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También Clara, una joven de Asís, de familia noble, se unió a la escuela de Francisco. Así nació la Segunda Orden franciscana, la de las clarisas

El 'escándalo' de no poseer nada: las 5 claves de Santa Clara de Asís para vivir sin miedo al futuro

¿Es posible mantener la alegría cuando todo a nuestro alrededor parece desmoronarse? La respuesta de Santa Clara, cuya festividad se celebra hoy, es un rotundo «sí» basado en la esperanza franciscana, esa que no exige ni reivindica, sino que simplemente confía

En la oscuridad de una noche de primavera en Asís, una joven de dieciocho años cruzó el umbral de su palacio para no volver jamás. No huía por un impulso adolescente, sino para cambiar las «luces artificiales» de su alcurnia por la luz de una fe que hace que la noche sea clara como el día. Quizá por eso su nombre le haga justicia. Santa Clara (1194-1253) no buscaba una rebelión antisistema, sino una vida clara, una libertad clara: la del «sin propio». Su legado, desgranado en una homilía de monseñor González Chaves, nos invita a redescubrir la pobreza no como carencia, sino como el máximo privilegio de quien ha decidido comer, cada día, de la mano de Dios.

La dignidad de la «Dama Pobre» frente al tópico

San Francisco, lejos de la imagen distorsionada de «hippie» o anarquista, era un caballero elegante que depositó en Clara una confianza inédita en la historia de la Iglesia. Él no las llamó «clarisas», sino «Damas Pobres», reconociendo en ellas a las esposas del Rey, señoras que no necesitaban el boato o las rimbombantes cogullas de otras órdenes para manifestar su nobleza espiritual. Esta nueva fraternidad nacía de una valoración profunda de las potencialidades de la mujer, alguien que, sin ser «nada» a los ojos del mundo, iniciaría una familia que se ramificaría por toda Europa.

Clara no fundó su orden bajo una estructura jurídica tradicional, sino que optó por la gallardía de ser verdaderamente una «Dama Pobre», cimentando su regla en un plus de exigencia penitencial y una separación radical del ruido exterior para vivir únicamente de la Providencia. Su identidad no residía en un nombre o un prestigio social, sino en la valentía de caminar hacia la «nada» humana, despojándose de apellidos y posesiones para revestirse de una luz que hace que la noche sea clara como el día. Ser una «Dama Pobre» implicaba, por tanto, una gallardía que solo se entiende desde el vasallaje al único Señor.

El «sine proprio»: el rechazo a los anclajes de seguridad

La pobreza franciscana que abrazó Clara va mucho más allá de no poseer bienes materiales; se define por el concepto del sine proprio o vivir «sin propio». No se trata solo de usar un hábito de limosna, sino de renunciar a anclarse en cualquier seguridad de futuro, de comunidad, de oficio o incluso afectiva. Clara buscaba la inseguridad y la incertidumbre de San Damián, donde todo estaba por hacer, para poder imitar con total fidelidad al Crucificado pobre.

Este despojo radical llevó a Clara a solicitar un «privilegio de la pobreza» que resultaba casi escandaloso para la época: el derecho canónico a no tener rentas ni posesiones estables. Mientras otros monasterios buscaban la tranquilidad de una organización segura, Clara corría «ligera de equipaje», convencida de que quien alimenta a los pájaros del cielo no permitiría que a sus hijas les faltase el alimento. Su vida era una peregrinación nómada dentro de la clausura, sin ciudad permanente aquí abajo.

El secreto de la esperanza: comer de la mano de Dios

Como bien señala la literatura espiritual, los pobres poseen el secreto de la esperanza porque, a diferencia del resto de los hombres que exigen y reivindican, ellos esperan. Santa Clara encarna esa «pequeña niña» de la que hablaba Péguy: la esperanza que guía a la fe y a la caridad. Al salir de su casa hacia la Porciúncula, Clara cambió las luces artificiales por la luz de la fe, caminando por cañadas oscuras sin miedo al mañana porque su suerte estaba en manos de Dios.

Esta confianza inquebrantable la hacía vivir la experiencia de los lirios del campo. Para Clara, la mano de Dios no es «abreviada», sino que convierte todo en delicioso, permitiéndole caminar en la noche como Abraham, creyendo contra toda esperanza. En un mundo de desesperados, la santa de Asís demuestra que solo los pobres esperan de verdad, porque han renunciado a sus propios recursos para contar únicamente con el auxilio del Señor.

El espejo de Cristo: un amor despojado de esplendor

La mística de Clara se resume en la invitación a mirarse en un espejo muy concreto: el rostro de Cristo, el «Amor pobre». Ella exhortaba a sus hermanas a contemplar a su Esposo, el más hermoso de los hombres, que por nuestra salvación se hizo el más despreciado, colgado de una cruz. Esta imitación del despojo de Cristo no era una teoría, sino una vivencia cotidiana en un siglo XIII sin seguridad social ni médicos, donde la supervivencia dependía directamente de la Providencia.

Clara aprendió que, si uno muere con Él en la cruz de la tribulación, poseerá con Él las mansiones eternas. Su mirada estaba tan fija en la «secreta dulzura» que Dios reserva a los que le aman, que cualquier forma de prestigio o afán de poseer le resultaba un obstáculo para la felicidad. En la pequeñez y en el ser las «últimas», Clara encontraba la verdadera libertad para adherirse a Cristo pobre, un negocio que consideraba grande y laudable.

«Esperar por todos»: la misión actual de las hijas de Clara

Si Santa Clara viviese hoy, no perdería el tiempo en recriminar el pasado o en nutrir aprensiones por el futuro; estaría «demasiado ocupada en amar a Cristo», como afirma González Chaves. Su vocación, heredada por las clarisas actuales, es la de mantener viva la esperanza en el corazón de una Iglesia y un mundo que se estremecen de desesperación. Se trata de «esperar por todos», especialmente por aquellos que hoy saborean la angustia del desierto y necesitan que alguien les devuelva el «verde» a su esperanza.

Quizás la gran tentación de hoy sea creer que la presencia de Dios depende del éxito estadístico, olvidando que la falta de vocaciones, la enfermedad o cualquier otra dificultad no nos sacan de la seguridad de Sus manos. Sin embargo, el espíritu de Clara exige un «salto en el vacío» y un abandono sin límites a los designios misteriosos de Dios. Porque solo cuando se tiene un corazón de pobre, anclado únicamente en el Señor, se puede sostener la esperanza universal y caminar, gozosa y alegre, por el camino de la felicidad.