El Papa Francisco, con el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Bartolomé, durante la visita del Pontífice a Bari en 2018
Cristianos, católicos, ortodoxos y protestantes: ¿qué nos une y qué nos separa?
El cristianismo no es una amalgama de religiones distintas, sino una sola fe en Cristo que, por diversas vicisitudes históricas y teológicas, se manifiesta hoy en diversas comuniones
En el 'mapa religioso' del siglo XXI, es común que el lector se pregunte por las fronteras que delimitan las distintas familias cristianas. A menudo se confunden términos o se simplifican realidades milenarias. Para entenderlo, debemos partir de una premisa fundamental: el cristianismo no es una amalgama de religiones distintas, sino una sola fe en Cristo que, por diversas vicisitudes históricas y teológicas, se manifiesta hoy en diversas comuniones.
'Unitatis redintegratio'
Con cerca de 2.400 millones de fieles, el cristianismo es la religión más extendida del mundo y representa aproximadamente el 30 % de la población mundial. Supera en número de creyentes al islam y al hinduismo. Sin embargo, bajo el nombre de «cristianismo» conviven diversas confesiones que, aunque comparten la fe en Jesucristo y tienen un origen común en la predicación de los apóstoles, no forman hoy una única comunión eclesial.
La base común: ¿Qué significa ser cristiano?
El término «cristiano» es el género común. Según los documentos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica, se honran con este nombre todos aquellos que, justificados por la fe en el Bautismo, se han incorporado a Cristo. La Iglesia reconoce como hermanos a todos los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador. Por tanto, un católico, un ortodoxo y un protestante son, ante todo, cristianos.
La Iglesia Católica: la plenitud de los medios de salvación
La Iglesia Católica no es simplemente una «rama» más, sino el lugar donde «subsiste» la única Iglesia de Cristo. Esta Iglesia, definida como una, santa, católica y apostólica, es gobernada por el sucesor de Pedro (el Papa) y por los obispos en comunión con él.
Estar plenamente incorporado a ella implica tres vínculos visibles: la profesión de la misma fe recibida de los Apóstoles, la celebración común del culto divino (especialmente los sacramentos) y la sucesión apostólica a través del sacramento del Orden. En la Iglesia Católica se encuentra la plenitud total de los medios de salvación.
Concilio Vaticano II
Ortodoxos: las «Iglesias hermanas» de Oriente
La relación con las Iglesias ortodoxas es de una profundidad singular. El Magisterio las denomina con frecuencia «Iglesias hermanas». ¿Qué las diferencia del catolicismo? Principalmente, que no reconocen la autoridad jurisdiccional universal del Papa, aunque la Iglesia católica reconoce la validez de sus sacramentos y de su ministerio ordenado.
La Iglesia ortodoxa nace de la gran ruptura de 1054, el Cisma de Oriente y Occidente, motivada por tensiones políticas y disputas teológicas como el Filioque, cláusula agregada al Credo Niceno-Constantinopolitano por la Iglesia Occidental que afirma que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Estas «Iglesias hermanas», hoy articuladas en comunidades nacionales autónomas, remontan sus orígenes a las antiguas sedes apostólicas de Oriente y conservan la sucesión apostólica y una estructura eclesial plenamente válida.
Como los católicos, creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y en los sacramentos de la Iglesia católica. Comparten la devoción a María como Madre de Dios, por más que no acepten «oficialmente» el dogma de la Inmaculada Concepción, y mantienen una concepción del sacerdocio muy semejante, permitiendo la ordenación de hombres casados al presbiterado (como algunas confesiones católicas) según su antigua disciplina, aunque los obispos son elegidos entre los célibes.
Como afirmaba Pablo VI, con las Iglesias ortodoxas esta comunión es tan profunda «que le falta muy poco para que alcance la plenitud que haría posible una celebración común de la Eucaristía del Señor». De hecho, san Juan Pablo II afirmó que la Iglesia debe volver a respirar con sus «dos pulmones», Oriente y Occidente, lo que implica que el patrimonio espiritual, litúrgico y teológico de Oriente y Occidente no se opone, sino que se complementa para expresar la plena catolicidad de la Iglesia.
La fractura protestante
En Occidente, las comunidades surgidas de la llamada 'Reforma' del siglo XVI presentan diferencias más marcadas respecto a la estructura eclesiástica y los sacramentos. Esta fractura se inició en 1517 con Martín Lutero, quien formuló los principios de la sola fide (justificación por la sola fe) y la sola Scriptura, sosteniendo que la Sagrada Escritura es la única regla suprema de la fe y rechazando el papel de la Tradición y del Magisterio como fuentes vinculantes de la Revelación. Mientras el luteranismo introdujo estas novedades doctrinales, el calvinismo las desarrolló con mayor radicalidad al enfatizar la doctrina de la predestinación y entender la presencia de Cristo en la Cena del Señor de un modo distinto al de la doctrina católica sobre la Eucaristía.
Por su parte, el anglicanismo surgió en 1534 por decisión de Enrique VIII, tras la ruptura con Roma que dio origen a la Iglesia de Inglaterra. Aunque conserva una liturgia y una estructura episcopal con numerosos elementos de tradición católica, dentro de la Comunión Anglicana coexisten posturas muy diversas sobre los sacramentos y la Eucaristía. El Bautismo constituye, en cualquier caso, el principal punto de unión, pues la Iglesia católica reconoce su validez cuando se administra con la materia y la fórmula trinitaria adecuadas. En las últimas décadas, la ordenación de mujeres y la bendición o celebración de 'matrimonios' entre personas del mismo sexo en algunas provincias anglicanas han provocado profundas tensiones y divisiones internas.
Finalmente, las confesiones evangélicas y pentecostales, cuyo crecimiento ha sido especialmente notable desde el siglo XX, ponen el acento en la conversión personal, la predicación y el estudio de la Sagrada Escritura. Sin embargo, el Magisterio señala una diferencia fundamental: estas comunidades carecen, en general, del sacramento del Orden en el sentido en que lo entiende la Iglesia católica y, por ello, no han conservado la sustancia íntegra del misterio eucarístico. En muchas de ellas tampoco existe el sacramento de la Reconciliación ni un sacerdocio ministerial. A pesar de estas diferencias, la Iglesia reconoce con gratitud los elementos de santificación y verdad presentes en estas comunidades, su sincero amor por Cristo y por la Sagrada Escritura, así como los frutos de fe y caridad que el Espíritu Santo suscita en muchos de sus fieles.
Hacia la unidad
La división entre cristianos es calificada por el Concilio como una «piedra de escándalo» y un obstáculo para la difusión del Evangelio. Por ello, desde san Juan Pablo II se ha insistido en que el ecumenismo no es un «añadido» a la vida de la Iglesia, sino una prioridad absoluta.
El camino actual busca lo que se llama «ecumenismo espiritual»: la conversión del corazón y la oración común. Como recordaba Juan Pablo II, citando a Juan XXIII, es mucho más fuerte lo que nos une que lo que nos divide. El objetivo final es alcanzar la plena unidad visible en una sola Eucaristía, respetando la legítima diversidad de tradiciones que enriquecen la catolicidad. Aunque existan heridas históricas y diferencias doctrinales sólidas, la mirada de la Iglesia es la de trabajar para que algún día se cumpla la oración de Cristo: «Que todos sean uno».