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El P. Ignacio Amorós, durante su visita a El Debate

Entrevista a Ignacio Amorós, sacerdote y escritor

«No hay santo sin pasado ni pecador sin futuro. Dios puede perdonar hasta el pecado más grave»

Es el director de Se buscan rebeldes, un canal de YouTube con miles de seguidores, y acaba de publicar un libro donde aporta las tres claves para sanar las heridas del corazón

Cuando su canal de YouTube Se buscan rebeldes (226.000 suscriptores) y su labor como profesor y capellán en la universidad CEU San Pablo de Madrid se lo permiten, el P. Ignacio Amorós (Madrid, 1986) escribe libros. El último, Sanar las heridas del corazón (Palabra), que sale esta misma semana.

– ¿Por qué lo ha escrito? ¿Percibe muchas heridas cuando trata con jóvenes en confesión o en dirección espiritual?

– Bueno, este libro surge de muchos retiros, convivencias, conversaciones y confesiones en las que he podido experimentar que todos tenemos heridas. Heridas que causan nuestros propios pecados: a veces haces algo que te hiere y te cuesta perdonarte. Y heridas que te han causado otros y que te llevan a veces a envenenarte con un poco de resentimiento, de amargura y de deseos de venganza. Incluso aparecen heridas que no tienen culpable: un sufrimiento, a veces una enfermedad o la muerte de un ser querido.

La portada del último libro de Ignacio AmorósPalabra

– Pero usted aclara desde el principio que no es un libro de terapia.

– No, no es un libro de terapia; es un libro de vida espiritual. De vida espiritual porque lo que nos dice es qué tenemos que hacer con las heridas cuando vienen.

Quizá durante mucho tiempo se ha banalizado la herida: «No hables de la herida. Tú tienes que ser fuerte. No lo pienses mucho y tira para adelante». ¿Y qué pasa? Que después las somatizas y no sanas.

Pero quizá hemos llegado, por la ley del péndulo, al otro extremo, que es absolutizar la herida y hacer un ídolo de ella: estar todo el día manoseándola como si la herida fuera tu identidad.

Hay otro extremo: fabricar la herida. A veces, con una necesidad de generarme una identidad, yo me fabrico una herida o exagero tanto algo que me ha sucedido que digo que esto es mi herida.

– Y la actitud cristiana es...

– Ponerle nombre a mi herida. ¿Para qué? Para intentar sanarla. Pero voy al médico que la puede sanar, que tiene un nombre, y es Jesús de Nazaret.

– Incluso los políticos utilizan con profusión esto de victimizar a las personas o «colectivos» para presentarse como sus salvadores...

– Exacto. Fíjate: una de las tentaciones de las que ya en los siglos IV y V nos previenen los Padres de la Iglesia es la tentación del victimismo. Es esa tentación por la que, cuando yo he sufrido una herida, me siento justificado para estar triste, para no luchar por ser mi mejor versión e incluso para hacer daño y tratar mal a los demás.

Algunos autores contemporáneos dicen que los peores desastres de la historia han salido de algunos que se hicieron las víctimas, como Hitler o Stalin, y de ahí se llenaron de resentimiento y venganza para hacer grandes males.

Por eso, esta tentación del victimismo también es peligrosa. Con este libro quiero invitar a la gente a conocer cómo lo ve un cristiano. Si tengo heridas y me duelen a veces, ¿cómo tengo que ir a sanarlas? Buscando un amor más grande, porque lo que sana el corazón es un amor más grande: el amor de Dios.

Espiritualizar la herida

– En ocasiones se puede haber caído en espiritualizar excesivamente la herida, con un «bueno, es tu cruz, pues ya está, lucha y adelante»...

– Exacto. A veces se espiritualiza en exceso. Como decía el Papa en España, hablaba de espiritualizar el dolor, como diciendo: «Oye, no, tiene una herida y duele».

Pero para mí la idea central de este libro es que tú no puedes mirar tus heridas desde tu propia mirada, que a veces es muy subjetiva y nos hablamos mal, ni desde la mirada de los demás, que a veces es muy cruel. Es necesario vernos desde la mirada de nuestro Padre misericordioso, de Dios. Y entonces uno entra en la herida de otra manera.

