Cristo en el desierto, de Ivan Kramskoi
Tres libros para empezar con buen pie la Cuaresma (y no 'morir' en el desierto)
Desde la serenidad heroica de Tomás Moro en la penumbra de su celda hasta la ternura del abrazo de Rembrandt diseccionada por Nouwen, estas tres obras nos invitan a descubrir que la Cuaresma es la oportunidad para emprender, paso a paso, el viaje de vuelta a casa
La Cuaresma se nos presenta a menudo como un tiempo de renuncia y aridez, un desierto que a veces tememos cruzar por miedo a la soledad o al cansancio del alma. Sin embargo, este tiempo litúrgico es en esencia una oportunidad de oro para reordenar los afectos y volver la mirada a lo que verdaderamente sostiene nuestra existencia.
A través de la lectura espiritual, podemos encontrar ese «susurro ligero» que escuchó Elías y que nos permite reconocer la presencia de Dios en medio de nuestras batallas cotidianas. Los libros que proponemos no son manuales para 'sobrevivir' durante los próximos 40 días, sino una especie de 'mapas' que, sin hablar expresamente sobre este tiempo litúrgico, el ayuno o la abstinencia, ayudan a acompañar el silencio del corazón para que descubra una libertad interior que no depende de las circunstancias.
'La Agonía de Cristo', de Santo Tomás Moro
El que fuese Canciller de Inglaterra escribió esta obra mientras esperaba la muerte en la Torre de Londres, convirtiéndose en un testamento de fe asombroso. En sus páginas, el humanista inglés medita con una sencillez ascética sobre la tristeza, el miedo y la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní. Una invitación a no dormirnos mientras Cristo agoniza y una guía para aprender a rezar en la aflicción, recordándonos que Cristo se hizo débil para que nosotros, en nuestra fragilidad, podamos imitarle.
Moro insiste en que Cristo quiso experimentar tristeza y pavor para consolar a quienes se sienten frágiles ante las pruebas. De este modo, la debilidad se convierte en una pedagogía donde el modelo divino se ajusta a la realidad del hombre. El humanista describe un combate moral donde la razón debe sujetarse a la voluntad del Padre mediante la oración perseverante. Así, Moro propone un humanismo real que no ignora el dolor como un ingrediente necesario de la existencia.
'La felicidad donde no se espera', de Jacques Philippe
El autor espiritual de referencia mundial con más de 1 millón de libros vendidos, Jacques Philippe, nos ofrece en esta obra una sugerente reflexión sobre cada una de las Bienaventuranzas, presentándolas como la clave de toda fecundidad espiritual. El autor sostiene que el mundo actual, «enfermo de una avidez insaciable de riqueza y poder», solo puede sanar acogiendo este mensaje de humildad y paz.
Una obra que en Cuaresma nos puede ayudar a purificar el corazón, proponiendo una felicidad que no depende de las circunstancias externas y donde la lógica mundana solo percibe carencia o fracaso total. La pobreza de espíritu, la primera de las bienaventuranzas, es presentada por este monje francés como el fundamento de toda vida espiritual, el punto de partida de cualquier camino de santidad y la condición indispensable para un auténtico crecimiento interior. Es una invitación a convertirnos en «sal y luz» en un mundo que a menudo se vuelve tenebroso y falto de sabor.
'El regreso del hijo pródigo', de Henri Nouwen
A través de la contemplación del famoso cuadro de Rembrandt, Nouwen disecciona la parábola bíblica desde una perspectiva existencial y explora sus profundidades y nuestro propio anhelo de hogar El autor se identifica con el hijo menor, el mayor y, finalmente, con la llamada a ser el padre misericordioso.
El regreso del hijo pródigo, de Rembrandt
Es el libro perfecto para la Cuaresma porque describe el viaje espiritual de «volver a casa», reconociendo que Dios nos espera siempre con los brazos abiertos y nos enseña que la conversión es dejar de buscar amor en el éxito, la fama o el poder, corriendo hacia un «país lejano» que termina por dejarnos vacíos y aislados, para dejarnos abrazar por el amor incondicional del Padre.
La necesidad de conversión se presenta de dos formas distintas a través de los protagonistas de la parábola: el hijo menor necesita regresar de una vida de perdición visible, mientras que el hijo mayor debe convertirse de su ira fría y resentimiento. Para ambos, la conversión exige la voluntad de dejar a Dios ser Dios y permitirle realizar el trabajo de sanación y renovación total del alma.