16 de agosto de 2022

cartas de la ribieraArmando Zerolo

Perder el miedo a equivocarse

Hay un miedo cada vez más generalizado a que si pasa algo, la fuerza de la ley caiga sobre el responsable educativo: la lógica del 'disclaimer'

A una amiga se le ocurrió invitar a una barbacoa de fin de curso a sus alumnos y colegas del instituto. El resultado fue que más de la mitad de los profesores se salieron del chat, y el resto, por solidaridad o cautela, no fueron. La razón alegada por los más reacios fue que no hay que confundir y que son menores. Es decir, que «a mí déjame de líos y no me metas en problemas».
El caso no es una excepción en el mundo educativo y, además, se puede hacer extensivo a muchos otros ámbitos laborales. Se trata del miedo a incurrir en responsabilidad civil y penal «si pasa algo». Es la lógica del disclaimer.
Llevamos ya décadas contagiándonos del miedo a la responsabilidad, y con razón. Son muchos los casos que nos han llegado, de oídas, o por experiencia más o menos cercana, de niños que se han hecho una brecha en el recreo, y le han echado la culpa al profesor, de desmayos en una excursión, o torceduras de tobillo, o brazos rotos, o crisis de ansiedad, y que el responsable de la actividad sea castigado.
Hay un miedo cada vez más generalizado a que si pasa algo, la fuerza de la ley caiga sobre la persona que estaba a cargo de la excursión, el patio, o el aula. Como en los contratos norteamericanos, el «faldón» con el disclaimer, es decir, toda la literatura a pie de página que se incluye para eximir de responsabilidad al firmante, es mucho más larga que el contenido propio del contrato.
Es la juridificación de la vida, donde el faldón ocupa el espacio vacío que deja la confianza. Cuanta menos confianza, cuanto menos sentido común, cuantos menos principios generales, más largo es el faldón y más se impone la lógica del disclaimer. Son los cartelitos del «suelo mojado» en los aeropuertos, que no están puestos para que no te caigas, sino para que no puedas quejarte si te caes. Es «el vaso quema» de las cafeterías, que no te advierte de que te puedes quemar, sino de que no te puedes quejar si lo haces.
Esta lógica del disclaimer se ha extendido al mundo educativo, y un niño tiene que ir acompañado de una carpeta de papeles firmados si quiere ir con el cole al zoo, al parque o a la biblioteca municipal. A la montaña o al campo no hace falta, porque ya no se va a esos sitios. Son muy peligrosos y te la juegas a que un padre te empapele.
Pero si no se arriesga, no se educa. Y se arriesga desde el tiempo libre, la libertad y también, la salud. ¿Quién no se ha puesto tenso viendo a su hijo pequeño bajar del columpio o subiendo las escaleras? Ese instante de duda entre adelantarse a la caída, o esperar por si no se produce, recoge lo que significa la tensión educativa. Adelantarse al fallo es eliminar la cosecha de la libertad sembrada. Se evita el golpe, pero también el éxito, y con ello se frustra al alumno y al educador.
Sería deseable volver a la lógica de la partera, al «tú empuja, que yo te ayudo», al «no te preocupes que si te caes, yo estoy aquí». Hay que volver, como mi amiga, a ofrecer el tiempo libre, el contacto cara a cara y la confianza. Los disclaimer han de volver bien ordenaditos a una carpeta para que el inspector los pueda encontrar sin fastidiar demasiado a los profesores.
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