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Ignacio Sáez, director del Laboratorio de Neurofisiología en la Facultad de Medicina Icahn del Hospital Mount Sinai

«No tenemos un cerebro equipado para manejar los móviles de manera sana», afirma un gurú de la neurofisiología

Ignacio Sáez, director del Laboratorio de Neurofisiología del Mount Sinai, afirma que el cerebro es plástico

Ignacio Sáez, director del Laboratorio de Neurofisiología en la Facultad de Medicina Icahn del Hospital Mount Sinai (Nueva York), participó en UCV Talks – Ciencia y Tecnología, iniciativa de la Universidad Católica de Valencia para acercar la ciencia a la sociedad.

Durante su intervención, Sáez explicó cómo su investigación busca comprender la cognición humana mediante la interacción de distintas áreas cerebrales y sistemas de neurotransmisión, así como los mecanismos neuronales detrás de la toma de decisiones. En una conversación con José Carmena –investigador del proyecto Brain Health and Resilience Valencia Challenge (UCV) y profesor emérito de la Universidad de California-Berkeley–, Sáez expuso su labor profesional. En ella hace especial énfasis en el estudio de la toma de decisiones por parte de la persona para avanzar en el conocimiento de las bases neurobiológicas del comportamiento humano. También se enfoca en el desarrollo de nuevas aproximaciones neuroterapéuticas a trastornos psiquiátricos como la depresión. Además, el experto reflexionó sobre el impacto de factores contemporáneos —hábitos y uso de tecnologías— en la salud mental y subrayó que el verdadero desafío será promover la salud cerebral a nivel colectivo, incorporando una visión ética y social de la investigación.

–Cómo se puede ayudar al cerebro ante los primeros signos de depresión con herramientas al alcance de todos

–La clave es comprender que la depresión muchas veces mira hacia atrás desde una mentalidad negativa. Una persona en esa situación se lamenta de algo que ha sucedido en su vida, de las consecuencias que ha tenido. Otras enfermedades, como la ansiedad, miran más hacia el futuro. ¿Y si me pasa esto, y si tengo un accidente de coche, si me detectan tal enfermedad, si me deja mi novia...? Es otro modo de mentalización negativa, aunque se refiera a cosas que no han tenido lugar.

Pues bien, una de las características comunes de aquellas acciones que ayudan en la prevención de la enfermedad mental tienen una característica común: te obligan a estar aquí y ahora, en el presente. Lo vemos en el deporte. Jugar a fútbol o a baloncesto, por ejemplo, te fuerza a estar pendiente de dónde se encuentra la pelota, dónde están tus compañeros, si un rival se ha desmarcado, etcétera. Sucede igualmente en las relaciones sociales, pues una conversación con otra persona te obliga a estar pendiente de ella, de lo que te cuenta. Hay gente que consigue llegar a ese ‘estar en el presente’ con actividades que les sacan de su cabeza, como el bricolaje.

–¿Podemos ‘moldear’ nuestro cerebro para protegernos de algunos problemas de salud mental?

–Claro, el cerebro es plástico. Es algo que hemos aprendido a lo largo de décadas de investigación. De hecho, los fármacos que receta un psiquiatra producen variaciones en nuestro cerebro, que se adapta y cambia. Es verdad que existen patologías heredadas genéticamente, pero muchos de los problemas de salud mental son adquiridos. Lo vemos en personas que sufren un trastorno por estrés postraumático, para las que hay un antes y un después de un evento doloroso. Comienzan a sufrir crisis de ansiedad y otra serie de problemas que no existían previamente a ese momento puntual en el tiempo.

Desde esa base, los avances en neurociencia nos están poniendo ahora en el camino de utilizar la plasticidad cerebral para realizar el camino inverso a la aparición del trastorno. Es fácil imaginarlo, pero no tanto implementarlo: curar al paciente moviendo el proceso para atrás, de modo que olvide o ‘desadquiera’ la memoria de ese trauma.

–¿Por qué hoy nos enfrentamos a tantos problemas de salud mental? Ha aumentado de manera significativa la incidencia de la depresión, la ansiedad y otros trastornos en las últimas décadas.

