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Álvaro Serrano presenta su libro 'Crecer en humildad'

Álvaro Serrano presenta su libro 'Crecer en humildad'

Entrevista a Álvaro Serrano Bayán, autor de 'Crecer en humildad'

El hombre que lo tenía todo y rezaba para no ser preferido: «Merry del Val enseña que la humildad no destruye tu autoestima, sino tu necesidad de demostrar lo que vales»

Nació en el seno de una familia aristocrática, hablaba varios idiomas y se convirtió en el número dos del Vaticano con apenas 37 años. Sin embargo, el cardenal español Rafael Merry del Val pasaba sus días rezando para liberarse de la tentación de ser admirado

Con tan solo 38 años, el cardenal español Rafael Merry del Val (1865-1930) asumió una de las mayores responsabilidades de la Iglesia al ser nombrado secretario de Estado por san Pío X, compaginando el pulso de la alta diplomacia vaticana con un apostolado silencioso y escondido entre los más necesitados de Roma. Célebre por sus Letanías de la Humildad, su trayectoria encarna la tensión, profundamente fecunda, entre el ejercicio de grandes responsabilidades públicas y una búsqueda constante de sencillez interior, oración y servicio.

Esta profunda espiritualidad vuelve ahora al primer plano con la publicación de Crecer en humildad. 7 pasos con el cardenal Merry del Val (Editorial Fonte), fruto de siete años de investigación en cartas personales y escritos dispersos llevada a cabo por Álvaro Serrano Bayán, sacerdote, ingeniero aeroespacial y licenciado en Historia y Comunicación.

La obra, concebida especialmente para la meditación cotidiana y la adoración personal ante el Sagrario, cuenta con el prólogo del actual secretario de Estado de la Santa Sede, el cardenal Pietro Parolin, y propone un itinerario de meditación en siete etapas a partir de la raíz humus: la tierra que se deja trabajar por el Sembrador. Desde esta perspectiva, la verdadera humildad no aparece como apocamiento o desprecio de uno mismo, sino como la disposición del alma que se deja transformar por la gracia de Dios.

Portada del libro 'Crecer en humildad', de Álvaro Serrano

Portada del libro 'Crecer en humildad', de Álvaro Serrano

Que Cristo sea el motor

–Muchos fieles rezan a diario las Letanías de la Humildad, pero pocos conocen a su autor. ¿Qué revelan estas líneas sobre la vida interior y las batallas personales de Rafael Merry del Val?

–Realmente, yo no soy un experto en Merry del Val, y seguramente haya muchos otros escritores que podrían responder mejor a esta pregunta. Pero, cuando estaba recopilando estos apuntes y leyendo sus cartas, he creído entender que Merry del Val no vive la humildad desde la teoría, sino desde la lucha.

¿A qué me refiero? Merry del Val era muy consciente de todos los dones que tenía. Había nacido en una familia diplomática, hablaba varios idiomas, tenía dotes para la música… Y precisamente por eso estas letanías tienen tanto valor para él. A todos, a ti y a mí, nos gusta lo bueno, y eso no es malo. Lo malo sería convertirnos en esclavos de ello. Por eso, ante todo aquello que tenía, rezaba: «Líbrame, Señor, del deseo de ser amado, estimado, preferido».

Eso no quiere decir que no deba ser amado, estimado o preferido, ni que haya nada malo en ello. Lo importante es que ese no sea el motor de su vida. Que lo que le mueva a hacer las cosas no sea conseguir que todos le amen, sino que amen a Jesucristo.

–«Líbrame, Señor, del deseo de ser amado, estimado o preferido». Para un hombre que lo tenía todo a nivel humano —sangre noble, dominio de idiomas, cultura y una presencia impecable—, ¿cómo se pide eso en la oración sin caer en una falsa modestia o en un desprecio de las propias capacidades?

–Aquí me gustaría hacer una diferenciación, porque la humildad no significa pensar que no vales para nada. Significa saber que no necesitas demostrar continuamente lo que vales.

Como decía antes, Merry tenía muchos talentos: era inteligente, diplomático, políglota… Pero no necesitaba demostrarlo constantemente ni que los demás se lo confirmasen. Ponía esos dones al servicio de la Iglesia, aunque con ello levantase envidias.

Porque muchas veces la humildad también despierta envidias: pone de manifiesto o interpela a quien no es capaz de hacer eso mismo.

Amados más allá de nuestros logros

–Llegar a Secretario de Estado del Papa a los 38 años es una auténtica prueba de fuego para el ego. ¿Cómo logró mantener el corazón de un sacerdote humilde mientras manejaba la diplomacia global de la Iglesia?

–Aquí está una de las cosas más extraordinarias de este personaje. Es relativamente fácil ser humilde cuando nadie te conoce, o mejor dicho, cuando nadie te reconoce. Lo realmente difícil es serlo cuando todo el mundo sabe quién eres.

Quizás esta pregunta se pueda responder desde el siguiente punto de vista: él no pidió ser Secretario de Estado, no ambicionaba ese cargo y, por tanto, no tenía miedo a perderlo. Además, sabía que los cargos son temporales. Sin embargo, su sacerdocio sabía que era para toda la eternidad, y esa era su verdadera identidad. «Los cargos pasan, el sacerdocio permanece».

Y esto es muy aplicable también a nuestra vida. Muchas veces somos jefes de una empresa, personas reconocidas o personas importantes, pero algún día nos jubilaremos y puede parecernos que ya no tenemos nada. Ese momento no debería ser motivo de tristeza, sino una oportunidad para comprender que nuestra verdadera dignidad no depende de un puesto, de un cargo o de nuestra productividad, sino de que somos amados, hijos de Dios, únicos e irrepetibles.

Una persona humilde vive con mucha más paz, porque no está en una lucha continua por demostrar cuánto valeÁlvaro Serrano Bayán

–Es conocido que Merry del Val escribió al Papa León XIII pidiéndole que lo exonerara de sus altos cargos para irse como párroco a un barrio pobre o a las misiones. Cuando la respuesta fue que debía permanecer en la Curia por obediencia, ¿cómo transformó la renuncia a sus propios deseos de sencillez en un acto aún mayor de humildad?

–Merry quería una vida sencilla y humilde: ser párroco o estar con las personas más necesitadas. Sin embargo, aceptar la voluntad de Dios a través, en este caso, del encargo de un Papa, es un acto de humildad y de obediencia todavía mayor.

Como decía al principio, a veces pensamos que la humildad consiste en hacer cosas pequeñas, estar con los pobres o hacer aquello que nadie quiere hacer. Pero puede ser algo mucho más profundo: «hacer algo grande sin convertirte en alguien grande por hacerlo». De todas formas, durante su tiempo en la Curia siempre sacaba algunos momentos para visitar a sus chicos del Trastévere.

Hacer el bien por amor

–Precisamente, mientras trataba con reyes y embajadores, robaba tiempo a su descanso para educar y jugar con estos chicos vulnerables. ¿Por qué necesitaba ese contacto directo con los más pobres y qué nos enseña sobre una caridad que no busca aplausos?

–Si, como decía en la pregunta anterior, disfrutaba estando con la gente sencilla y humilde, era porque comprendía que Dios también le mandaba a ellos. Además, probablemente esos niños no sabían qué puesto ocupaba Merry, y él tampoco necesitaba que lo supieran, porque delante de Dios no existen categorías sociales.

El cardenal podía estar por la mañana con jefes de Estado, tratando guerras y, de alguna manera, casi ordenando el mundo; y por la tarde estar con los pobres entre los pobres, con los niños del Trastévere.

Y esto es un auténtico antídoto contra el ego. ¿Por qué? Porque cuando uno vive rodeado de personas que saben quién eres, puede acabar enamorándose de su propia importancia. Pero cuando estás con gente que no puede darte nada y que ni siquiera sabe quién eres, eso purifica mucho la intención. Haces el bien por el bien, por amor a Cristo y a su Iglesia.

La libertad de no tener que demostrar

–Su brillantez y su cercanía al Papa San Pío X le valieron envidias y muchas interpretaciones amargas de su labor. ¿Cómo reaccionaba Merry del Val ante la crítica injusta o la incomprensión de sus propios hermanos?

–Como decía al principio, la humildad es una de las virtudes que más envidias puede provocar y, cuando ocupas un puesto de responsabilidad, esto se multiplica por diez. Pero lo más curioso es que Merry no perdía el tiempo en defenderse. No vivía pendiente de lo que decían de él; simplemente trabajaba.

Eso no significa que no le doliese, ni que no apareciese en él, como nos ocurre a todos, ese instinto de defensa o de denunciar la injusticia. Pero pasó de preguntarse: «¿Qué pensarán de mí?» a preguntarse: «¿He hecho lo que Dios me pedía?».

