Darío se unió a la Guardia Suiza hace apenas un mes, después de completar su doctorado
«No quiero morir, pero si llega ese momento, estaré preparado»: así es la vida de un Guardia Suizo de 25 años
Cada día miles de turistas fotografían al joven Darío sin imaginar que bajo ese uniforme late una decisión radical: estar dispuesto a dar la vida por el Papa
Detrás de los coloridos uniformes que atraen «cientos, si no miles» de fotografías cada hora, se esconde una vida de disciplina y fe forjada para un único propósito: la protección del Sumo Pontífice. Darío, que se unió a la Guardia Suiza hace apenas un mes después de completar su doctorado, no ve su servicio como un simple empleo, sino como un destino.
«No quiero morir, pero si llega ese momento, estoy preparado», afirma en un reportaje para el canal DW Euromaxx. Este joven, como tantos otros, lleva consigo el peso de una tradición que se remonta a 1506, cuando el Papa Julio II reclutó a la Guardia Suiza por su fortaleza y lealtad.
Una vocación de siglos
Ser Guardia Suizo no es un trabajo que te haga rico. Darío es enfático al respecto: «Nadie está aquí para el dinero. Te lo puedo garantizar». El salario de 1.500 euros mensuales palidece ante la magnitud de la misión. Para él, es una vocación, una llamada: «Creo que es el destino, no sé por qué he sido llamado para hacer este servicio, pero aquí estoy».
Para formar parte de este cuerpo de élite se requiere ser varón, soltero, católico, de nacionalidad suiza y tener entre 19 y 30 años. Darío sigue los pasos de su padre, aunque asegura que «no me presionó en absoluto». Simplemente, encontró en esta tradición familiar la oportunidad «de hacer algo con significado»: servir al Pontífice, Cabeza de la Iglesia Católica.
En los cuarteles, hogar de actualmente 135 guardias que hablan una mezcla de alemán, suizo, francés e italiano, Darío ha encontrado su espacio, aunque comparta la habitación con otras tres personas. Viste con orgullo el uniforme de medida, cuyo diseño data del inicio del siglo XX, asegurándose de que la espada y la cintura estén siempre brillantes.
El sentido de misión
El servicio diario es dinámico y varía según los turnos y puestos. Aunque la imagen más icónica es el uniforme colorado, los guardias utilizan a menudo una versión más simple de color azul para el patrullaje, buscando ser más discretos y poderse mover «más libremente».
Darío cumple sus rondas por las diferentes entradas del Vaticano, como Santa Anna y el Arco de la Campana, la entrada a la basílica de San Pedro, verificando que sus colegas no necesiten apoyo. La disciplina es total: los guardias en puestos fijos deben permanecer sin moverse ni hablar por una hora, manteniendo un rostro impasible, ya que «mucha gente intenta obtener una reacción de él».
Si bien están familiarizados con armas históricas como lanzas y alabardas —que hoy cumplen sobre todo una función ceremonial y simbólica—, también reciben entrenamiento con armas modernas. La esencia de su juramento es la entrega total: «Si está siendo atacado [León XIV], estoy en camino. Eso es lo que hacemos». Para Darío, «si significa dar mi vida, y muero joven, al menos muero por un buen motivo».
Nadar contracorriente
Para un joven en la Europa actual, unirse a una institución tan arraigada en la tradición puede parecer contradictorio. Darío confiesa sentirse «un poco como si estuviera nadando contra el corriente», pero lo asume como parte de la experiencia especial.
Además subraya que experimenta la fe desde una perspectiva diferente. Si bien uno puede estar cerca de Dios «en cualquier parte del mundo», el Vaticano ofrece constantes recordatorios de lo que uno profesa.
El punto culminante del compromiso de Darío fue la ceremonia de Juramento –que se celebró en octubre– donde 27 nuevos guardias juraron su vida a la protección del Pontífice. Fue un momento de tensión palpable, con uniformes y procedimientos que debían ser perfectos y con la presencia del Papa León en persona por primera vez en casi 60 años.
Darío, quien lideró la marcha tocando el tambor para «ajustar el ritmo», sentía los nervios. Pero cuando caminaba hacia la bandera, la solemnidad del momento lo abrumó, sintiéndose en una especie de «piloto automático».
Ahora, con su juramento formalizado, Darío es oficialmente parte de la Guardia Suiza, con la experiencia única de servir al Papa León XIV, el hombre que da «el ritmo» que ellos deben seguir. El Vaticano será su hogar por los próximos meses, y quizás, por mucho más tiempo.