Beato Alberto Marvelli
El ingeniero de las soluciones imposibles: el beato laico que desafió al nazismo y amó sin ser correspondido
Ni los bombardeos ni los horrores de la guerra apagaron la fe de Alberto Marvelli, un joven que entendió la política como caridad social y la pureza como camino de libertad
«Atraía a todos con sus palabras». «Su fama de santidad ya se había extendido entre quienes lo conocían cuando aún vivía». «Lo sentía más elevado, cerca de Dios». «Durante su vida gozaba de la admiración de todos como joven cristianamente ejemplar». «En vida tuvo fama de joven ejemplar y todos lo estimaban sin distinción».
Todas estas frases pertenecen a contemporáneos que conocieron y trataron a Alberto Marvelli (Ferrara, 1918) a lo largo de sus 28 años de vida. Su biografía es una de esas historias que revelan con claridad qué significa ser un verdadero líder. No se trata de la capacidad de ser admirado o seguido, sino de algo más profundo: incluso casi cien años después, sin haber buscado protagonismo alguno, su ejemplo continúa inspirando a personas de distintas generaciones.
No brilló por sí mismo, sino por algo más grande que él: Cristo, fundamento de su vida. Desde ahí encarnó un cristianismo vivido con coherencia, capaz de transformar el entorno y a quienes le rodeaban mediante decisiones concretas, enraizadas en la fe y en el amor.
Segundo de seis hermanos e hijo de Luis Alfredo Marvelli, director de un banco, Alberto creció bajo el ejemplo de un padre que vivió su cristianismo sin complejos y de una madre, María, procedente de una familia noble bávara que se convirtió en el apoyo de los niños de su parroquia. Después de varios traslados, la familia se instala en Rímini.
Tras la muerte fulminante de su progenitor cuando Alberto apenas contaba con quince años, el joven reafirmó su deseo de seguir una senda de integridad, recordando siempre la transparencia del alma de su padre como un modelo a seguir en los momentos de dificultad.
«Fue un cristiano en el pleno sentido de la palabra, sin medias tintas, sin respeto humano, sin ostentación, sincero, sonriente, siempre en gracia, sereno… Siguió siempre la voz sabia de la conciencia y no dudó en renunciar a los honores y a las riquezas cuando conseguirlos podía empañar la clara transparencia del alma», llegó a escribir su hijo.
Un ingeniero al servicio de todos
Su etapa escolar y universitaria reveló a un joven de inteligencia brillante y madurez precoz, dotado de un temperamento impulsivo que aprendió a dominar gracias a su madre. Su formación con los salesianos se tradujo en una intensa vida espiritual, marcada por la comunión diaria y una profunda devoción a la Eucaristía, que consideraba indispensable para su jornada.
Estudiante de Ingeniería Mecánica en la Universidad de Bolonia, participó activamente en la Federación Italiana de los Universitarios Católicos, donde coincidió con la visión evangelizadora de monseñor Giovanni Batista Montini, el futuro Pablo VI. Para Marvelli, la universidad no era un paréntesis en su fe, sino el escenario donde podía cumplir con lo que consideraba una obligación imperiosa: realizar apostolado en todo momento y lugar.
Alberto era un apasionado del deporte, especialmente del ciclismo
El deporte, y muy especialmente el ciclismo, fue para Marvelli no solo una pasión, sino una herramienta de formación del carácter y un medio para elevarse hacia Dios a través de la naturaleza. Pero además, Alberto dedicaba tiempo al silencio y a la lectura, buscando siempre dominar sus ímpetus de impaciencia.
Esta sólida formación humana y técnica dio sus frutos el 30 de junio de 1941, cuando obtuvo su título de ingeniero con una nota de 9 sobre 10, mientras trabajaba simultáneamente en la revisión de proyectos para FIAT en Turín. Fue esta preparación, técnica y espiritual, la que le permitió convertirse años después en el «ingeniero de las soluciones imposibles» entre los escombros de la guerra.