–Tras la muerte de Pío X, el nuevo Papa decidió no renovarlo en la Secretaría de Estado y lo destinó a cargos de mucho menor relieve. ¿Cómo vivió ese «quedar fuera de juego» o pasar al olvido sin guardar rencor ni perder la sonrisa?

–Realmente, no podemos saber cómo gestionó interiormente esa nueva situación, pero, sabiendo cómo había vivido la anterior, podemos acercarnos bastante a lo que quizás pudo experimentar. Porque su vida «oculta» estaba también entre los pobres del Trastévere. Incluso creó una fundación para ayudarles y, siempre que podía y el tiempo se lo permitía, solía ir allí. Por tanto, siguió haciendo aquello que tenía que hacer. Como dice su epitafio: «Dame almas y quítame todo». Es decir, llevar las almas al cielo.

–Las Letanías de la Humildad pueden imponer o incluso asustar a quien las lee por primera vez. Si alguien le dice: «Padre, me da miedo rezar esto porque temo perder mi autoestima o mis ambiciones legítimas», ¿qué le respondería inspirándose en la vida del Cardenal?

–Yo le diría: no tengas miedo a la humildad cristiana. Y aquí está lo importante: la humildad no destruye nuestra autoestima, sino que destruye la necesidad de vivir demostrando nuestra autoestima. La humildad te hace más libre. Mira, las letanías no dicen: «Señor, haz que me odien», sino: «Señor, haz que deje de necesitar ocupar el centro».

Una persona humilde vive con mucha más paz de lo que nos imaginamos, porque no está en una lucha continua por demostrar cuánto vale ni por intentar conseguir todos los reconocimientos. Y, al final, se produce algo casi paradójico: cuanto más quiere una persona humilde ocultarse, más brilla.

En definitiva, la humildad no te hace pequeño; te permite dejar de estar obsesionado con tu tamaño, aceptarte como eres y, desde ahí, empezar a entregarte por completo.

–En un mundo obsesionado con la visibilidad, los seguidores y el reconocimiento, ¿cuál es el gran secreto de Merry del Val que todos deberíamos rescatar hoy?

–Quizás deberíamos poner a Dios en el centro, pero de verdad. Con las redes sociales se ha potenciado mucho la imagen que queremos dar: cuántos me siguen, qué piensan de mí, si me reconocen… Y eso, a veces, nos hace esclavos de nuestra propia imagen. Tengo que arreglarme, salir guapo, repetir el vídeo siete veces, publicar para conseguir seguidores… Merry del Val propone una pregunta muy sencilla: «¿A quién estoy sirviendo?».

Con este libro, y a través de sus meditaciones y pensamientos, se busca volver a lo esencial: poner a Dios en el centro y que no nos importe tanto lo que los demás piensen de nosotros, sino si estamos haciendo bien aquello que Dios nos pide. Las plataformas han cambiado, pero el corazón del hombre no. Por eso las Letanías de la Humildad siguen teniendo tanta fuerza hoy: porque nos ayudan a ser libres. Libres de una sociedad de la imagen, libres a través de la humildad.

En definitiva, con la humildad llega la libertad y, con ella, la felicidad. Al final, es algo muy sencillo: la humildad no consiste en pensar menos de uno mismo, sino en pensar menos en uno mismo y más en Dios y en los demás.

¡Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón, escúchame:


Del deseo de ser alabado, Líbrame, Señor

Del deseo de ser honrado, Líbrame, Señor

Del deseo de ser aplaudido, Líbrame, Señor

Del deseo de ser preferido a otros, Líbrame, Señor

Del deseo de ser consultado, Líbrame, Señor

Del deseo de ser aceptado, Líbrame, Señor

Del temor a ser humillado, Líbrame, Señor

Del temor a ser despreciado, Líbrame, Señor

Del temor a ser reprendido, Líbrame, Señor

Del temor a ser calumniado, Líbrame, Señor

Del temor a ser olvidado, Líbrame, Señor

Del temor a ser ridiculizado, Líbrame, Señor

Del temor a ser injuriado, Líbrame, Señor

Del temor a ser rechazado, Líbrame, Señor

Concédeme, Señor, el deseo de:

-que los demás sean más amados que yo,

-que los demás sean más estimados que yo,

-que en la opinión del mundo, otros sean engrandecidos y yo humillado,

-que los demás sean preferidos y yo abandonado,

-que los demás sean alabados y yo menospreciado,

-que los demás sean elegidos en vez de mí en todo,

-que los demás sean más santos que yo, siendo que yo me santifique debidamente.
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