El papa León XIV vierte perfume en una ánfora que contiene aceite sagrado durante la Misa Crismal del Jueves Santo
Los «secretos» del Papa para la Iglesia en «esta hora oscura de la historia»: ni poder ni prepotencia
Ante los desafíos de una secularización avanzada, el Pontífice ha señalado lo que denomina los «secretos de la misión»: un camino que exige «liberarse de la posesión» y renunciar a cualquier estrategia calculadora de dominio
En la tradicional Misa Crismal del Jueves Santo, el Santo Padre ha trazado las líneas maestras de lo que denomina una «Iglesia enviada», advirtiendo que el éxito pastoral no reside en los «signos del poder» sino en la capacidad de «vaciamiento» y en el servicio desinteresado a los más oprimidos. Ante miles de fieles y el clero romano, el Pontífice ha recordado que la misión cristiana debe ser un «testimonio vivo de un Cuerpo con muchos miembros» y no una aventura heroica individual.
En la celebración de esta Misa Crismal, situada en el «umbral del Triduo Pascual», se bendicen los óleos que se utilizarán a lo largo del año en la administración de los sacramentos y algunos sacramentales, como el óleo de los catecúmenos, el de los enfermos y el santo crisma. Además, los sacerdotes renuevan las promesas que hicieron en el momento de la ordenación. Un momento que otorga una especial relevancia a las palabras del Papa, ya que se dirige directamente a los pastores, subrayando que la libertad de Jesús tiene la fuerza de «transformar aquello que el orgullo humano tiende generalmente a endurecer».
Las claves espirituales de la misión
El Santo Padre ha estructurado su mensaje en torno a lo que denomina los «secretos de la misión», es decir, las condiciones necesarias para que la acción de la Iglesia sea auténtica y no derive en identidades cerradas. En este sentido, ha subrayado el desprendimiento como punto de partida, afirmando que ser enviados implica «el riesgo de dejar lo familiar y seguro, para adentrarse en lo nuevo» y evitar que la fe se convierta en una «celda» o una «guarida».
«Toda misión comienza con ese tipo de vaciamiento en el que todo renace», ha afirmado, señalando que la disponibilidad para perder no es un fin en sí mismo, sino la «condición para el encuentro y la intimidad». En este sentido, la misión se presenta como un acto de reconciliación con el pasado y las propias limitaciones, pero siempre con la «audacia del desprendimiento» para poder avanzar sin miedo.
Inmediatamente después, el Pontífice ha señalado un «segundo secreto» vinculado a la «ley del encuentro», que se traduce en la práctica como una renuncia a la imposición, proponiendo en su lugar un método de «acercamientos cuidadosos» que privilegia el diálogo, el respeto y el servicio desinteresado. Para el Papa, estos «secretos» no son fórmulas mágicas, sino una llamada a presentarse ante el mundo «desarmados», renunciando a cualquier «estrategia calculadora» para permitir que sea el Espíritu Santo quien actúe, pues Él «llega antes que nosotros y trabaja mejor que nosotros».
Contra la prepotencia y el dominio
Un segundo eje fundamental de la homilía ha sido la denuncia de las «lógicas de dominio» que, a menudo, han desvirtuado la misión a lo largo de la historia. El Papa ha recordado que el bien no puede provenir de la «prepotencia» ni en el ámbito pastoral ni en el social o político. En su lugar, propone el método de los grandes misioneros: «compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora, el diálogo y el respeto».
El Pontífice sostiene que no puede haber una verdadera liberación si los pastores no se liberan primero de «la posesión» y del deseo de dominar los tiempos de Dios. «Somos huéspedes», ha recordado, instando a los obispos y sacerdotes a aprender a dejarse acoger incluso en entornos donde la secularización parece más avanzada, buscando los «núcleos más profundos del alma de las ciudades».
Para facilitar la comprensión de esta 'hoja de ruta', el mensaje se podría desglosar en tres dimensiones: primero, el desprendimiento, entendido como la capacidad de soltar lo seguro para arriesgarse por el Evangelio; segundo, la ley del encuentro, que prioriza el diálogo y la inculturación sobre cualquier estrategia de conquista; y tercero, la aceptación de la prueba, asumiendo que la incomprensión y la cruz son partes intrínsecas e inevitables de la misión.
Respecto a esta última dimensión, la más radical, el Santo Padre ha advertido que el envío puede volverse «amargo y atemorizante», pero es precisamente ahí donde se vuelve más «gratuito y revolucionario». Ha invitado a los fieles a no huir de las pruebas, sino a «pasar en medio» de ellas como hizo Jesús, desenmascarando la violencia que a veces se erige en ley y permitiendo que, desde la oscuridad de la muerte, surja una «nueva creación».
Como broche final a sus palabras, el Papa ha evocado las figuras del santo obispo Óscar Arnulfo Romero y del cardenal Joseph Bernardin como ejemplos de quienes afrontaron el fracaso y la muerte con esperanza. De hecho, al citar a Bernardin ha resaltado cómo la fe y la oración le permitieron superar sus «tres grandes miedos»: el cáncer, la muerte y el ser acusado falsamente. «La suerte quiso que tuviera que afrontarlos todos y que, de repente, descubriera que no tenía miedo. Creo que todo esto se debe a la fe… La oración me ha hecho más fuerte de lo que yo pensaba» , señalaba el arzobispo dos meses antes de morir. «En esta hora oscura de la historia», ha concluido el Pontífice, la misión de la Iglesia es difundir el «perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte».