Fundado en 1910
San Agustín, autor de 'La ciudad de Dios'

San Agustín, autor de 'La ciudad de Dios'

El contemporáneo de hace dieciséis siglos: claves de san Agustín para el hombre de hoy a través de Benedicto XVI

Hoy, 28 de agosto, la Iglesia celebra a san Agustín de Hipona, uno de los grandes Padres de la Iglesia y una figura decisiva para la historia del cristianismo. Dieciséis siglos después, sus preguntas, sus búsquedas y sus palabras siguen teniendo algo de sorprendente actualidad: Agustín continúa hablándonos como un «amigo y contemporáneo»

Hoy, 28 de agosto, la Iglesia celebra la solemnidad de san Agustín de Hipona, el Padre de la Iglesia latina más importante de la historia. Pero lejos de ser una figura del pasado atrapada en bibliotecas polvorientas, el santo norteafricano sigue hablándonos hoy como un «amigo y contemporáneo». Así lo presentó Benedicto XVI en un célebre ciclo de cinco catequesis pronunciadas entre enero y febrero de 2008, donde desgranó un itinerario vital y espiritual marcado por la pasión, la inquietud del corazón y la búsqueda incansable de la Verdad. Sus intuiciones, que sentaron las bases de la cultura occidental, resultan de una asombrosa modernidad para un siglo XXI sediento de autenticidad.

La búsqueda radical de la verdad: un corazón que no se conforma

La vida de san Agustín (354-430) es, ante todo, la historia de un buscador apasionado. Nacido en Tagaste (en la actual Argelia), de padre pagano y madre cristiana, su agudísima inteligencia le llevó a destacar rápidamente en los estudios de retórica. Sin embargo, su adolescencia estuvo marcada por un alejamiento progresivo de la fe católica recibida de su madre, santa Mónica, al no encontrar en ella la racionalidad que su espíritu exigía.

Su despertar intelectual comenzó a los diecinueve años tras leer el Hortensius de Cicerón, una obra hoy perdida que encendió en él un amor ferviente por la sabiduría. «Con increíble ardor de corazón deseaba la inmortalidad de la sabiduría», escribiría más tarde en sus Confesiones. Sin embargo, al constatar que en el texto ciceroniano faltaba el nombre de Jesucristo —figura que amaba desde niño—, decidió acercarse a las Sagradas Escrituras. Aquel primer intento fue una decepción: la traducción latina le pareció tosca y deficiente, carente de la altura filosófica que buscaba.

En su afán por encontrar una síntesis entre razón, ciencia y amor a Cristo, cayó en las redes de la secta de los maniqueos. Estos le prometían una religión puramente racional y una explicación dualista del bien y del mal que resultaba sumamente atractiva para un joven intelectual. No obstante, tras años de adhesión, los maniqueos se mostraron incapaces de resolver sus dudas filosóficas. Agustín no buscaba una hipótesis cosmológica cómoda, sino al «Dios vivo». Esta insatisfacción radical lo llevó a mudarse a Roma y luego a Milán, donde el encuentro con el obispo san Ambrosio cambiaría su vida para siempre.

El abrazo entre Fe y Razón: «Cree para comprender, comprende para creer»

En Milán, Agustín acudió inicialmente a escuchar a san Ambrosio movido por el interés retórico. Sin embargo, la predicación del obispo milanés caló hondo en su alma. A través de la interpretación tipológica y alegórica del Antiguo Testamento, Ambrosio resolvió las dificultades intelectuales que a Agustín le parecían insalvables, mostrándole que toda la Escritura converge en Jesucristo. Comprendió así la armonía perfecta entre la filosofía neoplatónica, la racionalidad y la fe en el Logos, el Verbo encarnado.

Para Benedicto XVI, el itinerario de Agustín demuestra que fe y razón no son opuestas ni deben separarse, sino que son «las dos fuerzas que nos llevan a conocer». Agustín sintetizó esta relación en dos fórmulas inseparables: «Crede ut intelligas» (cree para comprender): la fe abre la puerta para entrar en el camino de la verdad. Por otra parte, «Intellige ut credas» (comprende para creer): es necesario escrutar la verdad de manera racional para encontrar verdaderamente a Dios y profundizar en la fe.

La lejanía de Dios, explica el santo de Hipona, es en realidad la lejanía de uno mismo. «Tú estabas más dentro de mí que lo más íntimo de mí», confiesa en un célebre pasaje (interior intimo meo). El ser humano es un «un gran enigma» (magna quaestio) y «un gran abismo» (grande profundum) que solo Cristo puede iluminar y colmar. Quien está lejos de Dios se encuentra alienado de su propio ser; solo al encontrar a Dios, el hombre se encuentra verdaderamente a sí mismo y halla su verdadera identidad.

La conversión como un camino de toda la vida: las tres etapas de Agustín

Uno de los aportes más sugerentes de Benedicto XVI en sus catequesis fue presentar la conversión de san Agustín no como un relámpago místico y aislado, sino como un camino continuo y humilde que se prolongó hasta su último suspiro. En este itinerario se pueden distinguir tres grandes conversiones:

1. La conversión de la mente y del corazón (Milán, 386): El momento culminante de su búsqueda de la verdad. En un jardín de Milán, sumido en un mar de dudas, escuchó la voz de un niño que cantaba: «tolle, lege; tolle, lege» (toma, lee; toma, lee). Al abrir al azar las cartas de san Pablo, leyó la exhortación a abandonar las obras de la carne y a revestirse de Cristo. En ese instante, las tinieblas se disiparon y se sintió libre para entregarse a Dios. Fue bautizado por san Ambrosio en la Vigilia Pascual del año 387.

