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San Juan Bautista

¿Quién fue el santo más grande, según Jesucristo?

Juan Bautista es el único santo cuyo nacimiento se celebra como solemnidad. Y no es un dato menor: fue el propio Jesús quien declaró que «entre los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan»

Cada 24 de junio, la Iglesia celebra el nacimiento de san Juan Bautista. La fecha no fue elegida al azar: según el Evangelio de Lucas, cuando el ángel Gabriel anunció a María que sería la madre del Mesías, también le reveló que su parienta Isabel ya estaba en su sexto mes de embarazo. Siguiendo esa cronología, Juan —hijo de Isabel— habría nacido seis meses antes que su primo Jesús, cuya Natividad se celebra el 25 de diciembre.

Además, Juan Bautista es el único santo cuyo nacimiento se celebra como solemnidad. Y no es un dato menor: fue el propio Jesús quien declaró que «entre los nacidos de mujer, no hay nadie mayor que Juan» (Mt 11,11).

«No hay nadie mayor que Juan»

Todo empieza con Zacarías, quien era sacerdote del templo en Jerusalén, y su esposa, Isabel, descendiente de Aarón. Ambos eran considerados justos y cumplidores de la Ley, pero no habían podido tener hijos. Según el Evangelio de Lucas, durante el servicio sacerdotal de Zacarías, el ángel Gabriel le anunció que tendría un hijo al que llamaría Juan.

El anuncio no solo traía esperanza, sino también una misión especial para el niño. El ángel explicó que Juan sería «para ti gozo y alegría, y muchos se regocijarán en su nacimiento; porque será grande ante el Señor. No beberá vino ni licor, y estará lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. Convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios, e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, preparando así al Señor un pueblo bien dispuesto».

Pero la incredulidad de Zacarías ante semejante anuncio tuvo consecuencias inmediatas: quedó mudo hasta que se cumpliera la promesa del nacimiento de su hijo. Días más tarde, la vida de Isabel dio un giro inesperado. Para su sorpresa y alegría, descubrió que estaba embarazada. En su interior, comprendió que aquello era un milagro, una respuesta a sus oraciones.

Isabel, la prima de la Virgen María

El papel de Isabel adquiere especial relevancia cuando recibe la visita de su prima María, embarazada de Jesús, en lo que se conoce como el episodio de la Visitación. En ese encuentro el niño de Isabel «saltó en su seno» al reconocer el saludo de la Virgen y la presencia del Mesías aún no nacido.

Isabel, iluminada por el Espíritu Santo, proclamó la grandeza de María, exclamando: «Bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor» (Lucas 1, 45). El nacimiento de Juan fue motivo de sorpresa y discusión entre los vecinos, sobre todo por el nombre elegido, que rompía con la tradición familiar. Zacarías, aún mudo, escribió en una tablilla: «Su nombre es Juan». En ese momento recuperó el habla y bendijo a Dios, en un himno que sería conocido como el Benedictus.

Una vida forjada en el desierto

En el corazón del desierto, Juan llevó una vida austera. Según relatan los Evangelios, vestía con una túnica de pelo de camello ceñida por un cinturón de cuero y su alimento se basaba en langostas y miel silvestre. Pero más allá de su apariencia, lo que realmente llamaba la atención era la fuerza con la que llamaba a los pueblos a la conversión y al arrepentimiento. Desde las aldeas cercanas hasta Jerusalén, la gente acudía a escuchar sus palabras y a bautizarse en las aguas del río Jordán, buscando prepararse para lo que él anunciaba: la llegada del Reino de Dios.

Juan no solo predicaba con firmeza, sino que también señalaba la llegada de alguien más grande que él. «Después de mí viene uno más grande que yo —decía—, a quien ni siquiera merezco desatarle la correa de las sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo».

Entonces, ese día llegó. Jesús de Nazaret apareció ante Juan y pidió ser bautizado en el Jordán. Al salir del agua, el cielo se abrió y el Espíritu descendió sobre él como una paloma. Y una voz desde el cielo proclamó: «Tú eres mi Hijo amado, en quien me complazco».