León XIV saluda desde el papamóvil a su llegada para oficiar la Santa Misa en la Plaza de Cibeles
El Papa reivindica las raíces religiosas de España y advierte en la fiesta del Corpus de la tentación de alimentarse «de un pan que no sacia»
Pidió que la rica tradición religiosa del país no se convierta en «un museo del pasado que visitar», sino en una «escuela de fe de la que beber también hoy»
La capital de España ha vivido este domingo una de las concentraciones más masivas de su historia reciente. Con motivo de la Solemnidad del Corpus Christi, el Papa ha presidido una misa estacional en la Plaza de Cibeles ante una multitud de 1.200.000 personas. La afluencia fue de tal magnitud que los accesos tuvieron que cerrarse por completo al alcanzarse el límite de aforo, dejando incluso las zonas habilitadas con pantallas auxiliares totalmente saturadas. Desde los balcones y terrazas de los edificios aledaños, repletos de asistentes, pudo apreciarse la magnitud de un inmenso despliegue organizativo.
La celebración contó con la participación de 1.500 concelebrantes y el servicio de 2.300 ministros extraordinarios de la Eucaristía para facilitar la comunión entre la marea humana que se extendía por el Paseo del Prado y la calle Alcalá. La parte musical estuvo a cargo de un ensamble de 400 músicos, mientras que el entorno fue decorado con 500 metros de alfombras florales, para las que se emplearon 30.000 claveles y un equipo de 200 personas para el montaje.
La Eucaristía como respuesta a la historia
En su homilía, el Santo Padre subrayó que la presencia de Cristo en la Eucaristía no es un concepto abstracto, sino el «don de la presencia viva de Cristo en medio de nosotros». Dirigiéndose a los fieles, recordó que esta festividad está en el corazón de la fe y la historia del pueblo español, advirtiendo que el Corpus Christi no debe ser visto como «una fiesta más del calendario litúrgico», sino como un retorno a las raíces para renovar la fidelidad a Dios.
El Pontífice hizo especial hincapié en el valor de las manifestaciones externas, como las procesiones y las alfombras florales, aclarando que no se trata de «supervivencia folclórica» o «simple adorno estético». Como definió el Papa, estas expresiones manifiestan la fe en un «Señor Resucitado que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros», visitando los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, «también los más oscuros».
Una Iglesia que sale al encuentro
La homilía puso especial énfasis en la proyección pública de la fe, vinculando la liturgia con la realidad social. El Papa explicó que, mientras la celebración eucarística es el momento de la entrega de Cristo como alimento, la procesión simboliza que Jesús «no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro».
Al recorrer las calles y plazas, Cristo se identifica, según el Santo Padre, con los más vulnerables: «los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados». En este sentido, recordó la vinculación histórica en España entre el Corpus Christi y el Día de la Caridad, instando a los presentes a dejarse sacar del egoísmo y la indiferencia.
Un mensaje sobre el futuro de la fe en el país
Pero donde quizá los fieles españoles se hayan sentido más interpelados ha sido cuando el Papa lanzó un mensaje sobre el futuro de la fe en España. Pidió que la rica tradición religiosa del país no se convierta en «un museo del pasado que visitar», sino en una «escuela de fe de la que beber también hoy». Esta escuela, detalló, debe enseñar a la sociedad a arrodillarse tanto ante Dios como ante el prójimo, subrayando que es imposible adorar al Señor y, al mismo tiempo, despreciar al hermano.
Para lograrlo, el Pontífice instó a los presentes a «recordar» su historia para no olvidar quién es el verdadero Señor, evitando así la tentación de confiar en «otros ídolos» o de engañarse alimentándose de un pan «que en realidad no sacia».
El Pontífice también apeló a la responsabilidad civil de los creyentes, señalando que la fe exige estar presentes en los desafíos de la sociedad actual, sin huir de ellos, y comprometiéndose personalmente en la «construcción del bien común».
Dos grandes santos españoles
Hacia el final de sus palabras, el Papa citó a dos figuras clave de la espiritualidad española. Mencionó a san Manuel González, mártir de la Guerra Civil y conocido como el «obispo de los sagrarios abandonados», como ejemplo de fidelidad. Asimismo, recordó los versos de san Juan de la Cruz escritos en la prisión de Toledo: «Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche». Con esta referencia, el Santo Padre quiso ilustrar cómo la Eucaristía es una «fuente escondida» que ofrece luz y vida incluso en los momentos de mayor oscuridad.
El Papa instó a los asistentes a no quedarse en una «devoción privada», sino a salir a «regar» con amor y justicia a las familias, a los pobres y a quienes han perdido la esperanza. «Que el Señor os haga pan partido, entregado y ofrecido», concluyó, pidiendo que esa entrega se traduzca en una vida plena para las familias y para todo el país.