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HOY ES DOMINGOJesús Higueras

Que no nos falte el aceite

Las prudentes no se han limitado a reconocer que el esposo puede tardar: han llenado sus alcuzas y se han preparado para la espera. Porque el conocimiento que no se transforma en vida termina siendo un conocimiento inútil

La parábola de las diez vírgenes que esperan la llegada del esposo (Mt 25,1-13) nos presenta una escena aparentemente sencilla, pero llena de enseñanzas para nuestra vida. Todas esperan al esposo, todas conocen la importancia de su llegada y todas saben que puede retrasarse. Sin embargo, solamente cinco han tomado la precaución de llevar consigo aceite suficiente para mantener encendidas sus lámparas.

La diferencia entre unas y otras no está, por tanto, en lo que saben, sino en lo que hacen con aquello que saben. Todas conocen la verdad, pero solamente algunas han convertido ese conocimiento en una decisión concreta. Las prudentes no se han limitado a reconocer que el esposo puede tardar: han llenado sus alcuzas y se han preparado para la espera. Porque el conocimiento que no se transforma en vida termina siendo un conocimiento inútil.

Esta parábola nos recuerda que la fe no consiste solamente en saber cosas acerca de Dios, conocer el Evangelio o reconocer las verdades de nuestra religión. Todo eso es necesario, pero no suficiente. La fe está llamada a convertirse en vida, en una manera concreta de estar en el mundo, de mirar a los demás y de responder a lo que sucede. Podemos conocer muy bien al Señor y, sin embargo, no reconocerlo cuando se acerca a nosotros.

Y es que el esposo no llega solamente al final de nuestra existencia. Jesús viene continuamente a nuestro encuentro. Pasa por nuestra vida de muchas maneras: en una enfermedad, en una alegría inesperada, en las responsabilidades del trabajo, en los momentos de descanso, en la familia, en una conversación o en el encuentro con alguien que necesita nuestra ayuda. Son innumerables las ocasiones en las que el Señor llama a nuestra puerta. El problema es que, a veces, estamos dormidos o no tenemos la lámpara encendida para reconocer su presencia. El Señor pasa a nuestro lado y nosotros ni siquiera nos enteramos.

San Agustín, al comentar esta parábola, identifica el aceite con la caridad, con ese amor que permite que nuestra lámpara ilumine. Pero hay algo importante que debemos recordar: no podemos llenar nuestro corazón de amor si antes no nos sabemos amados. La caridad cristiana no nace de un esfuerzo voluntarista por ser mejores, sino de la experiencia de sabernos profundamente queridos por Dios.

Cuando uno descubre que Dios le ama, que su amor no depende de sus éxitos ni desaparece ante sus debilidades, comienza a vivir de otra manera. Ya no necesita defenderse continuamente, ni buscar desesperadamente el reconocimiento de los demás. Puede amar porque primero ha sido amado; puede entregarse porque sabe que su vida está sostenida por unas manos que nunca le abandonan.

Así se llena nuestra alcuza: gota a gota, momento a momento, cada vez que acogemos el amor de Dios y permitimos que se transforme en paciencia, generosidad, perdón, servicio y ternura. Cada acontecimiento de la vida puede convertirse en una ocasión para amar y, por tanto, en una nueva reserva de aceite.

No sabemos cuándo llegará el esposo ni de qué manera llamará a nuestra puerta. Pero sí sabemos que viene. Lo importante no es vivir angustiados por su llegada, sino aprender a reconocerlo en cada jornada. Que no nos falte el aceite de la caridad, porque solamente un corazón que se sabe amado puede mantener encendida la lámpara para salir al encuentro del Señor.

Jesús Higueras es el párroco de Santa María de Caná, en Pozuelo de Alarcón (Madrid)