El P. Ignacio AmorósÁlvaro Raya-Demidoff

San Ignacio de Loyola siempre decía que, cuando vamos a entrar en el pecado, en la herida, es necesario hacerlo bajo la mirada misericordiosa del Padre. Por eso, al comienzo del libro, yo invito a la gente a descubrir quién es su Dios, cuánto le ama y lo grande que es su misericordia.

Desde ahí vamos a mirar la herida, pero no para llenarnos de victimismo o para banalizarla, sino para sanarla y encontrar ahí un lugar de sanación para los demás, como hicieron todos los santos.

– A lo mejor alguno pregunta: «Vale, pero ¿eso cómo se hace? Porque mi padre era alcohólico, mi madre era una..., y todo lo que usted cuenta es muy bonito. Pero ¿qué hago, además de leerme el libro?».

– Para sanar una herida, en el libro proponemos, después de esta introducción para conocer quién es tu Dios, que es un Padre misericordioso, tres pasos muy concretos.

El primero es ponerle nombre a tu herida y reconocer que tienes una herida. Intenta verla en la verdad y mira a ver qué síntomas aparecen. ¿Por qué estoy irascible? ¿Por qué tengo un miedo que me paraliza? ¿Por qué intento controlar a los demás? Esos síntomas aparecen porque tengo una herida, un miedo, a veces un ego que quiere controlarlo todo. Y a veces hay una mentira sobre Dios en lo más profundo del corazón, como si Dios fuera malo.

Después, el segundo paso es dejarte sanar por la misericordia de Dios. Es decir, no se trata de sanarte tú, sino de dejarte sanar por un amor más grande, porque lo que verdaderamente sana el corazón es un amor más grande.

Yo cuento aquí el ejemplo de una chica que pasó por una depresión muy grande. La dejó el novio, tuvo problemas en la universidad porque sus padres se separaron, sufrió con sus amigas y cayó en una depresión. Tuvo anorexia y demás.

Llegó a tal extremo que no sabía qué hacer. Pero, ¿qué la sanó? Conoció a un chico muy bueno que la quiso como era y le tuvo paciencia. Fue el camino por el que descubrió un amor más grande y, sobre todo, el amor más grande, que es el amor de Dios, el que verdaderamente sana el corazón.

Por eso, invitamos a contemplar a Jesús y a dejar que Él sea el médico, porque tu herida no la tienes que abrir en medio de la calle, donde se puede infectar. Yo voy al médico, a un sitio donde me puedan dar la medicina. La medicina la tenemos: es la misericordia de Dios, que no solo te perdona o te sana, sino que te da un corazón nuevo.

– ¿Y el tercero?

– Confiar en la misericordia de Dios. Confiar significa que no hay un pecado tan grande que Dios no pueda perdonarte. No hay una herida tan grande de la que Dios no pueda sanarte y hacer de ella un canal de sanación para los demás.

El ejemplo de los santos

– Al final del libro pone ejemplos prácticos de santos. Todavía quizá arrastramos esa imagen de santos perfectos, que parecían caminar un palmo por encima del suelo y no se manchaban con las impurezas de este mundo. Pero dice usted que no hay santo sin historia y no hay historia sin heridas, incluso las de los santos...

– Eso es. Decimos que no hay santo sin pasado ni pecador sin futuro. Lo que proponemos aquí son las historias de los santos, que no fueron personas perfectas, sino que cometieron errores y sufrieron heridas. Los santos también tuvieron situaciones difíciles.

Pongo, por ejemplo, el caso de la Madre Teresa de Calcuta. ¿Qué sufrió? A su padre lo envenenaron cuando ella tenía nueve años. La gente no sabe esto. Ella dice que fue lo más duro que pasó en su vida, pero Dios le dio la gracia de perdonar y se refugió en el Sagrado Corazón de Jesús.

Ella podía haber sido una niña resentida, victimizada, y haber dedicado toda su vida a quejarse. En cambio, transformó esa herida a través del Corazón de Jesús para ser una madre de misericordia para tantas personas.

«Poca gente sabe que el padre de santa Teresa de Calcuta murió envenenado»Álvaro Raya-Demidoff

El gran ejemplo que pongo en el libro –aunque hay muchos más santos– es el de santa Josefina Bakhita, la primera santa africana. Cuando leí su historia hace unos años, me quedé impactado.

