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Amelia Sánchez

Una vida en la clausura: «Rezamos por todos, incluso por quienes no sabrán nunca nuestro nombre»

Mientras el mundo corre entre prisas, pantallas y ruido, en un monasterio de Sahagún una joven de veintiocho años ha elegido otra medida del tiempo: la campana, el silencio y la oración. Sor Marta vive en clausura desde hace una década y defiende una vocación que muchos no entienden, pero que ella resume con sencillez: rezar por todos, también por quienes jamás sabrán su nombre

Sor Marta cuenta con 119k seguidores en YouTube

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Marta supo quién quería ser a los dieciséis. Fue inesperado. Estaba de vacaciones con su familia en Navarra, donde fueron a visitar el monasterio de Leire. «Había encontrado lo que quería para mi vida sin saber muy bien qué era», confiesa. Los González Cambronero son católicos practicantes, de los que «buscan la voluntad de Dios» en su vida, según confirma la mayor de sus tres hermanos. De aquel viaje, se llevó de recuerdo un libro encuadernado en color salmón de la regla de san Benito.

Después de darle muchas vueltas y preguntarle a Google cuáles eran y dónde estaban los conventos benedictinos femeninos por toda España, apareció en su pantalla el de Sahagún (León). Marta les escribió un correo electrónico con todas sus dudas, aunque no se atrevió todavía a decirles que creía que tenía vocación. «La madre abadesa me acogió con mucho cariño y dulzura», cuenta ella misma.

Tras intercambiar unos cuantos correos, se animó a decirles que se estaba planteando la vida consagrada y que si podría visitarlas para probar su vida desde dentro. Después de acabar el bachillerato, con tan solo dieciocho años, la mayor de los González Cambronero entró al monasterio. Desde hace diez años, Marta vive a golpe de campana. Este instrumento es lo que les indica que hay que ir a la iglesia a rezar. «Nuestra vida está orientada en función de la oración porque es nuestro pilar fundamental», explica sor Marta.

Un día marcado por la oración

Su día empieza a las seis y media de la mañana. Treinta minutos después tienen el oficio de lecturas o maitines, tras lo que cantan laudes y celebran la santa misa. A las 9:30 h. se sirve el desayuno en el monasterio de la Santa Cruz de Sahagún, para dar paso al espacio de trabajo: obrador, cosmética, formación (dar y recibir) o ensayar música. Todas las hermanas se vuelven a juntar a la una para rezar tercia y sexta, y posteriormente acuden al refectorio para comer. «Recibimos alimento físico y espiritual», detalla sor Marta, ya que una hermana lee y otra sirve al resto.

Un día cualquiera en Sahagún termina con el rezo de la hora nona a las cuatro de la tarde y el rezo del rosario. Las tareas cotidianas de la tarde van cambiando cada jornada, puede ser ensayar todas juntas o seguir con su formación; pero lo que sí coincide es que a las seis tienen lectura espiritual, seguida de media hora de oración personal y el resto de las vísperas. A las ocho, puntuales, las hermanas de la Santa Cruz cenan. Cuando llega la noche, disfrutan todas juntas de un momento de recreo, en el que conversan, juegan o ven alguna película. «Luego tenemos completas a las nueve y media, y después vamos a descansar», comenta esta joven monja de veintiocho años

La clausura es para la monja y no la monja para la clausura: protege el silencio y el ritmo de la oración frente al ruido exteriorSor Marta

El corazón de la clausura: rezar por todos

Para sor Marta, la clausura es «protección para la oración». Es el medio en el que la vida encuentra su centro y su sentido, no como un encierro que aísla del mundo, sino como un espacio que lo ordena y lo hace más habitable. En su caso, se trata de una clausura monástica, propia de las benedictinas, que hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo, cuando los monjes buscaban el desierto no para huir de la realidad, sino para vivirla de un modo más radical. «La clausura es para la monja y no la monja para la clausura», explica, subrayando que no es un fin en sí misma, sino una herramienta que protege el silencio y el ritmo de la oración frente al ruido exterior.

No hay rejas infranqueables ni una vida inmóvil, sino que mantiene el equilibrio entre retiro y apertura: acogen a quienes buscan acompañamiento espiritual, trabajan dentro del monasterio y, en ocasiones, también salen o se hacen presentes en el mundo a través de otros medios, como las redes sociales. Pero el corazón de esa vida retirada sigue siendo una tarea invisible: rezar por todos. Sor Marta reconoce que muchas veces no sabe con exactitud por quién está intercediendo. Reza por personas que jamás conocerá, por dolores que no tienen nombre y por alegrías que nunca verá. Los salmos, explica, le permiten unirse al enfermo, al que se queja, al que da gracias o al que espera.

En cada palabra litúrgica caben miles de vidas anónimas. «Damos palos de ciego», dice con humildad, confiando en que Dios siempre escucha y actúa. Para ella, esa es la misión de los contemplativos: sostener al mundo desde dentro, ser «pulmón que oxigena la Iglesia con la oración». Mientras otros curan, enseñan o construyen, ellas permanecen ante Dios llevando en silencio las cargas de muchos. Para quienes la ven como una cárcel, sor Marta responde con serenidad: «la clausura no nos quita nada», afirma, porque es precisamente en ese marco donde ha descubierto una libertad más honda, la de una vida entregada por completo.

Y frente a quienes la consideran una existencia inútil, reivindica el valor de la oración como un servicio invisible pero esencial: «si crees que Dios escucha, entonces alguien que se dedica plenamente a hablar con él no pierde el tiempo», concluye. En Sahagún, entre campanas y silencios, la vida se mide de otro modo: no tanto por lo que se produce, sino por lo que se es.

Artículo publicado originalmente en La Antorcha, la revista gratuita de la Asociación Católica de Propagandistas

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