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Un cartujo rezando frente a un crucifijo

Un cartujo rezando frente a un crucifijoCartuja de Porta Caeli

'La oración del corazón' o cómo aprender a ser niños ante Dios: el legado de un monje cartujo para hallar a Dios en la debilidad

Tras décadas de silencio en la clausura, las reflexiones de Dom André Poisson abren un camino de oración que huye de fórmulas y se abraza a la vulnerabilidad como lugar privilegiado de encuentro con Dios

No es habitual que el silencio de los muros de la Gran Cartuja se rompa para ofrecer un manual de 'instrucciones' espirituales. Dom André Poisson (1923-2005), quien ingresó en la Gran Cartuja con apenas 23 años y con solo 44 fue elegido Prior y Ministro General de la Orden –que pilotó durante treinta años– dejó escrita una «carta a un hermano» que es, en realidad, una propuesta para seguir una dirección: La oración del corazón, como se titula la obra.

El objetivo del libro, sin embargo, no es trazar «un marco rígido ni una estructura estable», ni siquiera alcanzar la «oración del corazón», como bien advierte su autor, pues esta es «una manera de ser, una manera de escuchar y de avanzar». Tras esa figura de autoridad y sabiduría que mantuvo la unidad de las cartujas del mundo, se escondía un hombre que se acurrucaba ante Dios como un niño. El libro no es un tratado teológico para expertos, sino el fruto donde Poisson vuelca el proceso de su propia búsqueda del Señor.

El punto de partida es radicalmente sencillo: la recuperación del término «Abba» (Padre). Para el monje, orar no es dirigirse al Dios de los filósofos ni de los teólogos, sino a un Padre con la certeza absoluta de ser amados, una convicción que no nace de ideas eruditas, sino de un don. Esta relación exige una «metanoia» diaria, es decir, un cambio de mentalidad: dejar de lado las proezas espirituales para «convertirse y hacerse como niños».

¿Cabeza o corazón?

Pero para alcanzar ese cambio hace una clara distinción entre la cabeza y el corazón. Poisson sostiene que el camino de Dios está cerrado a los «inteligentes» que solo saben pensar y calcular, porque el pensamiento a menudo se usa como un escudo para no comprometerse y mantener las distancias. «Para conocer realmente a Dios, tengo que renunciar a mis seguridades [...] tengo que reconocer que soy vulnerable», afirma.

En este sentido, el autor defiende que la verdadera oración requiere «ver con el corazón», aceptando sentimientos como la confianza, la alegría, el entusiasmo, pero también el miedo, a veces la angustia o incluso la cólera, porque eso es ser un «pequeño»: el que, espontáneamente, «se expresa y se deja llevar por el amor de la persona que tiene delante».

Así se llegará a ese nivel del corazón: aceptar que el Hijo me revele al Padre significa abrirme a esa revelación en el único ámbito en el que puedo acogerla verdaderamente: mi propia humanidad. Es en mi corazón, en lo más profundo de mí, donde existe una huella, una imagen de la relación íntima entre el Padre y el Hijo, y es ahí donde esa revelación puede ser comprendida y asumida.

Amar desde la indefensa

Lejos de eludir la realidad del pecado y de las heridas afectivas, el texto las replantea. Frente a la ascesis clásica de la voluntad, Poisson propone una purificación que consiste en llevar todas las «suciedades» directamente al encuentro con Jesús. La oración «Jesús, Hijo de Dios vivo, ten piedad de mí, pecador» no es una repetición vana, sino la toma de conciencia de un encuentro entre el Corazón purificador de Cristo y nuestro corazón contaminado. En este proceso, la debilidad deja de ser un 'fallo del sistema' para convertirse en la estructura fundamental de la vida divina: «Amar no es dominar, poseer, imponerse a quien se ama. Amar quiere decir que uno acoge indefenso al otro».

Sorprende también su insistencia en la importancia del cuerpo. Para Poisson, la oración no es un ejercicio puramente 'abstracto'. «No puedo orar sin orar en mi cuerpo», sentencia, recordando que el cuerpo es el lugar del encuentro con el «Abba» y que las limitaciones físicas —el cansancio, el hambre, la enfermedad o el sueño— forman «el tejido que establece una continuidad sin fisuras entre la más íntima realidad divina y lo más concreto de mi existencia cotidiana», constituyen verdaderamente «el punto de inserción del Amor de Dios en nuestra vida».

Por supuesto, tratándose de un cartujo, no falta en el libro un espacio para hablar de uno de los ejes más llamativos de la vida de esta orden contemplativa: el silencio. Advierte contra la «tentación del silencio» como una meta en sí misma o como una construcción de la propia voluntad. El silencio auténtico, para este maestro cartujo, es simplemente disponibilidad y escucha; es el estado de un corazón puro que ya no tiene disonancias con Dios. Es, en definitiva, la invitación a un descanso que solo se encuentra cuando se acepta que el Espíritu es quien ora en nosotros con gemidos inefables.

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