Carlos Metola, postulador de la causa de beatificación de Carmen Hernández
Entrevista a Carlos Metola, postulador de la causa de beatificación de Carmen Hernández «Encontramos una maleta llena de escritos de Carmen. Nos impresionó muchísimo; incluso Kiko los desconocía»
Desde las chabolas de Palomeras Altas en Madrid hasta 139 países del mundo: el Camino Neocatecumenal celebra seis décadas de existencia y la clausura del proceso de beatificación de Carmen Hernández, una de sus iniciadoras
Cuando se habla del Camino Neocatecumenal, siempre aparecen tres nombres: Kiko Argüello, Carmen Hernández y el padre Mario Pezzi. En este terreno, la precisión es importante: no se les llama «fundadores» –a lo sumo, «iniciadores»–, y se subraya que el Camino no es un movimiento, ni un grupo, y mucho menos una congregación religiosa o similar. Junto a la triada se posiciona una pequeña comunidad de catequistas, hombres y mujeres que, en su mayoría, han estado presentes prácticamente desde el alumbramiento de esta realidad eclesial nacida en 1964 entre las chabolas de Palomeras Altas (Madrid).
Uno de ellos es Carlos Metola, «casado con Isabel, con una hija y otros dos más en el cielo», explica este biólogo por la Universidad Complutense que pertenece a la primera comunidad neocatecumenal. Ha sido itinerante en varios países del mundo, y los últimos 30 años los ha consagrado a extender el Evangelio en las Islas Canarias.
A Carmen Hernández la conoció hace más de 50 años y, tras su muerte en 2016, comenzó a recopilar toda la información sobre ella y fue nombrado postulador de su causa de beatificación. El martes próximo, 2 de junio –apenas 4 días antes de que León XIV aterrice en Barajas–, se celebrará oficialmente la clausura del proceso diocesano de la beatificación de esta laica nacida en Ólvega (Soria) en 1930.
– ¿Por qué le eligieron a usted como postulador?
– ¡Pues no lo sé! Espero que sea una obra del Señor. Cuando murió Carmen, en julio de 2016, era la primera vez que empezaba un proceso de beatificación en el Camino. Yo había estado investigando otras causas y, después de dejar pasar un par de meses, les dije a Kiko y al padre Mario –que son los que quedaron del equipo internacional–: Oye, ¿no habéis pensado en comenzar a recopilar documentación sobre Carmen? Me respondieron: Bueno, tú sabes hacerlo, ¿no?
Así que, en octubre de 2016, empezamos a ver todos los archivos que teníamos, todas las intervenciones, las catequesis que Carmen había dado... Resulta que, en la casa donde ella vivía, arriba de un armario, tenía una maleta llena de escritos y de agendas, pero desde los años 50 y 60. Comenzamos a transcribirlas y salían cosas preciosas. Nos impresionó muchísimo, sobre todo un aspecto que fue para nosotros novedoso, incluso para el mismo Kiko. De Carmen conocíamos su aspecto externo. Yo la conozco desde hace más de 50 años, y ha sido nuestra catequista. Pero en Carmen había una parte interior que nos sorprendió, que es el amor tan enorme que tenía a Jesucristo.
Carlos Metola conoció a Carmen Hernández hace más de 50 años
Carmen, durante muchos años, al menos 40, todos los días escribía en sus diarios. Al final del día lo solía hacer: a las once de la noche, a las doce, incluso a las dos, a las tres. Básicamente, lo que había hecho ese día y unos pensamientos. Y en ellos se veía el amor inmenso que tenía por Jesucristo. Le llama el Amado, Querido, le dice: te amo, ayúdame. Es el mismo lenguaje que vemos escrito en los Salmos. Por ejemplo, estos gritos de angustia o de petición de ayuda al Señor aparecían con las palabras de Carmen.
Un enorme amor a Cristo y la Iglesia
– Pero me imagino que ese amor a Dios se vería también en su día a día...
– Sí, pero aquí nos lo confirmó, y aquí era mucho más claro, porque no era un día, o dos, o un año. No; son años y años y años. Sabíamos que esa profundidad estaba allí, pero Carmen no había enseñado esos diarios a ninguno. Los tenía allí metidos. La vida de Carmen ha estado traspasada por el amor enorme a Jesucristo. Y a la Iglesia: ella ha sido una defensora de la Iglesia, ¡un amor que tenía a los Papas, a todos! Fueron veintimuchos años con san Juan Pablo II. Pero con Benedicto XVI, también; ¡a todos!
