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El Papa León XIV en audiencia con Alberto II en el Palacio Principesco de Mónaco

El Papa León XIV en audiencia con Alberto II en el Palacio Principesco de MónacoAFP

En su primer discurso en Mónaco, León XIV señala «las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos»

El Santo Padre inicia su visita histórica al Principado reivindicando el papel de las naciones pequeñas frente a la «lógica de la fuerza» y pidiendo que la prosperidad económica se ponga al servicio del bien común

El Papa León XIV se ha convertido en el primer Sucesor del Apóstol Pedro de la era moderna en visitar oficialmente el Principado de Mónaco. Tras despegar a las 7:22 en helicóptero desde la Ciudad del Vaticano, el Pontífice llegó a suelo monegasco a las 9:00, donde fue recibido por Su Alteza el Príncipe Alberto II, acompañado por su esposa, la princesa Charlene de Mónaco.

León XIV desciende de su helicóptero al llegar a la pista del helipuerto de Mónaco

León XIV desciende de su helicóptero al llegar a la pista del helipuerto de MónacoAFP

Alrededor de las 9:30, el Papa se trasladó al Palacio del Príncipe, donde fue recibido nuevamente por el príncipe Alberto II y Charlene junto a sus dos hijos mellizos, el príncipe heredero Jacques y la princesa Gabriella, en el Patio de Honor. Tras la interpretación de los himnos nacionales y la revista a la Guardia de Honor, ambos mandatarios mantuvieron un encuentro privado antes de dirigirse a la población desde el balcón del palacio.

En su primer discurso oficial, pronunciado en francés ante las autoridades y un entusiasmado pueblo monegasco, el Santo Padre destacó el «vínculo profundo» que une a esta ciudad-estado con la Iglesia de Roma, subrayando la singularidad de un país que mantiene la fe católica como religión de Estado. León XIV definió a Mónaco como un «microcosmos» asomado al Mediterráneo cuya independencia debe ser una «vocación al encuentro y al cuidado de la amistad social», especialmente necesaria en un contexto global marcado por la «cerrazón y la autosuficiencia».

La hija y gemela de Jacques, Gabriella Grimaldi (delante a la izquierda), la princesa Charlene de Mónaco (segunda por la izquierda), el príncipe Alberto II de Mónaco y el príncipe Jacques de Mónaco (a la derecha)

La hija y gemela de Jacques, Gabriella Grimaldi (delante a la izquierda), la princesa Charlene de Mónaco, el príncipe Alberto II de Mónaco y el príncipe Jacques de Mónaco (a la derecha)AFP

La grandeza de la pequeñez

En un Estado caracterizado por su opulencia y su estatus financiero, el Papa ha recordado que la independencia de este territorio no es un fin en sí mismo, sino una «vocación al encuentro y al cuidado de la amistad social». El análisis del Pontífice ha contrapuesto el «don de la pequeñez» con la tentación de la autosuficiencia, señalando que, en el plano espiritual y bíblico, «los pequeños marcan la historia», instando a mantener viva la conciencia de que las auténticas espiritualidades se forjan desde la humildad y la confianza en la providencia de Dios.

Este enfoque supone un recordatorio de que la relevancia de una nación no reside en su capacidad económica, sino en su autoridad moral. El Papa ha sido explícito al afirmar que la herencia espiritual de Mónaco compromete su prosperidad «al servicio del derecho y de la justicia, especialmente en un momento histórico en el que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo».

Jóvenes y catecúmenos esperan la llegada del papa León XIV frente a la iglesia de Sainte-Devote en Montecarlo

Jóvenes y catecúmenos esperan la llegada de León XIV frente a la iglesia de Sainte-Devote en MontecarloAFP

Haciendo referencia a la prosperidad económica del Principado, el Pontífice utilizó la parábola de los talentos para recordar que «a los ojos de Dios, nada se recibe en vano». Advirtió que los bienes confiados no deben enterrarse, sino multiplicarse en el horizonte del Reino de Dios, el cual «sacude las configuraciones injustas del poder» y «las estructuras de pecado que crean abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados». Según el Papa, cada oportunidad depositada en manos de los ciudadanos tiene un «destino universal» y la exigencia intrínseca de ser redistribuida para mejorar la vida de todos.

Una misión especial para el Estado Católico

León XIV también encomendó al Principado una misión intelectual y práctica: profundizar en la Doctrina Social de la Iglesia para elaborar «buenas prácticas» que manifiesten su fuerza transformadora en un mundo secularizado. En este sentido, el modo de abordar los problemas típicos del Magisterio social «puede revelar a nuestro tiempo —un tiempo en el cual a muchas personas les resulta difícil esperar— la gran luz que viene del Evangelio».

El Santo Padre recordó que la fe católica «nos sitúa ante la soberanía de Jesús», una afirmación que compromete a los cristianos a vivir en el mundo como un reino de hermanos. Defendió además la presencia cristiana como una realidad que «no aplasta, sino que libera; que no separa, sino que une», cerrando su primer discurso citando a san Pablo VI, animando a los presentes a ser «expertos en las cosas nuevas».

«Es el pensamiento el que guía la vida; y si el pensamiento refleja la verdad —la verdad sobre el hombre, sobre el mundo, sobre la historia—, entonces el camino se puede continuar de manera directa y ágil», recordó, antes de invocar a la Virgen María como Trono de la Sabiduría y pedir que la paz reine en el Principado. Tras este acto, el Pontífice se trasladó a la Catedral de la Inmaculada Concepción para proseguir su agenda con la comunidad católica local.

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