–Sí, sobre todo entre jóvenes y mayores. Lo cierto es que hablamos de un fenómeno multicausal que no puede reducirse a uno o dos factores. Quiero señalar, eso sí, algunos muy importantes y de actualidad. Hemos dicho que las relaciones interpersonales son un elemento preventivo; de modo que la desconexión social que vivimos hoy necesariamente va a tener un efecto nocivo. Al ver menos a nuestros familiares y amigos y optar por unas relaciones remotas, virtuales, telemáticas, se va produciendo una desconexión interpersonal. Y no es nada bueno.

En la sociedad moderna recibimos muchísimas influencias que no están diseñadas para que seamos personas completas y felices. Su concepción obedece a otros criterios. Nos encontramos a merced de nuestros móviles y de las redes sociales, tecnologías creadas con ciertos mecanismos que ofrecen una satisfacción inmediata y aguda, pero que, en realidad, están diseñadas para cambiar tu manera de pensar.

–¿Con qué objetivo?

–Cuanto más cautivo te tengan, cuanto más capten tu atención, cuanto más tiempo pases utilizando una aplicación, ellos ganan más. Entonces, la meta de muchas de estas tecnologías no es acrecentar nuestro bienestar, mejorar nuestra salud mental; se han programado para maximizar los beneficios económicos de quienes las han creado. Por esa razón, debemos empezar a preguntarnos si podemos cambiar las cosas para vivir en una sociedad diseñada para que las personas nos sintamos completas y seamos felices, en lugar de multiplicar las ganancias de unas grandes empresas.

–¿Qué le parece más preocupante?

–Pienso mucho en la diferencia entre la velocidad de evolución de nuestro cerebro y la de estas maquinitas que llevamos en el bolsillo. El cerebro humano ha evolucionado a lo largo de cientos de millones de años para afrontar una serie de problemas que no son los que enfrentamos en la sociedad actual.

Estos aparatos que hace quince o veinte años no existían, cambian cada día y evolucionan para ser mucho más efectivos en esa captura de la atención, siempre en busca de tenerte pendiente. Desde el punto de vista biológico, esa partida ya la tenemos perdida. Los seres humanos no poseemos un cerebro equipado para manejar estas tecnologías de manera natural y sana. No podemos competir con la velocidad a la que cambian.

–¿Cuánto nos está afectando esa circunstancia? A los transhumanistas parece que les da un poco igual; animan a poner nuestra fe en un futuro con chips implantados en el cerebro que nos conviertan en ciborgs

–La realidad es que ya somos un poco ciborgs. ¿Quién no ha aprendido a delegar ciertas funciones cognitivas en su móvil? Por ejemplo, yo dependo de él para consultar mi calendario, mi agenda, para que me alerte de cosas. Esas funciones, esa información que hoy está en mi ‘smartphone’, antes la llevaba en la cabeza.

Y no nos alarmemos en exceso con los chips. Todo el desarrollo que existe a día de hoy y el que va a llevarse a cabo en los próximos años tendrá fines médicos, intentando que los pacientes recuperen funciones perdidas o que cambien cosas que funcionan mal en el cerebro a causa de patologías como el párkinson o el alzhéimer.

–Tranquiliza que usted, trabajando en la vanguardia neurotecnológica, llame a la calma. Pero convendrá en que vamos a enfrentar grandes desafíos

–Claro, hay debates que los científicos y la sociedad, en general, no debemos evitar. Aunque sea fácil imaginarlas ya, todavía hay muchas cosas que no son posibles técnicamente, pero supondrán verdaderos retos en el futuro. Por ejemplo, si conseguimos desarrollar una manera de modular nuestras emociones, ¿por qué no vamos a implantarnos un chip para estar contentos todo el día? Van a darse todo tipo de problemas y complicaciones que habrá que analizar.

–La ciencia y la tecnología siempre van por delante de su valoración ética, ¿no cree?

–Sí, es verdad, pero el caso de la neurotecnología es un poco distinto. Es probable que la neurobiología llegue a desarrollarse hasta capacitarnos para hacer cosas típicas de las películas de ciencia ficción, como adquirir conocimientos muy rápidamente. Ahora no es científicamente posible aprender un idioma de la noche a la mañana, pero es fácil imaginar que un día lo será. Ese margen temporal de los avances neurotecnológicos nos da la oportunidad de empezar a pensar en cómo vamos a atajar, antes de que lleguen, esos desafíos. Y no sólo técnicamente, sino también ética y legalmente.

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