Y, después, también, un amor a la evangelización. Ella, que es de un pueblecito de Soria, de Ólvega, pero estudió en Tudela. De pequeñita, ella se acuerda de estos misioneros jesuitas que volvían del Japón, de la China, y les ponían filminas. Y eso la marcó. Decía: Yo, antes que a San Pablo, he conocido a San Francisco Javier. Por eso ella tenía un celo enorme, enorme. Y eso lo hemos visto durante toda su vida. Se ha preocupado de nosotros como catequistas, conocía la vida de cientos y cientos de personas de las comunidades, de las familias misioneras, de los presbíteros, de lo que le pasaba, de todo. Si ella sabía de alguien que estaba pasando una situación difícil o triste, antes de visitar esa parroquia le llamaba: Oye, ¿vas a venir? Como en busca de la oveja perdida.
– Como una madre para toda la gente del Camino...
– Sí. Y, además, daba consejos. Carmen tiene fama de que era... cómo decir... seca, demasiado... Pero es que los castellanos y los de la familia son así. Te decía la verdad sin hojas, sin adornos, y la verdad, muchas veces, nos toca dentro y nos hace un poquito de daño. Pero es la verdad. A mí, personalmente, y a otras personas, nos ha dicho algo que, al principio, te deja mal, pero después ves que es verdad. Y esto lo ha hecho también con Kiko...
– ¡A veces, incluso públicamente, tengo entendido!
– Muchas veces públicamente, o delante de un obispo, ¡delante de todo! Kiko suele decir: Carmen nunca me ha adulado. Y eso se lo agradezco. Kiko, por ejemplo, podía hacer una catequesis delante de 100.000 jóvenes o delante de una multitud, y hacía una catequesis preciosa, porque es un artista y tiene un don catequético del Espíritu. Carmen era un poco la artífice de esto, porque Carmen es la que más leía. Decía: En esta próxima reunión podemos hablar de esto o de esto. Ella preparaba unos libros, le decía unas cuantas cositas, le pasaba incluso algún libro escrito subrayado en rojo que ponía Léetelo. Y, con estas cositas, Kiko hacía una catequesis preciosa, estupenda. Y Carmen lo veía. Sin embargo, al acabar la catequesis, Carmen le decía: Fatal. Lo has hecho muy mal. Pero después ponía en su diario: El Espíritu Santo ha pasado hoy; el Espíritu Santo ha movido. Y Kiko dice que esto lo hacía para que no se engriera. Porque es verdad que el éxito de las multitudes es a veces peligroso.
– ¡También el éxito apostólico!
– ¡Claro! Porque nos podemos creer que somos los artífices de esto, y sin embargo es el Espíritu Santo.
– Este tándem Kiko-Carmen es algo bastante insólito en la Iglesia...
– Sí, sí, ha habido pocos. Un hombre y una mujer que no están casados, que han estado juntos tanto tiempo. Pero yo pienso que el Señor lo ha hecho muy bien, porque se han complementado. Carmen estudió Químicas en la Universidad Complutense. Kiko hizo Bellas Artes. Carmen buscaba ser misionera. Entró en un instituto misionero durante ocho años, pero se le quedó pequeño. Quería más. Kiko, sin embargo, tenía dentro lo de anunciar el Evangelio a los pobres. Él estaba impresionado por el sufrimiento de los inocentes. ¿Por qué sufre la gente? Él dice que, desde su casa al colegio, todos los días en invierno había un señor en la esquina de la calle pidiendo limosna. Y él decía: ¿Y por qué ese señor está ahí pidiendo limosna y yo no? ¡El sufrimiento! Por eso llegó un momento en que dice: Yo quiero encontrarme con Jesucristo.
Él, que era de una familia acomodada, dejó todo y se fue a vivir al sur de Madrid, a una zona al sur de Vallecas. Lo que era antes Palomeras Altas. Si existe Jesucristo, aquí está. No fue ni a enseñar a leer ni a hacer acción social, sino a ver a Jesucristo, encontrarse con Jesucristo. Ni siquiera Carmen había hecho otras experiencias con pobres. Había trabajado en Barcelona y en Valencia. Total, que el Señor los puso juntos y ahí empezó algo maravilloso, que es que la Palabra de Dios leída en comunidad tiene una fuerza enorme. La Palabra de Dios y la oración es como la respiración de nuestra alma. Nosotros, para vivir como personas, necesitamos el aire, y para vivir como cristianos, necesitamos vivir cada día unidos a Jesucristo con la oración.
