Alfred Sonnenfeld, durante su visita a 'El Debate'
Entrevista al médico y sacerdote Alfred Sonnenfeld
«Muchas veces somos una versión raquítica de lo que podríamos ser. Desarrollar ese potencial tan grande es de los retos más bonitos»
Acaba de publicar Cómo recuperar la alegría: Reflexiones neurobiológicas y espirituales, donde condensa la sabiduría que ha ido acumulando como sacerdote y como médico
«Explíqueme cómo ha conseguido llegar a ser profesor en la universidad Humboldt de Berlín», le preguntó un sorprendido Benedicto XVI. La Humboldt-Universität zu Berlin se trata de una de las instituciones académicas más prestigiosas de Alemania y de todo el mundo, por la que han pasado tres premios Nobel, y no es habitual ver a un sacerdote formando parte de su claustro. Pero Alfred Sonnenfeld había impartido clases de Medicina allí durante casi dos décadas, lo que suscitó la admiración de su compatriota, cuando ya era Papa emérito.
Tal vez, ese «compatriota» habría que entrecomillarlo, porque Sonnenfeld nació realmente en Santiago de Compostela en 1951. Sus dos padres eran alemanes y se encontraban en la capital gallega «por asuntos diplomáticos», pero pronto regresaron a su país, a Düsseldorf, donde discurrió toda su infancia y adolescencia. Habla perfecto español, aunque con un leve acento teutón; es doctor en Medicina y en Teología, y actualmente es catedrático en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) e imparte clases de posgrado en la Universidad Complutense de Madrid. Acaba de publicar Cómo recuperar la alegría: Reflexiones neurobiológicas y espirituales (Espasa).
– ¿Andamos, en general, escasos de alegría?
– Vivimos funcionando. Es decir: en vez de vivir, funcionamos. Y, ante la vida, hay una gran diferencia entre estos dos modos. Yo me dedico sobre todo a dar consejos: qué es lo que hay que hacer, y doy cantidad de herramientas no solamente para vivir, sino para vivir bien.
Esto ya lo decía Platón en su libro Critón. Dice: no se trata solamente de vivir, sino de vivir bien. Y, ¿en qué consiste esto? Un empresario puede tener mucho dinero, le puede salir bien, pero a lo mejor fracasa, por ejemplo, en la familia. No basta con ver la vida parcialmente. Yo distingo ahí entre éxito y vida lograda. Hoy en día, la gente busca una vida exitosa, pero eso es muy poco, eso es ver la vida desde fuera.
La portada del último libro de Alfred Sonnenfeld
Entonces, ahí aparecen, por ejemplo entre la gente joven, todo el tema de las comparaciones: Quiero ser el mejor 'influencer', quiero ganar el mayor número de seguidores, quiero tener el mayor número de likes... Pero claro, otra cosa es la vida lograda, cuando viene algo con lo que uno se identifica de verdad, o sea, el llevar una vida coherente.
– E intuyo que, de ese modo, llevar una vida alegre...
– Es que hemos perdido la alegría y la confianza original. Esa alegría que vemos en los niños pequeños. Cuántas veces disfruto viendo en un parque a los niños cómo van de descubrimiento en descubrimiento. Se saben asombrar de las cosas, algo que falta muchas veces en nuestra sociedad. Asombrarse ante un ramo de flores, ante los niños que se asombran, ante un caracol, ante un saltamontes que salta de un lado para otro, ante una hormiga...
Un niño se entusiasma entre 30, 40, a veces 50 veces al día, y esto es buenísimo para el desarrollo de las neuronas y de las prolongaciones de las neuronas. Por eso crecen tan rápidamente cuando son tan niños. Se producen lo que se conoce con el nombre de sustancias mensajeras neuroplásticas, que equivale a abono para el cerebro.
Una persona mayor, también, cuando se entusiasma con algo, le está haciendo algo muy bueno al cerebro.
Lo que nos entusiasma
– Y usted, a sus 75 años, ¿con qué se entusiasma?
– Son bastantes cosas las que me entusiasman, pero una de las más importantes es hacer el bien a otra persona. Pero no lo digo así retóricamente. Una persona que actúa pro-socialmente está demostrado que sus genes actúan mejor, más saludablemente.
Yo puedo entusiasmarme con muchas cosas, cuando descubro cosas nuevas. Por ejemplo, todo el tema de la neurobiología: veo cómo Dios me ha llevado a eso, porque, a partir de ahí, yo vivo mucho mejor la filiación divina, el darme cuenta de que soy hijo de Dios. Eso te da una fuerza enorme, incluso en medio de las contrariedades, en medio del dolor. He tenido varios percances muy serios en los últimos años, pero, con la ayuda de Dios, los he superado. Sí, yo me doy cuenta de la debilidad humana, de que somos muy débiles, pero que también podemos superarnos.
– «Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro», solía repetir Ramón y Cajal...
– Sí, sí, se puede decir así, por supuesto. Es decir, que tiene un potencial muy grande que hemos de desarrollar. Por eso también suelo decir que, muchas veces, somos una versión raquítica de lo que podríamos ser. Desarrollar ese potencial tan grande que tenemos es de los retos más bonitos del ser humano.
