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Jesús en el desierto, de Ivan Kramskoi (1872)

Jesús en el desierto, de Ivan Kramskoi (1872)Galeria Tretyakov (Moscú)

¿Por qué es importante la Cuaresma? Los 40 días de Jesús en el desierto como camino de vida

El Misterio de Jesús en el desierto es el comienzo de un camino que le conducirá a la entrega total de su vida para abrazar la voluntad del Padre

La vida es un don de Dios y cuando la acogemos como tal, lo primero que brota del corazón es agradecimiento. Y lo segundo una pregunta. Si la vida es un valioso regalo ¿cómo vivirlo para no malgastarlo? Experimentamos con fuerza el dolor de ser libres. Un dolor que viene de las equivocaciones que tantas veces hemos cometido. Ciertamente quiero vivir con todas mis fuerzas, quiero vivir una vida plena, llena de sentido y de verdad. Pero al mismo tiempo experimento miedo a equivocarme, miedo a sufrir, miedo a no llegar nunca a ninguna parte. Este es el combate de la vida, no hay que entrar en el desierto cuaresmal para saberlo.

Vivir es el ordenamiento interior al plan divino para cada uno de nosotros. Y sólo Aquel que creó la vida puede mostrarlo con claridad, he aquí la dificultad. He sido creado para vivir algo que no parte de mis propios criterios ni del ejercicio de mi razón. Cuántas veces hemos tratado de ajustar nuestra voluntad a grandes valores, ejercitar las virtudes estoicamente, caminar sin salirme de la línea trazando, a escuadra y cartabón, hasta el milímetro el plan que me toca vivir. Cumplir las expectativas de los que me rodean, que nadie tenga queja sobre mi, en definitiva, dar siempre la talla. Un ideal de santidad construido con mis propios criterios, con mis propias manos. Algo en lo que me empeño con poco sentido, pues, como bien se, el único que puede hacerme santo es Dios. Y sin embargo me empeño.

Abrazar la voluntad del padre

El Misterio de Jesús en el desierto es el comienzo de un camino que le conducirá a la entrega total de su vida para abrazar la voluntad del Padre. En la soledad del desierto se descubre todo un camino de entrada a la intimidad trinitaria, donde el Espíritu fue el que le empujó al desierto (Mc 1,12) y donde se alimentó de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4). La experiencia de la búsqueda de la soledad va marcando el itinerario que le permite desprenderse de lo mundano para poder ser llevado más plenamente por el Espíritu Santo. Esta es la característica inicial de una vida orante, como la que nos propone este año el Papa Francisco en preparación del año Santo del 2025.

La Cuaresma se convierte en un camino de vida, un camino que me permite dejar atrás mis propias construcciones para abrirme con más fuerza a la acción del Espíritu Santo que va obrando en mi conforme a la voluntad del Padre. Un camino de libertad, donde gracias a la oración, la limosna y el ayuno, voy apartando pequeñas piedras que me ayudan a percibir tantas esclavitudes clandestinas con las que vivo. En la vida espiritual, resulta fundamental que el hombre perciba la acción sobrecogedora y abierta de una intimidad con Dios que no depende de nosotros, sino de quien intercede dentro de nosotros con gemidos inefables (Rm 8,26) y que nos va trazando horizontes nuevos.

Una prueba a la fragilidad

En este dejar espacio a Dios a partir de lo cotidiano (mi tiempo, mis bienes, la comida) es donde percibo cuan atada estoy a las cosas más pequeñas de este mundo. En medio del desierto se pone a prueba mi fragilidad, mi necesidad y por lo tanto mi falta de libertad. En este caminar también descubriré un nuevo alimento, la Palabra de Dios. Ampliando el tiempo de mi oración descubriré la grandeza de la Palabra y mi infinita sed. Será en ella donde encuentre el verdadero pan de cada día. Durante cuarenta días se me concederá la oportunidad de cambiar de necesidades, de saberme hambrienta y sedienta de un don mucho más grande y que me descubrirá el verdadero anhelo del corazón. Llamados a ir mucho más allá de la orilla, a remar siempre mar adentro, cada tiempo de Cuaresma se presenta como un camino que conduce a tener cada vez más y mejor vida.

«Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto», (Mt4,10). Así responde Jesús a Satanás en la última tentación en el desierto. La adoración es una nueva forma de mirar el mundo, de mirarme a mí mismo y de mirar a los demás desde Dios. Acoger su invitación de cada día, a estar con Él, a descansar en Él y a permitirle que me enseñe que sólo Él es el «camino la verdad y la vida». La cuaresma nos invita a entrar en este itinerario de vida de oración que convertirá, como en Cristo, la propia muerte a este mundo en una vida nueva que permanecerá en nosotros para siempre.

Sonia Ortega Sandeogracias es profesora en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Universidad Eclesiástica San Dámaso.

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