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Santa Teresa de Lisieux

Santa Teresa de Lisieux

Por qué Teresa de Lisieux sigue inspirando a millones más de un siglo después

Murió a los 24 años, desconocida fuera de su convento y sin haber publicado nada. Sin embargo, su vida —recordada por la Iglesia cada 1 de octubre— dio la vuelta al mundo, conquistó a soldados en las trincheras y llevó al Papa Juan Pablo II a proclamarla Doctora de la Iglesia

Cuando murió en 1897 en la pequeña ciudad normanda de Lisieux, Teresa Martin, conocida como santa Teresita del Niño Jesús, no había publicado ningún escrito y era desconocida más allá de su convento y de su círculo familiar. Ni siquiera se la podría considerar una joven destacada por sus estudios: admitía que lo que sabía «no es por medio de libros, pues no entiendo lo que leo».

Sin embargo, cien años después de su muerte, el Papa san Juan Pablo II la proclamó Doctora de la Iglesia, uniéndola a figuras como San Agustín, Santo Tomás de Aquino o Santa Teresa de Jesús. Incluso teólogos contemporáneos como Hans Urs von Balthasar, Louis Bouyer o Conrad de Meester han dedicado libros enteros a esta humilde carmelita.

«La santa más grande de todos los tiempos»

Su vida fue breve y discreta. Nació en Alençon, en la región de Normandía, fue la menor de cinco hermanas y quedó marcada por la muerte temprana de su madre cuando apenas contaba cuatro años. Ingresó en el Carmelo de Lisieux a los 15 años y falleció nueve años después, a los 24, tras enfermar de tuberculosis.

Durante su vida religiosa, Teresa escribió únicamente por obediencia. Dos de sus manuscritos fueron pedidos por orden de sus prioras —su hermana Paulina, la Madre Inés de Jesús, y la Madre María de Gonzaga—, y un tercero a petición de su hermana mayor María, en religión conocida como María del Sagrado Corazón. Ella misma advertía: «no escribo para hacer una obra literaria, sino por obediencia; si la aburro, verá al menos que su hija ha dado pruebas de su buena voluntad».

Estos textos, reunidos después de su muerte en Historia de un alma, se difundieron rápidamente. Inicialmente destinados a los conventos carmelitanos, se convirtieron en un fenómeno de alcance masivo. Su devoción llegó incluso a las trincheras de la Primera Guerra Mundial: entre 1914 y 1920 se imprimieron 22 millones de estampas de santa Teresita. No es de extrañar que el Papa san Pío X la llamara «la santa más grande de los tiempos modernos».

La sencillez de su estilo, considerado por algunos un tanto empalagoso, escondía en realidad una hondura extraordinaria: los grandes avances en la vida espiritual se dan cuando hay confianza y un abandono total en Dios, como el de un niño que se entrega sin miedo a los brazos de su padre.

Momentos de prueba

Santa Teresa no fue la jovencita perfecta que muchos suponen. Pasó por su propia noche oscura, llegando a escribir que «tenía yo entonces grandes pruebas interiores de toda clase, hasta llegar a preguntarme a veces si había un cielo». «De pronto, las tinieblas que me rodean se hacen más espesas, penetran en mi alma y la envuelven de tal suerte que ya no me es posible volver a encontrar en ella la imagen tan dulce de mi patria…», expresaba.

Reconocía su debilidad y la mostraba sin artificios: «cuando estoy sola, me da vergüenza confesarlo, el rezo del rosario me cuesta más que ponerme un instrumento de penitencia. Siento que lo recito muy mal, por mucho que me esfuerzo por meditar los misterios del rosario no consigo fijar la atención».

El ascensor al cielo: Jesús

Su familiaridad con Dios surge del descubrimiento del amor infinito y misericordioso del Creador, revelado a los pequeños y no a los sabios: «Lo que le agrada a Dios en mi pobre alma es verme amar mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia».

En su devoción a María Magdalena, ve el ejemplo de un corazón transformado por la misericordia de Jesús: «Cuando veo a Magdalena adelantándose, en presencia de los numerosos invitados, y regar con sus lágrimas los pies de su Maestro adorado, siento que su corazón ha comprendido los abismos de amor y de misericordia del corazón de Jesús…».

Incluso en su deseo de santidad, Teresa halló un método accesible a todos: «Yo siempre he deseado ser santa; pero ¡ay!, he constatado siempre, cuando me he comparado con los santos, que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña, cuya cima se pierde en los cielos, y el oscuro grano de arena pisoteado bajo los pies de los caminantes… quiero buscar el medio para ir al cielo por un caminito muy recto, muy corto, un caminito completamente nuevo… el ascensor que debe elevarme hasta el cielo, son vuestros brazos, ¡Oh, Jesús!».

Quizás ahí radica la persistente popularidad de esta humilde Doctora de la Iglesia: su camino espiritual está al alcance de todos. Para Teresita, la actitud más adecuada para alcanzar la santidad, como escribió el Papa Francisco, «es depositar la confianza del corazón fuera de nosotros mismos: en la infinita misericordia de un Dios que ama sin límites y que lo ha dado todo en la Cruz de Jesucristo».

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