transforma lo que los practicantes consideran permisible, las personas con las que se relacionan y aquello a lo que dedican sus energías.
Lo que la fe impide
Tomemos primero el caso de Alain, a quien conocí hace cinco años en círculos identitarios neopaganos. Según me explicó, su conversión al catolicismo impuso límites a conductas que hasta entonces habían sido habituales entre sus amigos. Siguió siendo de derechas, pero los comentarios racistas pasaron a resultar moralmente inaceptables. Lo que su entorno trataba como una provocación, él ahora lo entendía como un pecado venial. La fe introdujo una obligación que su pertenencia política ya no podía anular.
La trayectoria de Alexis supuso una reorientación mas profunda. Había militado ideológicamente en la derecha identitaria y votó a Éric Zemmour en 2022. Su regreso a la práctica católica puso en cuestión aquellas afinidades. Ahora sigue siendo de derechas, pero se ha desplazado hacia la izquierda en cuestiones económicas y se preocupa por personas marginadas que antes apenas le interesaban. El contacto con la pobreza a través de iniciativas católicas de ayuda humanitaria le acercó a esta realidad. Hasta tal punto, que hace un año abandonó una carrera bien remunerada para vivir sencillamente y escribir sobre el catolicismo desde la perspectiva del filósofo François de La Rochefoucauld. Conserva sus aspiraciones políticas, pero su fe ha cambiado los medios que considera legítimos para alcanzarlas: el fin deseado ya no podía justificar obrar mal para conseguirlo.
Estos relatos coinciden también con lo que me contaron amigos cercanos del difunto Quentin Deranque durante nuestras entrevistas. Yo había conocido a Deranque en peregrinaciones tradicionalistas antes de su muerte, atribuida a activistas antifascistas en febrero de 2026. Su entorno describía cómo una fe entonces incipiente había atemperado una visión política antes más violenta, aunque él seguía siendo nacionalista. Cabe decir que estos testimonios, que hablan de una transformación personal, no permiten establecer hasta dónde llegó el cambio, pero resultan coherentes con otros relatos que he recogido durante mi trabajo de campo.
Lo que la fe permite escuchar
Entre los católicos de izquierdas, el cambio puede adoptar otra forma.
Jérémy, con quien acumulé más de doce horas de entrevistas, valoraba las asociaciones católicas como espacios donde el desacuerdo podía prosperar sin romper los vínculos de pertenencia. Se movía en círculos de izquierdas y ecológicos, pero desconfiaba de los entornos cuya identidad política estaba fijada de antemano. Me contó cómo, en una Francia actualmente muy polarizada, él encontró en la Iglesia una escuela de escucha que lo acabó conduciendo a bautizarse.
Gabrielle, una activista de extrema izquierda que se había mostrado inflexible en sus posiciones durante nuestra primera entrevista, empezó a cuestionar la tendencia de su entorno a excluir a los adversarios políticos a medida que profundizaba en su práctica católica. Me contó que, durante el último año, esa práctica, cada vez más intensa, la había llevado a querer comprender a personas de ultraderecha, e incluso a entablar amistad con ellas, tomando en serio el mandato de Cristo de amar a los enemigos y aprendiendo a templar su ira. A día de hoy, sigue siendo de extrema izquierda. Lo que ha cambiado es a quién está dispuesta a acercarse.
Nada de esto demuestra que una mayor práctica religiosa produzca automáticamente una mayor contención. Claro que los ambientes católicos también pueden endurecer las fronteras ideológicas. Pero estas trayectorias al menos revelan mecanismos mediante los cuales la práctica católica puede poner en cuestión las certezas políticas: los límites morales, el encuentro entre personas de distintos grupos sociales y una pertenencia que trasciende las lealtades partidistas.
La calle y el camino
La práctica católica puede transformar aquello a lo que los jóvenes dedican su radicalidad. La exigencia de cambiar la sociedad convive con otra, dirigida hacia uno mismo: cambiar de vida, servir a los demás, aspirar a la santidad. Mi investigación invita así a observar no solo si sus posiciones políticas se moderan, sino también hacia dónde se desplaza la intensidad de sus compromisos.
Tras semanas de manifestaciones que acaban en incendios y enfrentamientos, somos testigos de la ira de los jóvenes. Sí;, la ira que hoy se expresa en las calles merece ser escuchada. Pero mi investigación me lleva a preguntar también qué puede transformarla y hacia dónde puede dirigirse. Mis entrevistados también expresan ira y descontento. Y no es de extrañar. Lo significativo en sus relatos es la disposición a aceptar límites en su manera de actuar para alcanzar sus objetivos políticos, aprendida poco a poco en una comunidad religiosa que les exige algo.
La calle y el camino de peregrinación son, de hecho, dos escuelas de una misma pasión
La calle muestra con qué fuerza se hace oír una generación. Pero la vida católica, entendida como una peregrinación, puede enseñarle qué hacer con esa fuerza, o qué negarse a hacer, cuando cesa el ruido. Por desgracia, los partidos políticos competirán por canalizar esa ira. Pero la propuesta milenaria de la Iglesia plantea una exigencia que va más allá de las urnas: amar incluso al adversario. Para algunos jóvenes católicos, tomarse en serio ese mandato no supone renunciar a sus convicciones, pero sí aceptar límites en la manera de defenderlas.
Maria-Katrina Cortez es doctoranda en Ciencias Políticas en Sciences Po París