Santa Hildegarda de Bingen
El 'antídoto' de Santa Hildegarda contra la arrogancia: por qué los límites físicos te enseñan a ser humilde
Frente a la frustración por la fatiga o los achaques, la Doctora de la Iglesia –cuya festividad la Iglesia celebra hoy– enseñó que la fragilidad corporal es una vía providencial que frena la soberbia y recuerda la condición humana
A pesar de haber sido una mujer «delicada en la salud física», Santa Hildegarda de Bingen desarrolló en sus escritos un profundo y positivo «aprecio de la corporeidad». En la visión de la mística benedictina, el ser humano es comprendido como una estricta y armónica «unidad de cuerpo y alma».
Lejos de considerar las dolencias o los límites físicos como un obstáculo o un lastre puramente negativo, la Doctora de la Iglesia captó en los aspectos de fragilidad corporal un valor providencial. Tal como destaca la Carta Apostólica para la proclamación de Bingen como Doctora de la Iglesia, Benedicto XVI afirmó que, para Hildegarda, el cuerpo «no es un peso del que liberarse y, hasta cuando es débil y frágil, ‘educa’ al hombre en el sentido de la creaturalidad y de la humildad, protegiéndole de la soberbia y de la arrogancia».
Salud delicada y un espíritu vigoroso al servicio de la fe
Esta concepción positiva de la naturaleza corporal no responde a una mera especulación teórica, sino a la propia vivencia de la santa alemana. Nacida en 1089 en Bermersheim, Alemania, y aceptada como oblata a los ocho años en la abadía benedictina de Disibodenberg, la mística fue descrita como una mujer «delicada en la salud física, pero vigorosa en el espíritu». A pesar de las dificultades de salud que jalonaron su existencia, su fragilidad no fue impedimento para desarrollar un intenso trabajo apostólico y cultural.
Hildegarda llegó a ser magistra y abadesa, fundando los monasterios de Rupertsberg en Bingen y de Eibingen. Además, asumió exigentes viajes por ciudades como Colonia, Tréveris, Lieja, Maguncia, Metz, Bamberg y Würzburg para predicar en catedrales y plazas públicas. A ello sumó la autoría de un vasto legado que abarcó la teología, las ciencias naturales, la medicina, la lírica y la música sacra. Esta actividad demostró que la limitación corporal no anula la capacidad humana, sino que puede vivirse en profunda integración espiritual y comunitaria.
La fragilidad física como pedagogo ante la soberbia
En el desarrollo de su antropología bíblica, Hildegarda sitúa al ser humano bajo la figura del homo viator —un «ser en camino»—. En su peregrinación diaria, la persona se halla inmersa en una constante lucha interior para elegir el bien y evitar el mal. En este contexto, el cansancio, la dolencia o los achaques físicos se convierten en un valioso recordatorio pedagógico.
Frente al peligro del individualismo y la autosuficiencia, que la abadesa califica explícitamente como expresiones de soberbia, la debilidad física actúa como un freno natural. Al experimentar los propios límites corporales, el ser humano reconoce su condición finita de criatura («creaturalidad»). De este modo, la vulnerabilidad del cuerpo previene contra las actitudes de arrogancia, educando a la persona en una humildad real y aplicada a la vida cotidiana.
Asimismo, la santa resalta que el cuerpo no es un elemento desechable: está destinado a la resurrección gloriosa y, según sus visiones, la misma contemplación definitiva de Dios en la vida eterna no se puede alcanzar plenamente sin el cuerpo.
Experimentar a Dios con los cinco sentidos en la rutina
Otra de las aportaciones más prácticas del pensamiento hildegardiano para el día a día es la revalorización de la experiencia sensorial. Para la Doctora de la Iglesia, la relación con Dios no se limita a una vivencia abstracta o intelectual. Dios ha creado al ser humano para actuar mediante los cinco sentidos de su cuerpo (quinque sensibus corporis sui operetur). A través de estos sentidos corporales, el hombre conoce las criaturas y las grandes obras de la creación; y por medio de ellas, guiado por la fe, llega al conocimiento del Creador.
Por este motivo, la respuesta del ser humano ante Dios se despliega en dos dimensiones complementarias: in voce oris, a través de la celebración litúrgica, e in voce cordis, mediante una vida cotidiana virtuosa y santa. Al aceptar con humildad las fuerzas y límites del cuerpo, toda la existencia diaria del creyente pasa a interpretarse como una auténtica «armonía y sinfonía».
Proclamada Doctora de la Iglesia universal por el Papa Benedicto XVI en octubre de 2012, Santa Hildegarda ofrece una guía certera para el homo viator del siglo XXI: mirar los límites del cuerpo como una oportunidad para la conversión del corazón, convirtiendo la fragilidad en el mejor medio para mantener el alma libre de arrogancia.