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LA Virgen María leyendo, Lorenzo Costa

La Virgen María leyendo, Lorenzo Costa

De la diócesis de Cuenca al mundo entero: así nació la fiesta del 'Dulce Nombre de María'

Invocar su nombre es mucho más que un acto de fe: es sentir cerca a la Madre que protege, acompaña y reconforta a millones de almas

Recibir un nombre es mucho más que una simple etiqueta: es parte de la identidad de cada persona. Así lo entendieron los padres de la Virgen María, quienes, siguiendo la tradición judía, la presentaron en el templo ocho días después de su nacimiento y le pusieron un nombre cargado de significado.

«María», derivado del hebreo Miriam, significa «Señora», «Princesa» o «Soberana», título que alcanzó su plenitud con la Asunción de la Virgen, convirtiéndola en Reina de cielos y tierra.

La devoción al Dulce Nombre de María tiene raíces españolas. En 1513, la diócesis de Cuenca solicitó a la Santa Sede autorización para celebrar esta fiesta. Con el tiempo, la celebración se extendió por toda España y, en 1683, el Papa Inocencio XI la oficializó para toda la Iglesia, como agradecimiento por la protección divina durante el levantamiento del sitio de Viena y la victoria de Juan Sobieski, rey de Polonia, frente a los turcos.

Un nombre de consuelo y paz

Quienes llevan el nombre de María tienen un calendario lleno de motivos para celebrar. Desde la Solemnidad de santa María, Madre de Dios, el 1 de enero, hasta la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre, cada fecha recuerda la vida y el papel fundamental de la Virgen en la historia de la Salvación.

Invocar su nombre es mucho más que un acto de fe: es sentir cerca a la Madre que protege, acompaña y reconforta a millones de corazones en todo el mundo.

Desde el siglo XVI, la Iglesia celebra el Dulce Nombre de María, recordando que un nombre puede ser mucho más que una palabra: es protección, ternura y devoción. Cada vez que se pronuncia «María», se abre un refugio espiritual que, como recordaba san Alfonso María de Ligorio, llena el alma de ternura y consuelo, ofreciendo a quienes la honran un vínculo íntimo con la Madre de Dios.

San Alfonso María de Ligorio

«¡Oh María, llena de gracia, haced que vuestro nombre sea la respiración de mi alma! No me cansaré jamás de acudir a Vos, repitiendo constantemente: ¡María! ¡María! ¡Qué inefable consuelo, qué dulcedumbre, qué ternura experimenta mi alma! ¡Oh María!, amable María, cuando pronuncio vuestro nombre, doy gracias a Dios por haberos dado para mi felicidad nombre tan dulce y amable».
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