Juan Pablo I
26 de agosto de 1978: Albino Luciani se convierte en Juan Pablo I, el Papa de apenas 33 días
Sonrisa, sencillez y humildad marcaron su pontificado, pero solo 33 días después, la Iglesia se sumía en la conmoción: Juan Pablo I moría, abriendo el camino al polaco Juan Pablo II
«Afortunadamente, estoy fuera de peligro». Con estas palabras, escritas el 24 de agosto de 1978, el cardenal Albino Luciani creía disipar cualquier temor a salir elegido en el cónclave que se avecinaba tras la muerte de Pablo VI.
Dos días después, contra toda previsión personal, la fumata blanca anunciaba Habemus Papam: Luciani, el patriarca de Venecia, se convertía en el sucesor de Pedro con el nombre de Juan Pablo I.
Del norte de Italia al trono de Pedro
Albino Luciani nació el 17 de octubre de 1912 en el norte de Italia, en el pequeño pueblo de Forno di Canale. Su infancia estuvo marcada por la pérdida: su madre falleció cuando él apenas tenía diez años. Su padre volvió a casarse con una mujer profundamente devota, cuya fe ejerció una influencia decisiva en el futuro Pontífice.
El ascenso de Luciani en la jerarquía eclesiástica fue meteórico: en tan solo quince años pasó de obispo a cardenal y llegó a presidir la Conferencia Episcopal Italiana hasta 1976. La muerte de Pablo VI, conocido como 'el Papa peregrino', reunió a los cardenales en Roma en agosto de 1978.
Aunque la asistencia fue numerosa, el cónclave resultó ser uno de los más breves del siglo XX: al final de la primera jornada, la plaza de San Pedro contemplaba la fumata blanca, sin imaginar que apenas un mes después otra fumata anunciaría al mundo la elección de un nuevo obispo de Roma.
Una muerte rodeada de misterio
Luciani fue proclamado Papa con el nombre de Juan Pablo I, un homenaje explícito a sus dos predecesores, Juan XXIII y Pablo VI. Su elección sorprendió a muchos… incluido él mismo. En la misma carta a su íntimo amigo, el obispo Giuseppe Carraro, escrita poco antes de la elección, le confesaba con sencillez: «Tan pronto como sea posible, iré a verte». Planeaba regresar a Venecia tras el cónclave, convencido de que sus días de patriarca continuarían.
Pero el Espíritu Santo tenía otros planes. En esa misma misiva, Luciani expresaba su temor por la dificultad de la tarea que esperaba al futuro pontífice: «Rezo por la Iglesia y por el que los cardenales elegirán… tendrá una tarea aún más difícil». Sin saberlo, se describía a sí mismo.
El pontificado de Juan Pablo I se caracterizó por su cercanía y sencillez. Sin embargo, apenas duró 33 días. La madrugada del 29 de septiembre de 1978 fue hallado muerto en su cama. La versión oficial habló de un infarto provocado por el estrés del cargo, pero la ausencia de autopsia y las contradicciones en el relato oficial alimentaron la sospecha.
El debate se avivó en 1981, cuando la Santa Sede autorizó a dos investigadores para que revisaran toda la documentación del caso. David Yallop concluyó que fue un asesinato, mientras que John Cornwell defendió la tesis oficial. En todo caso, su repentina muerte abriría paso al segundo cónclave y al tercer Papa de 1978, Juan Pablo II, un polaco que marcaría decisivamente la historia contemporánea de la Iglesia.