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Imagen tomada este jueves del rector de la Universidad CEU UCH, Higinio Marín, durante un desayuno informativo con periodistas

Higinio Marín, durante un desayuno informativo con periodistasCEU UCH

«Nuestra vida es oración o lo contrario, profanación»

¿Y si rezar no fuera algo que hacemos a ratos, sino la estructura misma de lo que somos? Para el profesor de Antropología Filosófica y rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera, Higinio Marín, la vida humana no contiene oraciones, sino que es, en sí misma, una conversación con Dios

Higinio Marín es una de las voces más lúcidas de la filosofía contemporánea. Profesor de Antropología Filosófica de la Universidad CEU Cardenal Herrera y rector de la misma desde la primavera de 2023, profundiza sobre la oración con su agudeza y originalidad características.

–¿La oración es algo que «hacemos» o también que «somos»?

–En la cosmología judío-cristiana, la existencia misma es oración. No es tanto algo que hacemos los que vivimos, como que la vida misma es ya oración y orante. La cosmología cristiana se inaugura con el relato de un Dios que crea el mundo diciéndolo. No haciéndolo sino diciéndolo. Hay otra síntesis entre el hecho y el dicho del que los seres humanos somos más capaces: el gesto.

El gesto es un hacer, es un hecho, pero es significativo de suyo. Es como una síntesis primaria, pero muy completa entre lo que se hace y lo que se dice. Yahvé crea el mundo diciéndolo, y el mundo es palabra de Dios, el verbo en latín, logos en griego. Pero al ser humano lo crea diciéndolo, y como al resto del cosmos, ese decir es un nombrarlo, y por tanto es un llamarlo. Pero al ser humano lo crea de una manera particular, porque lo crea siendo capaz de oír esa llamada, y libre para darle o no cumplimiento.

Una llamada a la que le puedes dar o no cumplimiento es una invitación. La creación es una invitación que es una interlocución, y nuestra vida por sí misma, es ya una respuesta, afirmativa o negativa. Nuestra vida es oración, o lo contrario, profanación. Nosotros somos una conversación con Yahvé. Nosotros somos la palabra de Yahvé hecha capaz de respuesta, de correspondencia o de negación, o de incluso blasfemia, o sea, de tomar la palabra de Dios en vano. En ese sentido, esas parábolas del Evangelio no son nada hiperbólicas, lo de que el Reino de los Cielos se parece a un banquete al que somos invitados.

La gratitud como sentimiento originario

–¿En qué sentido podemos decir que la existencia es acción de gracias?

La oración de una forma espontánea empieza movida por el temor, hacia la súplica por la necesidad. Pero me parece que en la gratitud hay una precedencia, si no temporal, ontológica, porque incluye el reconocimiento de Dios como aquello a lo que se le debe una gratitud. No para saldar una deuda, sino para reconocer la deuda. El agradecido quiere expresar la gratitud para reconocer una deuda que no puede pagar.

La existencia, el mundo, todo lo que amamos, nos lleva a un sentimiento de gratitud que es culto. Puede venir precedida psicológica y biográficamente por el temor, porque los seres humanos somos frágiles, pero el principio más genuino es la acción de gracias. Y eso es, según la teología sacramentaria católica, la eucaristía, que también es ofrenda, que también es sacrificio, que también es oración. Lo que la realidad se merece es una gratitud originaria, que además nos descubre algo que sólo la revelación nos va a confirmar, que es que hay un estatuto filial en nuestra existencia.

Con la gratitud nos reconocemos en un estatuto filial respecto de un Dios al que, de alguna manera, ya estamos prefigurando como Padre. Por eso creo que lleva razón Ratzinger cuando dice que cuando la figura del padre se borra de los sistemas culturales, la propia figura de Dios se aleja.

Nadie reza solo, y por sí solo, y para sí solo, eso no es oraciónHiginio Marín

–¿Por qué oración y comunidad están intrínsecamente unidas?

–El propio Ratzinger dice algo que me parece iluminador: cuando decimos «Padre Nuestro» lo decimos desde el plural, no decimos Padre mío, y que en realidad en la primera persona del singular, ontológicamente hablando, el único que puede decir Padre mío es Jesús. Y nosotros, siempre que decimos Padre, lo decimos con él, en él y por él. Así que cuando rezamos, rezamos con nosotros, como Cristo hace cuando reza, que reza por todos nosotros. Rezar es un acto físicamente solitario, pero existencial, ontológica y teológicamente hablando, es un acto multitudinario porque todos estamos allí contenidos, cuando los demás lo hacen. Es la forma primaria de lo que conocemos como «comunión de los santos».

Nadie reza solo, y por sí solo, y para sí solo, eso no es oración. Ni siquiera Cristo, que lo puede hacer desde la primera persona. Así que la oración, tanto en sus dimensiones cúlticas o litúrgicas, es siempre un acto comunitario.

La belleza de Dios que sobrecoge

–¿Y por qué la expresión más completa de la oración es la alabanza?

–Dios nombra las cosas y, al mismo tiempo, las hace. Hay una síntesis de eso, que es el gesto. Pero el gesto tiene una forma más completa que es el canto e incluso la danza, en alabanza a Dios. En mi infancia, cuando oía que el Gloria consistía en cantar las alabanzas de Dios con los ángeles, me preguntaba por qué Dios necesitaba las alabanzas de los ángeles, y no me parecía una perspectiva muy apetecible estar por los siglos de los siglos cantando.

Me costó mucho tiempo entender que la presencia de Dios es la de un ser de una belleza tan arrebatadora, tan impensable, tan inabarcable, la de una inteligencia y una bondad amorosa tan inabarcable, tan inimaginable, que el corazón queda sobrecogido y no puede expresarse de ninguna otra manera que en el canto. Un canto con los demás, porque el canto es –como la oración– un acto comunitario y, en particular, incorporando a los ángeles –las otras criaturas libres de la creación–.

En ese sentido, me parece que se me hace más apetecible estar dispuesto a pasar la eternidad ante un motivo sobrecogedor y arrebatador de romper a cantar, y de que es romper a cantar de Gloria, a algo que lo merece con una profundidad insondable, con una altura inalcanzable, con una infinitud ilimitable.

Artículo publicado originalmente en La Antorcha, la revista gratuita de la Asociación Católica de Propagandistas

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