Esto se lo digo a los papás sobre todo: tenéis que saber cuáles son los verdaderos talentos de tu hijo, de tu hija, y ayudarles a desarrollarlos. Pero muchas veces lo hacen mal: No; yo lo que quiero es que mi hijo sea ingeniero porque yo soy ingeniero. O que mi hijo sea... ¡No, eso no! Estás haciendo un mal a tu hijo, lo estás modelando, lo estás tratando como un objeto y no lo estás tratando como un sujeto. Y eso es muy malo.
«Un niño se entusiasma entre 30, 40, a veces 50 veces al día, y esto es buenísimo para el desarrollo de las neuronas»
– ¿Usted ha tenido experiencias de ver a personas en la versión más raquítica de ellas mismas, que, con el debido acompañamiento, han evolucionado hasta su mejor versión?
– ¡Por supuesto, por supuesto! Siempre traigo ese ejemplo de Thomas Edison, cuando él tenía 12 años, y su profesor le dijo: Mira, llévale esta carta a tu mamá y que actúe en consecuencia. La mamá la lee y le dice a su hijo: Lo que pone es que no hay nadie en el colegio que te pueda educar convenientemente, que te pueda dar una buena formación. Me tengo que encargar yo. Muchos años más tarde, cuando Thomas Edison había hecho cerca de 200 descubrimientos, la mamá había muerto hacía tiempo, y encontró la carta. En ella ponía que por favor, que su hijo no vuelva a este colegio, es un desastre, no lo queremos volver a ver, y demás.
Messi, por ejemplo, de pequeñito, si lo vemos de pequeñito... ¿a quién se le ocurre que esta persona iba a ser un jugador tan impresionante de fútbol? Pero claro, ha desarrollado el potencial tan grande que él tenía. Y así con muchos otros.
– Es decir, que puede haber mucho talento oculto en la gente con la que nos cruzamos por la calle...
– Hay talento oculto, por supuesto. ¿Qué es lo que tiene que ocurrir para que se desenvuelva? Muy poquitas cosas: tiene que tener una idea brillante, eso sí; en el tiempo oportuno; con la gente oportuna, y en el lugar oportuno, ¿Qué ocurrió con Steve Jobs? Era una persona que había estudiado caligrafía, y tuvo a la gente oportuna, tuvo el lugar oportuno.
Cómo recuperarla
– Parafraseando, entonces, el título de su libro: ¿es posible recuperar la alegría?
– Esto es muy importante, ¿verdad? El volver a la alegría. Podemos aprender una vez más de los niños, de cómo ellos se alegran por tantas cosas, y nosotros también podemos hacerlo. ¿Y cómo? Teniendo en cuenta una serie de requisitos muy importantes para el cerebro.
El cerebro necesita seguridad. Una persona que está en permanente modo de alarma, en modo de supervivencia, ¿cómo va esta persona a estar alegre? Tiene que estar más segura.
Segundo, muy importante también: los vínculos. Dependemos muchísimo de los vínculos. Las buenas relaciones entre nosotros, de amabilidad social, porque nuestro cerebro es social, porque nuestro cerebro es relacional.
Hoy en día, esto se descuida. ¿Por qué? Porque los chicos jóvenes solamente tienen relaciones digitales, vínculos digitales, pero esto es una simulación, es como una comida que no llena. La diferencia entre una patata frita o un solomillo.
«El cerebro siempre busca sentido para lo que hago»
Hay una diferencia enorme. Yo necesito ver los ojos, el tono de voz, abrazar a una persona. Esto es importantísimo. Muy importante también el deporte, el ejercicio físico. No tanto el deporte, sino el ejercicio físico. Y aquí repito siempre este experimento que se hizo con 90 personas de 65 años que eran sedentarias. (A los 65 años, nuestro hipocampo, que es el responsable de la memoria y la regulación de las emociones, normalmente empieza a bajar). A 45 de ellas se les dijo: Manteneos sedentarios. A los otros se les dijo: Cada día vais a andar dos kilómetros, cinco kilómetros, siete kilómetros, o sea, vais a moveros. En este grupo no solamente no se redujo el hipocampo, sino que aumentó.
Además, la plasticidad neuronal aumenta muchísimo. Eso es muy importante. Y luego también, claro, el entusiasmo, el tener sentido para lo que hago, el cerebro busca sentido para lo que hago. Y finalmente el dormir bien.
– Ha hablado usted de los abrazos. Un sacerdote hablando de la importancia del abrazo no es lo más habitual, ¿no le parece?
– Pero es muy humano, es muy humano y a veces se necesita eso, se necesita un abrazo reconstituyente. El abrazo da lugar a que la oxitocina, que es la hormona muy importante de encontrarse bien, además de las endorfinas y la dopamina, aumentan cuando una persona nota que es querida de verdad.
Mire, muchas veces se lo pregunto a mis alumnos: ¿Cuál es el título del libro de tu vida? Y pocos me lo contestan. ¿Cuál es el título? Me dan títulos de muchos capítulos: Pues yo ahora quiero hacer esto. Pero yo te estoy preguntando: ¿Qué es lo que a ti te mueve de verdad? Y eso tiene que estar claro en cada uno de nosotros.