Contemplativo en la acción
La entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial puso a prueba la solidez de sus principios. Tras un breve paso por el ejército en Trieste, donde destacaba por su ayuda constante a los compañeros más débiles, Marvelli regresó a una Rímini devastada por los bombardeos de 1943 y 1944. Fue entonces cuando su figura cobró una dimensión heroica: entre los escombros, se dedicó a rescatar heridos, asistir a moribundos, y proporcionar refugio a quienes lo habían perdido todo.
Su cargo en un organismo de ingeniería civil alemana le permitía circular con cierta libertad, una ventaja que utilizó incluso para arriesgar su vida abriendo vagones sellados que se dirigían a los campos de concentración, logrando liberar a sus ocupantes. Empleó documentos falsificados y sellos oficiales para negociar liberaciones in extremis frente a las autoridades alemanas. Su audacia permitió salvar a grupos enteros de la deportación hacia el Norte.
En la posguerra, no rehuyó el compromiso público, integrándose en el Partido Demócrata Cristiano bajo la premisa de que la política es una forma de caridad social. Se le encomendó la dirección de los trabajos públicos, centrando sus esfuerzos en la reconstrucción física de la ciudad y en la urgente asignación de alojamientos para quienes lo habían perdido todo. Su capacidad de gestión y su disponibilidad absoluta le otorgaron una popularidad inmensa; se volvió común entre las administraciones locales decir que, ante problemas que parecían no tener salida, la solución siempre estaba en manos del ingeniero Marvelli.
Marinella, el amor no correspondido
Para Alberto, la pureza de corazón no era una meta inalcanzable ni un moralismo rígido, sino un estado accesible a través de la gracia y la voluntad, que le permitía relacionarse con los demás con una genuina libertad de espíritu. A pesar de sus dudas personales entre el matrimonio —marcado por un amor profundo pero no correspondido hacia una joven llamada Marinella— y el sacerdocio, su prioridad absoluta fue siempre la búsqueda de Dios en todas las circunstancias de su vida.
Durante años, el ingeniero mantuvo un afecto constante hacia ella, enviándole numerosas cartas que, en su mayoría, quedaron sin respuesta. Aunque la joven le apreciaba, nunca correspondió a sus pretensiones sentimentales. Alberto aceptó esta situación con un respeto absoluto por su libertad y con una madurez poco común, esforzándose por purificar sus propios sentimientos y evitar caer en un sentimentalismo exagerado.
Incluso pocos meses antes de su fallecimiento, en julio de 1946, Alberto envió una última misiva cargada de respeto y amor que tampoco fue contestada, confirmando un sacrificio afectivo que él integró como parte de su camino de perfección. Esta lucha por mantener la pureza no apagó su sensibilidad humana, sino que le permitió relacionarse con una sana libertad de espíritu y captar la verdadera esencia del amor.
«Por sus frutos los conoceréis»
A los 28 años, su vida se truncó abruptamente la noche del 5 de octubre de 1946, cuando fue atropellado por un camión militar mientras circulaba en su bicicleta por Rímini. Cayó inconsciente y falleció horas después, abrazado a su madre, que logró llegar a su lado en los últimos instantes. Un sacerdote le administró la extremaunción antes del desenlace.
Al día siguiente, su cuerpo fue expuesto en la iglesia de los salesianos. Durante horas, una multitud incesante —desde el antiguo alcalde socialista hasta políticos, administradores, amigos y los más pobres— acudió a despedirse. El funeral congregó a toda Rímini. El féretro, llevado a hombros por sus amigos desde la iglesia hasta el cementerio, avanzó acompañado por una procesión de casi tres kilómetros.
«Por sus frutos los conoceréis», dice el Evangelio de san Mateo, y así ocurrió en la vida de este joven audaz. Alberto Marvelli fue beatificado por Juan Pablo II en 2004, permaneciendo como un modelo de cómo el testimonio de vida y las obras realizadas con espíritu sobrenatural pueden iluminar los periodos más oscuros de la historia.