– Cuéntenosla.

– Ella nace en el sur de Sudán. Cuando tenía dos años, raptaron a su hermana para prostituirla; a los cuatro años la raptaron a ella. Tuvo cinco dueños; tuvo que dormir durante meses en pocilgas de cerdos, atada con cadenas, maltratada y abusada. Sufrió tanto que una de sus dueñas, la mujer de un turco, le hacía unas incisiones en la piel tan fuertes que otras dos chicas murieron. Ella estuvo un mes inconsciente.

Su último dueño, siendo ella esclava, era un empresario italiano. Por una revolución que hubo en Jartum, tuvo que irse a Italia. Cuando llegó, era la morenita: no había muchas personas de su color de piel. Allí cuidaba de la hija de su dueño.

Un día, el hombre que cuidaba el jardín empezó a hablar con ella y le preguntó por su vida. Ella le dijo: «Yo no sé ni lo que quiero, no sé dónde está mi casa, no sé cómo me llamo, no sé quién es mi Dios».

Entonces, un día, él le enseñó un crucifijo y le dijo: «Este es mi Dios». Y santa Josefina le respondió: «¿Este es tu Dios, el que está crucificado? Este me puede entender».

Empezó a acercarse a Jesús, se convirtió, se bautizó y acabó siendo religiosa, dentro de una historia muy larga que cuento resumidamente en el libro.

¿Y qué sucedió? Que se dejó sanar y fue una mujer llena de misericordia. La gente acudía a ella desde todas partes de Italia para sanar el corazón. Dios utilizó sus heridas sanadas —ella tenía todas las marcas en la piel de las incisiones— para sanar a los demás.

Incluso acogió a muchas niñas que, después de la Primera Guerra Mundial, quedaron huérfanas y habían sufrido tanto durante la guerra. Ella pudo ser la madre de misericordia de todas ellas.

La primera de las heridas

– Por tanto, la primera herida que habría que sanar es el resentimiento...

– Sí. Yo creo que un veneno que a veces aparece en el corazón cuando sufrimos es esa amargura. Un sufrimiento sin sentido produce amargura; la amargura se transforma en resentimiento; el resentimiento, en odio; y el odio puede llegar hasta la venganza. Por eso es muy importante vivirlo con Jesucristo y con el amor de Dios.

Muchas veces te dicen que tienes dos opciones: llenarte de resentimiento y destruir tu vida y la de los demás, o intentar buscar un sentido y una salvación. Nosotros encontramos esa salvación en un Dios que te dice: «La última palabra no es el sufrimiento, no es la muerte, no es tu herida. La última palabra es mía: es misericordia, es cielo, es vida eterna». Así que tranquilo, que la última palabra es de Dios.

Por eso, este libro trata de que nos metamos en nuestras heridas, sí, pero con esperanza, para intentar salir de ellas.

El P. Amorós, con su último libroÁlvaro Raya-Demidoff

Una imagen que he puesto en el capítulo seis, con un grabado que me encanta, es la del ave Fénix. Nos recuerda una tipología de la resurrección de Jesucristo. Es un ave que aparece incluso en Harry Potter, así que la gente la conoce: se consume entre sus cenizas, pero de ellas resurge más fuerte y más gloriosa, envuelta en una bola de fuego.

Nosotros tenemos que ser como el ave Fénix, como Jesucristo, que baja hasta lo más profundo del pecado, hasta las puertas del infierno, y resurge más fuerte y más glorioso.

Tú y yo estamos llamados a resurgir de nuestras heridas. Abrazaos a Jesucristo resucitado y, desde ahí, podréis ayudar a los demás y extender el Reino de Dios.

– Que no es poca cosa...

– Una última idea: he incluido una parte que consiste en permanecer sanados. Para sanar el corazón, yo invitaría a hacer una buena confesión, porque es el lugar de la misericordia, un trono de misericordia.

San Francisco de Sales decía que nuestras miserias son el trono de la misericordia de Dios. Por eso, algo muy concreto es acudir a ese lugar donde el Señor nos sana. Tanto es así que el Catecismo llama a estos los sacramentos de curación. Esto enlaza con toda esta teología espiritual cristiana: es el lugar concreto donde te alcanza la