Bienaventurados
Quien vive según las bienaventuranzas aprende a amar la vida tal como viene, confiando en que, incluso en lo que duele, Dios está obrando un bien más grande
Las bienaventuranzas no son un poema piadoso en el que pueden encontrar consuelo los débiles. Son el corazón mismo del Evangelio y la expresión más clara de la novedad que trae Jesucristo. Con ellas, Jesús no establece una nueva moral basada en el esfuerzo humano, sino una ley distinta, más profunda: una ley que no se funda en el cumplir, sino en el responder con amor a lo que Dios permite que acontezca en la vida de cada hombre.
En las bienaventuranzas no se premia al que hace mucho, sino al que se deja hacer. El punto de partida no es la acción, sino la acogida. Por eso todo comienza con la pobreza de espíritu. El pobre en el espíritu es aquel que ha comprendido que nada esencial le pertenece, que todo lo verdaderamente valioso en su vida es don del Padre. No vive reclamando, no se enfrenta a Dios con exigencias, no convierte la fe en una contabilidad de méritos. Vive desde la confianza y desde la gratitud.
Esta pobreza interior cambia la manera de estar en el mundo. El manso no necesita imponerse porque ya no se defiende de Dios. El que llora no se encierra en el resentimiento, sino que deja que el dolor lo abra. El que trabaja por la paz no busca vencer, sino reconciliar. Las bienaventuranzas no eliminan el sufrimiento ni el conflicto, pero los atraviesan con un sentido nuevo: todo puede convertirse en lugar de comunión cuando se vive desde Dios.
Jesús no promete felicidad inmediata ni éxito visible. Promete plenitud. Una plenitud que no nace del control de la vida, sino del abandono confiado. Por eso habla de hambre y sed de justicia: no como reivindicación ideológica, sino como deseo profundo de que la verdad de Dios se realice en nosotros. Esa justicia no se impone, se recibe. Y cuando es auténtica, desemboca inevitablemente en la misericordia.
Una misericordia que no es debilidad moral, sino la forma más alta del amor. Es mirar al otro desde la conciencia de la propia fragilidad. Solo el que sabe que vive sostenido por la paciencia de Dios puede perdonar, comprender y acompañar sin juzgar. Por eso Jesús une la misericordia a la pureza de corazón: un corazón unificado, sin doblez, que ya no utiliza a Dios para protegerse.
Las bienaventuranzas son, en definitiva, un programa de vida que afecta a lo más profundo del corazón humano. No se reducen a un ideal ético ni a una espiritualidad intimista. Reeducan el deseo, transforman la mirada y liberan de la obsesión por justificarse. Quien vive según las bienaventuranzas aprende a amar la vida tal como viene, confiando en que, incluso en lo que duele, Dios está obrando un bien más grande.