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La Crucifixión de León Bonnat

La Crucifixión de León Bonnat

Comienza julio, el mes dedicado a la Preciosísima Sangre de Cristo

La instauración oficial de esta fiesta data del siglo XIX, cuando el beato Papa Pío IX se encontraba exiliado en Gaeta (Italia) durante los levantamientos de 1848

San Pedro lo recuerda en su primera carta: «Hemos sido rescatados, no con plata ni oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha» (1 Pe 1, 17-19). Estas palabras encierran el sacrificio redentor de Jesús en el Calvario como prenda de salvación. Su Sangre derramada fue una entrega real y definitiva que libró a los hombres de la esclavitud del pecado y abrió el camino a la vida eterna.

Aunque la devoción no es muy conocida, la Iglesia consagró todo el mes de julio a la contemplación y veneración de la Preciosísima Sangre de Cristo. La instauración oficial de esta fiesta data del siglo XIX, cuando el beato Papa Pío IX se encontraba exiliado en Gaeta (Italia) durante los levantamientos de 1848 en Italia.

Los Misioneros de la Preciosísima Sangre

Fue allí donde Giovanni Merlini, entonces superior general de los Misioneros de la Preciosísima Sangre —orden fundada por san Gaspar del Búfalo—, propuso al Papa hacer un voto para extender esta celebración a toda la Iglesia si lograba regresar a Roma tras el levantamiento de 1848.

El Papa, sin hacer un voto formal, aceptó la sugerencia como una promesa. Al regresar a Roma, el 10 de agosto de 1849, Pío IX promulgó la bula Redempti sumus, estableciendo que el primer domingo de julio quedaría consagrado a la Preciosísima Sangre de Cristo.

Más tarde, el Papa san Pío X asignó la fecha al 1 de julio, y en 1934, Pío XI la elevó a Solemnidad como parte del Jubileo de la Redención. Sin embargo, tras el Concilio Vaticano II, la fiesta fue retirada del calendario litúrgico general, aunque se conservó una Misa votiva que puede celebrarse a lo largo de todo el mes de julio.

Es así como, con el paso de los años, julio se consolidó como un mes completo de especial devoción a la Sangre derramada por Cristo, la fuerza y el grito de Amor constante de Cristo.

Adoración y gratitud

En su Carta Apostólica Inde a Primis, el Papa Juan XXIII alentó esta veneración:

Inde a Primis

«Porque, si es infinito el valor de la Sangre del Hombre Dios e infinita la caridad que le impulsó a derramarla desde el octavo día de su nacimiento y después con mayor abundancia en la agonía del huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario y en la Crucifixión y, finalmente, en la extensa herida del costado, como símbolo de esa misma divina Sangre, que fluye por todos los Sacramentos de la Iglesia, es no sólo conveniente sino muy justo que se le tribute homenaje de adoración y de amorosa gratitud por parte de los que han sido regenerados con sus ondas saludables»
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