2. La conversión de la acción y del servicio (Hipona, 391): Tras su bautismo, Agustín regresó a África con el sueño de fundar un pequeño monasterio para dedicarse por entero a la contemplación y al estudio junto a sus amigos. Sin embargo, en el año 391, durante una visita a Hipona, los fieles lo reconocieron y, contra su voluntad, fue ordenado sacerdote. Agustín tuvo que renunciar a su anhelada soledad para poner su brillante inteligencia al servicio de la gente sencilla. Comprendió que solo se puede vivir verdaderamente «con Cristo y por Cristo» si se vive para los demás.

3. La conversión de la humildad diaria (Los últimos años): Al inicio de su ministerio, Agustín creía que el bautismo otorgaba al cristiano la capacidad de vivir plenamente la perfección del Sermón de la Montaña. Al final de su vida, comprendió que solo Cristo realiza de manera perfecta ese ideal. Nosotros, incluidos los apóstoles, somos pecadores en camino que necesitamos ser lavados y perdonados por el Señor cada día. Esta profunda humildad teológica e intelectual lo llevó a redactar sus Retractationes («Revisiones»), un examen autocrítico sin parangón en la historia del pensamiento.

Mónica: el incansable amor que sostuvo el milagro

Es imposible entender la figura de san Agustín sin la de su madre, santa Mónica. Ella no solo le transmitió la fe católica en su infancia, sino que lloró y rezó incansablemente durante años por la conversión de su hijo, acompañándolo en sus viajes por Cartago, Roma y Milán.

La unión espiritual entre ambos alcanzó su cumbre tras el bautismo de Agustín. En Ostia, mientras esperaban el barco de regreso a África, compartieron un profundo coloquio espiritual sobre la vida eterna. Pocos días después, Mónica enfermó repentinamente y falleció, dejando un dolor inmenso en el corazón de su hijo, quien siempre reconoció que su conversión fue el fruto de las lágrimas y oraciones de su madre.

El obispo pastor: la teología traducida para los sencillos

Consagrado obispo de Hipona en el año 395, Agustín ejerció un incansable ministerio pastoral durante más de treinta y cinco años. Aunque su deseo inicial era el retiro intelectual, asumió la predicación semanal, la atención a pobres y huérfanos, y la defensa de la fe frente a las herejías de su tiempo, como el donatismo, el maniqueísmo y el pelagianismo.

«Predicar continuamente, discutir, reprender, edificar, estar a disposición de todos, es una gran carga, un gran peso y una enorme fatiga», confesaba en uno de sus sermones. Sin embargo, cargó con ese peso con alegría. Su amor por los sencillos era tal que, para combatir el cisma donatista —que amenazaba la unidad de la Iglesia en África—, llegó a escribir canciones populares en un latín simplificado y con errores gramaticales voluntarios (Psalmus contra partem Donati), con el único fin de que el pueblo llano pudiera comprender la importancia de la unidad. Para Agustín, la caridad pastoral y la divulgación de la fe eran siempre prioritarias frente al refinamiento académico.

Un legado que fundó la cultura occidental

Benedicto XVI recordó que de la obra de san Agustín parten las principales corrientes del cristianismo y de la cultura europea posterior. El pensamiento antiguo confluye en su pluma y se proyecta hacia la modernidad. Entre sus más de mil obras catalogadas por su biógrafo Posidio, destacan tres cumbres universales:

Las Confesiones: Redactadas entre los años 397 y 400, son una autobiografía espiritual en forma de diálogo con Dios. La palabra «confesión» adquiere aquí un doble sentido: la humilde admisión de los propios pecados y la alabanza agradecida a la misericordia divina. Es la obra precursora de la psicología y del análisis de la interioridad en Occidente.

La Ciudad de Dios (De civitate Dei): Escrita entre 413 y 426 en respuesta al saqueo de Roma por los godos de Alarico. Agustín responde a las acusaciones de los paganos y ofrece una teología cristiana de la historia gobernada por la Providencia. En ella define la auténtica laicidad del Estado y explica la historia de la humanidad como la tensión constante entre dos amores: el amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios, y el amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo.

La Trinidad (De Trinitate): Quince libros en los que el santo medita sobre el rostro de Dios, presentando el misterio trinitario no como una abstracción matemática, sino como un dinámico «círculo de amor».

Morir en la brecha: un corazón inquieto que descansa en Dios

En mayo del año 430, las tribus bárbaras de los vándalos asediaron Hipona. En medio del dolor de ver su mundo derrumbarse, la violencia de la guerra y la dispersión de su clero, un anciano y cansado Agustín permaneció con su pueblo. Confortaba a los refugiados recordándoles que, aunque el mundo envejezca y sufra achaques, «Cristo es siempre joven».

En el tercer mes del asedio, el santo cayó enfermo con fiebres altas. Para prepararse a bien morir, pidió que le transcribieran en letras grandes los salmos penitenciales y los colgaran en las paredes de su habitación, para poder leerlos y llorar con arrepentimiento en el silencio de su recogimiento. El 28 de agosto del año 430, san Agustín falleció. No dejó testamento porque no poseía nada, pero recomendó encarecidamente custodiar la biblioteca de la iglesia para las generaciones futuras.

Hoy, sus restos descansan en Pavía. Desde allí, su figura sigue iluminando al mundo contemporáneo. Benedicto XVI confesó que sus dos primeras encíclicas, Deus caritas est (sobre el amor) y Spe salvi (sobre la esperanza), se inspiraron profundamente en el pensamiento de este gran enamorado de Dios. Al celebrar su fiesta, san Agustín nos recuerda que la respuesta a las crisis existenciales de nuestra época no reside en las distracciones externas, sino en el viaje hacia nuestro propio interior, donde nos aguarda Aquel para quien fuimos creados: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas