¿De qué color es la muerte?
El recuerdo agradecido de su vida puede acompañar la celebración, pero su finalidad no es enumerar méritos ni pronunciar un veredicto sobre su destino eterno. Por eso el Misal pide una breve homilía y excluye el elogio fúnebre
Un sacerdote consagra el cáliz con el vino durante una misa
El 2 de noviembre, quien entre en una iglesia puede encontrar al sacerdote de morado o de negro. En algunos países está autorizado también el blanco. Y en las exequias de Francisco vimos paramentos rojos. La muerte, en la liturgia cristiana, tiene más de un color. Esa diversidad ayuda a comprender qué hace la Iglesia cuando acompaña a un difunto: pide por él misericordia y ofrece consuelo a quienes lo lloran.[R1.1]
El negro ha acompañado durante siglos la oración por los muertos. Es el color del luto, de una ausencia que se reconoce públicamente. El antiguo Ceremonial de los obispos lo prescribía para los ornamentos del altar y las vestiduras del celebrante en las misas de difuntos. Sigue permitido hoy allí donde es costumbre. Su presencia en una celebración cristiana reconoce el dolor de la pérdida, que la fe en la resurrección no elimina.
También había reglas para las imágenes bordadas sobre ese negro. En 1905, la Congregación de Ritos respondió a una pregunta concreta: si podían representarse calaveras con huesos cruzados en esos ornamentos. La respuesta fue negativa y remitió al Ceremonial, que excluía las imágenes de muertos. El negro prescrito para el duelo no autorizaba, por tanto, cualquier decoración funeraria.[R2.1]
El morado, habitual también en Adviento y Cuaresma, puede emplearse en los oficios y misas de difuntos. Su asociación con la penitencia ayuda a reconocer el sentido de esa oración. La comunidad se reúne para encomendar al fallecido a la misericordia de Dios. El recuerdo agradecido de su vida puede acompañar la celebración, pero su finalidad no es enumerar méritos ni pronunciar un veredicto sobre su destino eterno. Por eso el Misal pide una breve homilía y excluye el elogio fúnebre. También por las personas a las que más hemos querido seguimos pidiendo perdón y descanso.[R3.1]
El blanco introduce el horizonte de la Pascua. El Vaticano II pidió que las exequias expresaran con mayor claridad el sentido pascual de la muerte cristiana y atendieran a las tradiciones de cada país, incluso en el color litúrgico. Su uso requiere respetar las disposiciones aprobadas para cada lugar. En Estados Unidos, por ejemplo, están admitidos el morado, el blanco y el negro.[R4.1]
La tradición mexicana de los «angelitos» muestra hasta qué punto el luto podía cambiar con la edad del difunto. En el siglo XVII se documenta la llamada «misa de ángeles» para los niños fallecidos. Una disposición real de 1693 permitía para ellos los ataúdes de colores que prohibía a los adultos. La distinción se refería a las exequias infantiles; el uso actual del blanco para los adultos responde a las normas aprobadas en cada país.[R5.1]
En estas últimas, el blanco puede recordar la vestidura recibida en el bautismo y la participación del cristiano en la Pascua de Cristo. Esa esperanza sostiene la súplica por el difunto. El rito permite a la comunidad llorar una muerte mientras confía en la promesa de la resurrección. Tanto la esperanza como la petición de misericordia pertenecen a las exequias, cualquiera que sea el color autorizado que se emplee.
Al Papa, en cambio, se lo llora de rojo. Ese color pertenecía a su antiguo atuendo solemne y se conservaba al revestirlo para la sepultura. Durante siglos, el blanco de la sotana convivió con el rojo del manto y del calzado. En una descripción del ceremonial publicada en 1878, los penitenciarios de San Pedro revisten al pontífice difunto con los ornamentos rojos de las grandes solemnidades y le colocan el palio y la mitra de oro. Hoy se sigue enterrando al papa revestido de rojo, mientras sus exequias se celebran con ese mismo color.
El P. Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.