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Violaciones brutales: el atroz calvario y martirio de las catequistas de Pinto

Aquellas horribles jornadas, los milicianos del Comité Rojo del pueblo van casa por casa buscando más víctimas que añadir a la lista de asesinados

Unas monjas son 'paseadas' durante la Guerra Civil

El relato que se describe a continuación es realmente duro y está basado en la documentación histórica que se conserva con los interrogatorios posteriores a la guerra y en el testimonio de Soledad, que, aunque tenía apenas 1 año cuando sucedieron los hechos, recoge lo que le contaron sus familiares ya siendo joven.

Entre el 7 y 8 de septiembre de 1936, Pinto sufrió la última gran oleada de asesinatos, aunque después matarían aún a algunas personas más. Todos civiles. Todos bajo acusaciones bastante dudosas.

Aquellas horribles jornadas, los milicianos del Comité Rojo del pueblo van casa por casa buscando más víctimas que añadir a la lista de asesinados. Había que contentar al nuevo jefe: las tropas sublevadas iban avanzando desde el sur hacia Extremadura y de ahí a Toledo y Madrid y Largo Caballero quería tapar los fracasos en el campo de batalla con represalias en la retaguardia. Para el Lenin español, esa lucha contra la quinta columna era esencial para la victoria. Los archivos que ahora afloran de los noticieros Hearst Metrotone News no reflejaban la crueldad de la represión republicana ni de las checas, sólo la épica de los milicianos en el frente; esa era la imagen que se daba a conocer entre las democracias del momento.

«Dios perdona al que me mate, igual que yo le perdono»

Volviendo a Pinto, este pequeño pueblo de 3.000 habitantes a 20 kilómetros al sur de Madrid, el día 7 detuvieron a las principales catequistas del pueblo, hoy en proceso de beatificación: Isabel Solo de Zaldívar y Cabello (Presidenta de la catequesis, de 51 años); Valentina Pascual Ballesteros (apodada «La Salchicha», de 62 años, maestra de la fábrica de chocolate de Pinto); María García Busquet (de 60 años, empleada de la fábrica de chocolate); Pilar Gallego Granados (60 años) y su hermana María Gallego Granados (58 años).

Las encerraron en el Pósito –el teatro que hacía de cárcel en ese momento— y las violaron hasta desangrarlas. Tanto es así que los propios milicianos llamaron al médico, Don Nicolás Ortega Jiménez, para que las auxiliara y no murieran desangradas en el mismo pueblo –pues prácticamente todos los asesinatos se hacían, prudentemente, lejos de la vista de los habitantes del lugar–. Así, el día 7 las subieron a un camión y al llegar a la altura del cruce de Villaverde fueron asesinadas a tiros. María, Pilar y Valentina fueron enterradas primero en el Cementerio de la Almudena (Madrid) y el 8 de noviembre de 1961 fueron llevadas al Valle de los Caídos, donde reposan hoy.

Isabel Solo de Zaldívar sufriría esa misma suerte el día siguiente, 8 de septiembre, junto a Eugenio Loarte Lebrón (de 35 años, labrador y concejal de Acción Popular), su hermano Manuel Loarte Lebrón (de 27 años, Juez Suplente de Acción Popular, padre de la referida Soledad), Tomás Caraballo Jordán (de 46 años), Mariano Baquero Pérez (de 50 años, apodado «El Serio», era guarda de una finca y concejal de Acción Popular), Luis de Galdo Lebrón (de 53 años, concejal de Acción Popular) y Francisco Infante Batres (de 32 años, industrial, acusado de ser falangista).

Según declaró más adelante (24 de mayo de 1939) Agapita Ocaña del Pozo, esposa de Manuel Loarte, los hermanos Loarte ya habían sido detenidos el 22 de julio, luego liberados y vueltos a detener el 8 de septiembre a las 22:00. A las 23:00 fueron subidos a una camioneta, maniatados con alambres. Se sabe, por cierto, quién les detuvo, quién les ató las manos, quiénes les subieron a la camioneta y quiénes apretaron el gatillo. Antes de morir, ambos hermanos se abrazaron.

Por su parte, Mariano Baquero, antes de ser disparado dijo a su asesino que «Dios perdona al que me mate, igual que yo le perdono. Sólo te pido que no les falte el pan a mis hijos», a lo que éste respondió: «Si no tienen pan que se jodan» [sic]. Ser cuñado de uno de los milicianos que les llevaban supuestamente a la cárcel de San Antón (Madrid) no le sirvió para librarse de su trágico destino. Todos ellos asesinados al llegar al kilómetro 7 de la carretera de Andalucía.

Una decisión para no reabrir heridas

Volviendo a la historia del médico, tal fue el horror que contempló que ató cabos y llegó a una terrible conclusión: la siguiente en la lista para ser violada y asesinada sería su esposa, Mª Luisa Alastuey Santos. La decisión que tomó después no fue menos trágica, ya que decidió ir a su casa, darle un somnífero y matarla antes de suicidarse aquel 9 de septiembre. No es posible imaginar el grado de desesperación que llevó al médico a tal extremo, al ver cómo el pueblo en el que habían vivido los últimos años se había degradado de tal manera que lo único que podía esperar era una situación más que horripilante. Bien podría ser considerada Alastuey la sexta catequista mártir.

El único concejal de Acción Popular que no fue asesinado entonces fue Adrián Pérez Escribano, quien fue buscado activamente en Guadalajara y llevado a Pinto con saña, el 21 de septiembre de ese año, siendo asesinado en la carretera de Andalucía. Otro asesinato más conmovió al municipio, el de Enrique Loarte Lebrón, de 20 años, hermano de los anteriores, frente a las tapias del Hospital Niño Jesús por milicianos de Madrid el 23 de noviembre de ese año.

Para finalizar, hay que resaltar un dato significativo: cuando el 15 de enero de 1940 Francisco Gallego Granados, hermano de dos de las catequistas, fue llamado a reconocer sus cadáveres declaró «Que el declarante ignora quiénes sean los autores de tal hecho». Por supuesto bien sabía quiénes estaban detrás de semejantes desmanes, pero no quería reabrir «viejas» heridas que no contribuirían en nada ni a devolverles la vida a sus hermanas ni a construir una España mejor. Una actitud de la que muchos políticos hoy deberían aprender.