03 de diciembre de 2022

raiz y copaRocío Solís

¿Hakuna nace del canto como la Iglesia?

El canto es verdaderamente una forma de pertenencia a la Iglesia, el pueblo unido canta su liberación

Hace algunos años invitamos a la Universidad Francisco de Vitoria al sacerdote Pablo D´Ors. Queríamos que nos ilustrara sobre la oración y su relación con el silencio. Se disponía a hablar a un auditorio abarrotado y antes de comenzar nos invitó a cantar. Como buen líder comenzó él entonando sin incomodarse por nuestra incomodidad. «De noche iremos de noche, que para encontrar la fuente, solo la sed nos alumbra». El verso de Luis Rosales de inspiración sanjuanista fue el elegido a capela. Todos nos removíamos en el asiento, mascullando para obedecer al que teníamos delante, pero con vergüenza de que nos escuchara el que teníamos al lado. Pero el tono fue entrando y el significado de las palabras constituyéndonos, hasta que tras muchas repeticiones, ya solo había una sola voz y un pueblo recién instaurado que había perdido la vergüenza en favor de la unidad.
Luego el propio D´Ors nos reconoció que este había sido el objetivo de sacarnos del área de confort de la butaca. Este y abrirnos el oído para escuchar lo que seguiría en adelante.
Efectivamente, el canto es la mejor herramienta para humanizarnos, para retomar aquello que a través del razonamiento nos cuesta tanto. Basta cantar a pleno pulmón un himno para sentirnos hinchas de cualquier equipo.
Y esto que es así en toda nuestra vida, lo es y con más fuerza en nuestra fe. Que quien canta reza dos veces, más allá del Mr Wonderful en el que se ha convertido, afirma una gran verdad. El canto es verdaderamente una forma de pertenencia a la Iglesia, el pueblo unido canta su liberación. Desde el inicio los cristianos cantaron como factor fundamental para transmitir la verdad de una manera sensible. Y no han dejado de hacerlo, aunque deberíamos examinarnos si la manera actual nos hace participar completamente de la Iglesia como debiera. No se trata de cantar «cancioncillas» a modo de sala de espera sino de ser un pueblo que canta, que es algo muy distinto.
Decía el escritor José Jiménez Lozano con mucha retranca que el «cuplé» católico actual había traicionado la belleza de la liturgia que nos adentraba en el Misterio. Fue un defensor del Concilio Vaticano II así que no se le pueden buscar las cosquillas por ahí, sino en una mirada profunda de la sed de belleza y verdad que tiene el hombre y que ha sido edulcorada en muchos momentos posconciliares con un «acercarse al pueblo» que lo que ha provocado es que el pueblo se aleje de la Encarnación, del hacer sensible y tangible a la vez que inaccesible el Misterio de Dios entre nosotros.
Cantamos para educar. Al niño le cantamos desde que nace como una forma de adentrarle en la realidad, de enseñarle los números, los colores y que el coco existe. Cantamos para celebrar, y dependiendo qué y cómo canta, sabemos a qué pueblo pertenece al que abrazamos. Cantamos para expresar lo que ya no cabe en el pecho y necesita melodía que lo haga pronunciable. Y cantamos para comunicarnos con el Dios de nuestros padres y el Dios nuestro. Pero ¿vale todo canto? ¿No tendremos que reeducarnos como Iglesia en esta modalidad de amor?
En estas estaba cuando me fui con una de mis hijas mayores al concierto de Hakuna que se celebró en Vistalegre a mediados de septiembre. No me siento hakunera pero sí folclórica. Es decir, que me gusta más crear acervo que a un tonto una tiza y si hay algo que a los míos, familia y amigos, les gusta o les hace vibrar, allí quiero estar yo para no perdérmelo; para no perder cómo miran ellos lo que yo aún no he conseguido ver. Así que entrada en ristre y canciones medio aprendidas me fui yo con mi niña. Me lo canté todo o hice como que me lo sabía (esto también lo hago con la tercera estrofa de «Tú has venido a la orilla»). Incluso canté a voz en grito una canción que no me gusta titulada «Sencillamente». Por la misma razón, a los míos sí, y yo esa noche pertenecía a ese pueblo. A la salida del concierto me dio pie a hacer análisis semántico del asunto con mi hija, que despierta y peleona, coge el guante siempre. «¿Cómo hemos podido cantar que nos gusta sentir frío y sentir miedo? ¿A ti te gusta eso? A mí no». «Ya, a mí tampoco, pero si siguiendo a Jesús nos pasa, yo lo acepto», me dijo. «Claro. Pero la canción no dice eso» prosiguió servidora llevándola a las cuerdas. «Se sobreentiende», concluyó, como se sobreentendió el resto de nuestra conversación. Chimpún.
Me gustó ver que el método místico sigue vigente. Al igual que el pequeño Juan de la Cruz decía que todo es nada, y en esa nada se entiende el Todo. Los de Hakuna se van directamente al frío y al miedo si ahí está Jesús. Sí, pero no. Nos saltamos pasos y damos puntadas voluntaristas. O a mi corto entender místico eso le resulta. La Encarnación vino a que al frío le llamásemos frío y a que nos guste más la fogata al lado del mar de Galilea. Nos gusta más todo lo bueno que vino a traer, aunque prefiramos morir si Él no está en eso bueno. Jesús no es el silencio ni el viento, Jesús está en las cosas y las habita. La palabra es importante para que nuestra razón no se haga trampas al abrazar la fe. Cuando cantamos es necesario que nuestra voz se eleve al igual que nuestra libertad y nuestra inteligencia. El canto hace un solo pueblo, pero también y sobre todo, nos hace uno solo a nosotros. Nos cura de nuestras faltas de presencia, de nuestros viajes astrales, del hablar por hablar. Decimos lo preciso atrayendo el sentido de las cosas, haciéndolo sensible a nuestra emoción, despertando el cuerpo y poniendo a trabajar la inteligencia. Y voilá, un pueblo nace, la Iglesia de nuevo. Y esto sí ocurrió en Vistalagre. Gracias.
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