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Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars

Santa Teresa de Jesús Jornet e IbarsArchidiócesis de Burgos

Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza y el mundo a los pies: las tres claves de la santa catalana Teresa de Jesús Jornet

A partir de la fiesta que se celebra hoy de la patrona de la ancianidad, desgranamos el vigoroso legado espiritual de la fundadora española a partir de las reflexiones teológicas de monseñor Alberto José González Chaves

la mirada de la Iglesia en España se dirige hacia la festividad que se celebra hoy: el nacimiento para el cielo de Santa Teresa de Jesús Jornet. La figura de la fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados sigue brillando hoy con una luz nítida y ejemplar. Monseñor Alberto José González Chaves ha desgranado el perfil de esta santa catalana que, armada con un enorme sentido práctico y una infatigable capacidad emprendedora, no se amilanó ante la monumental tarea de levantar más de cien fundaciones por toda España e incluso en ultramar.

Lo hizo en unos años del siglo XIX sumamente difíciles en lo político y disponiendo de escasísimos medios. Su vida, consumida por entero en tan solo 54 años, ofrece la hermosa paradoja de quien se convirtió en la gran patrona de la ancianidad gastando su propia juventud en favor de los mayores.

La andadura entera de Teresa Jornet estuvo regida por una divisa brevísima y concreta, una verdadera 'carta de navegación' que, enemiga de palabrerías inútiles, solía dictar a sus secretarias desde su lecho de dolor: «Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza y el mundo a los pies». Esta triple receta sintetiza una santidad heroica, cotidiana y sumamente necesaria para el hombre contemporáneo.

1. Dios en el corazón: el motor de la caridad constante

Para Teresa de Jesús Jornet, tener a Dios en el corazón no era una declaración romántica, sino un amor constante y profundo capaz de convertir las residencias de ancianos en verdaderos hogares de paz. Esta dinámica de amor tierno y concreto —que no lleva cuentas del mal, que no es egoísta y que sonríe siempre— fue la llama que ella tomó del corazón divino de Jesús a través del sacerdote don Saturnino López Novoa.

Al igual que el leproso del Evangelio, que se postró con total confianza de niño ante el Señor pidiendo ser limpiado, la santa catalana supo descubrir en la España de su tiempo la 'lepra' de la soledad, el abandono y la angustia de los ancianos. Su respuesta fue de un conmovedor sentido práctico: recogió a cuantos ancianos desamparados encontró, los llevó tras de sí y los puso a los pies de Cristo. Así, a través de la caricia de cada hermanita, el mismo Dios sonríe y abraza al anciano en su soledad. Ante las lógicas dificultades y desengaños de las relaciones humanas, la santa exhortaba a sus hijas a que todo las llevase a Dios, el único en quien nunca hay desengaño.

2. La eternidad en la cabeza: bajo el espejo de lo eterno

La santa poseía, en el mejor sentido de la expresión, una cabeza «bien amueblada» y con una jerarquía de valores nítida donde el número uno siempre precedía al dos. González Chaves subraya la importancia de que el creyente viva, al modo de los antiguos, sub specie aeternitatis (bajo el espejo de la eternidad). Cuando la mente se sitúa en esta perspectiva, el sufrimiento se relativiza y las necedades o preocupaciones egoístas que a menudo fatigan nuestra psicología pierden su peso de tiranía.

Haciendo eco de su patrona, Santa Teresa de Ávila, Jornet recordaba que esta vida terrena es apenas «una noche en una mala posada» y que la salvación del alma es el único negocio verdaderamente importante de la existencia. De ahí nace su concepción del tiempo: si para el mundo de los negocios «el tiempo es oro», para el cristiano «el tiempo es gloria». La vida es breve y urge aprovechar el tiempo cumpliendo con fidelidad las obligaciones diarias y evitando hasta el menor pecado. Para mantener limpia la morada del alma, la necesidad de la confesión frecuente es un «abrazo de misericordia» infinitamente más sanador y fecundo que cualquier consulta psicológica.

3. El mundo a los pies: la soberana libertad del espíritu

Tener el mundo a los pies significa, en la doctrina de la santa, gozar de una soberana libertad espiritual frente a las cambiantes ideologías, las opiniones humanas y las «doctrinas extrañas» que a menudo zarandean la barca de nuestra vida. Los santos son verdaderamente libres porque viven únicamente bajo la luz de Dios y no bajo los dictados del mundo. Esta actitud de desprendimiento y señorío frente a lo mundano dio tres frutos amables en la vida de Teresa de Jesús Jornet:

1. Una confianza ilimitada en la Divina Providencia: Para la santa, la escasez material nunca fue un freno. En la difícil fundación de Cabra (Córdoba), donde se encontró con las manos vacías tras grandes promesas incumplidas, escribió con serenidad a sus hijas: «Dios quiere probarnos para que no esperemos nada de ninguna criatura. Si Jesús quiere que nadie cuide de nosotras, es porque quiere encargarse de hacerlo Él».

2. Una alegría inalterable en medio de las tribulaciones: Sello inequívoco que la santa exigía a sus comunidades, coronando centenares de sus cartas con el anhelo de que las religiosas estuvieran siempre «buenas y alegres». Nadie da lo que no posee; por eso, para consolar a los ancianos del peso de sus años, es menester un corazón alegre que solo descanse en Dios.

3. Una paz profunda: Fruto del abandono y de una intensa vida de oración. A este respecto, monseñor González Chaves evoca el valioso consejo que recibió de un arzobispo: el secreto de la incansable entrega de estas religiosas radica en no recortar jamás un solo minuto al tiempo dedicado a la oración.

A 175 años de su nacimiento, la doctrina de Santa Teresa de Jesús Jornet nos urge a huir de la tibieza y a vivir cada jornada sembrando el bien a manos llenas. Al final de la existencia, cuando toquemos con la mano la otra orilla, solo permanecerá lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos. Solo entonces comprenderemos del todo la inmensa sabiduría de haber navegado con Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza y el mundo bajo nuestros pies.

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