Las chabolas en Palomeras Altas
Hacían reuniones en una chabola, con los gitanos. Ahí venía un cura. De vez en cuando los celebraba. Pero a Carmen le faltaba todavía el sello de la Iglesia, de la jerarquía de la Iglesia. Y llegó un momento, en el año 65, en que las barracas que había allí en Palomeras estaban construidas ilegalmente. El gobierno de entonces iba a destruirlas. Y llegó el día, el 28 de agosto. Carmen, cuando llegó la Guardia Civil, dijo: Primero destruyan la mía, no la de estas familias que tienen niños. Y tiraron primero la de Carmen.
Pero, al tiempo, Kiko llamó al arzobispo de Madrid, don Casimiro Morcillo. Le llamo por teléfono. ¡Venga, por favor! Es una cosa inédita. Pues don Casimiro, señor arzobispo, miembro del Consejo del Reino, se presentó con su 600. ¡Allí, en las chabolas! Y dijo a los guardias civiles: Deténganse. Y se detuvo la demolición.
Monseñor Casimiro Morcillo, con Carmen y Kiko
Poco después, el arzobispo fue a la barraca, a la chabola de Kiko. Estuvieron cantando; hay unas fotos preciosas. Y le preguntó: ¿Qué hacéis aquí? El arzobispo vio cómo dormía sobre un colchón en el suelo. Y el arzobispo se dio cuenta de que había algo más. Aquí no había solamente un loco que se había metido en las chabolas. Y Carmen dice: Desde aquel día, yo empecé a colaborar en serio con Kiko. El arzobispo les dijo: Esto mismo que habéis hecho aquí en las barracas, hacedlo en las parroquias de la ciudad. A través de un cura empezaron en la parroquia de Pío XII, de Argüelles. Esto era en el año 65, 66. Enseguida otros fueron a Zamora, a Ávila. Empezó a crecer, a crecer, a crecer. Y así ha crecido. Llegó un momento en que Kiko y Carmen estaban siempre con un presbítero. Siempre ha sido una colaboración, como decía Carmen, sufrida. Los dos sabían que la única forma era predicar el Evangelio, pero de formas distintas. Y este sufrimiento en la evangelización lleva fruto siempre. Cuando una mujer da a luz, sufre. Después viene la alegría de un hijo.
Kiko Argüello, «como un jabato»
– ¿Cómo se encuentra Kiko actualmente?
– Bien. Es un joven con 87 años cumplidos, años ya muy gastados.
– ¿Pero sigue viajando y evangelizando?
– Está aquí, en Madrid; en Roma, Israel... Está mucho más justito. Camina, pero sigue como un jabato. Tiene las reuniones, está horas y horas y horas.
– ¿En cuántos países se encuentra ahora el Camino?
– El último país que ha pedido es el 139; 139 naciones. Es Namibia, que está en el sur de África. El Camino está extendido en 1.600 diócesis. Son casi 6.500 parroquias y comunidades. También hay una cifra enorme de familias en misión, seminarios... Pero vemos que esta obra la lleva adelante el Señor. ¡Es algo que nos supera, que nos supera! Me pidieron que calculara cuántos viajes habían hecho Kiko y Carmen.. Yo tengo ahí todas las agendas con todos los viajes. Pude calcular los de avión. Nos dedicamos mi mujer y yo a sumar los kilómetros. Nada de tren, nada de coche. Solo avión. Han hecho 3.400.000 kilómetros, que equivalen a 77 vueltas alrededor de la Tierra. O lo que es lo mismo, a siete viajes a la Luna.
Por el celo de anunciar el Evangelio han ido a unos 60 países. Así es la evangelización. Un viaje a la India es igual de fructífero que un viaje, por ejemplo, a visitar una parroquia donde hay una señora, una viuda que ha perdido a su marido. Porque la vida de una persona vale tanto como el universo. Y yo he visto cómo Kiko y Carmen y el padre Mario se han gastado y desgastado por una sola persona. Alguien que ha tenido un problema, una crisis, un enfrentamiento, ellos han ido, porque una persona, la vida de una persona, vale la pena.