Andres Kim Taegon
La entrega hasta la sangre del primer sacerdote coreano: el legado imborrable de san Andrés Kim a la Iglesia en Asia
Tras un breve ministerio ejercido en la clandestinidad, la decapitación de este joven clérigo en 1846 fijó los cimientos de la comunidad católica en una nación asolada por la represión
Las palabras evangélicas sobre la bienaventuranza de quienes padecen persecución por causa de la justicia guiaron la trayectoria vital de san Andrés Kim, el primer varón autóctono en recibir la ordenación sacerdotal en Corea. En un entorno altamente hostil donde profesar el cristianismo conllevaba la pena capital, este clérigo articuló su labor pastoral en la más estricta clandestinidad.
Su entorno familiar ya había experimentado de cerca el sacrificio por el Evangelio: su bisabuelo entregó la vida por la fe y, siendo Andrés aún un niño, su padre sufrió idéntico destino, lo que abocó a su madre a sobrevivir pidiendo limosna en las calles en medio de una severa represión religiosa.
Fue precisamente sufriendo la persecución donde germinó su vocación al sacerdocio, aliviado e inspirado por el ejemplo del misionero francés Lorenzo Imbert, quien había ingresado en suelo coreano tras años de misión en China y en medio de cuatro décadas de hostilidad continuada contra los creyentes. Imbert desempeñó sus funciones oculto de las autoridades hasta que en 1839 fue víctima de una delación. Tras ser arrestado y sometido a intensos interrogatorios y palizas durante días, murió ejecutado a espada junto a los presbíteros galos Santiago Honorato Castan y Filiberto Maubant.
Firmeza en la misión y ejecución en Seúl
Lejos de amedrentarse por la trágica muerte de sus mentores, Andrés Kim asumió la responsabilidad de continuar la tarea evangelizadora, convocando a nuevos sacerdotes y velando por la continuidad de la Iglesia para evitar que la fe se extinguiera. Sin embargo, su ejercicio ministerial como presbítero duró tan solo un año y pocos meses. En junio de 1846 cayó bajo custodia de las autoridades y fue recluido durante un trimestre en una prisión de Seúl. Finalmente, el 16 de septiembre de ese mismo año, fue decapitado a los 26 años de edad, perdiendo la vida junto a diez catequistas, compañeros misioneros y numerosos fieles.
Antes de morir, dejó redactada una carta en lengua nativa dirigida a los miembros de su comunidad, instándolos a permanecer inquebrantables y a actuar con la entereza de saberse hijo de Dios. «En este difícil tiempo, para ser victorioso se debe permanecer firme, usando toda nuestra fuerza y habilidades como valientes soldados completamente armados en el campo de batalla», escribió. Aquella entrega, sumada al martirio de más de un centenar de cristianos, constituye el pilar duradero de la Iglesia en Corea.
Más allá de sus obligaciones pastorales, san Andrés Kim destacó de forma autodidacta en la navegación y la cartografía. De su autoría fue la elaboración del primer mapa completo de Corea con la toponimia traducida al latín, un hito que proporcionó a las naciones occidentales su primer registro geográfico comprensible sobre la geografía del país.