Existen dos tipos principales de ictus: el ictus isquémico y el hemorrágico
Identifican por qué se produce el tipo de ictus más común en España
El hallazgo explica por qué la aspirina tienen una eficacia limitada
En España, según datos de la Sociedad Española de Neurología, cada año se registran alrededor de 90.000 nuevos casos de ictus. Solo en 2023, esta enfermedad provocó más de 23.000 fallecimientos, consolidándose como una de las principales causas de muerte y discapacidad en el país.
La doctora Mª Mar Freijo, coordinadora del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la Sociedad Española de Neurología explica que «existen dos tipos principales de ictus: el ictus isquémico, al que corresponden casi el 80 % de los casos de ictus que se dan en España, y que se produce cuando un trombo impide u obstaculiza la llegada de sangre al cerebro; y el ictus hemorrágico, que supondría casi el 20 % de los casos restantes, y que se genera cuando es la rotura de alguno de los vasos sanguíneos del cerebro la que compromete la circulación sanguínea».
Ahora, un nuevo estudio internacional, publicado en la revista Circulation, cuestiona algunas de las hipótesis más extendidas sobre las causas del tipo más frecuente de accidente cerebrovascular y aporta pistas sobre por qué determinados tratamientos preventivos no están ofreciendo los resultados esperados.
La investigación concluye que la acumulación de grasa en las arterias no parece ser la causa del ictus isquémico lacunar, en su lugar, los científicos identificaron otra alteración vascular —el agrandamiento y la dilatación de las arterias cerebrales— como un factor estrechamente asociado a este tipo de infarto cerebral.
Por qué la aspirina no funciona
Los expertos consideran que estos hallazgos ayudan a explicar por qué la aspirina y otros fármacos antiplaquetarios, utilizados de forma habitual para prevenir accidentes cerebrovasculares, tienen una eficacia limitada frente al ictus isquémico lacunar.
Los resultados también están impulsando nuevas líneas de tratamiento, entre ellas el ensayo clínico LACI-3, centrado en probar medicamentos que actúan directamente sobre los pequeños vasos sanguíneos del cerebro.
El infarto lacunar está relacionado con el deterioro de los vasos sanguíneos más pequeños del cerebro, una afección conocida como enfermedad de pequeño vaso cerebral. Esta patología constituye además una de las principales causas de discapacidad, deterioro cognitivo, demencia y recurrencia de ictus. Sin embargo, sus mecanismos de origen todavía no se comprenden por completo, lo que ha dificultado el desarrollo de terapias eficaces.
Para profundizar en esta cuestión, investigadores de la Universidad de Edimburgo, el Instituto de Investigación sobre la Demencia del Reino Unido y otros centros colaboradores analizaron a 229 pacientes que habían sufrido un ictus lacunar o un ictus leve no lacunar.
Los participantes fueron sometidos a evaluaciones clínicas y cognitivas, además de resonancias magnéticas cerebrales realizadas tanto en el momento del accidente cerebrovascular como un año después. Estas pruebas permitieron determinar el tipo de ictus, detectar signos de enfermedad de pequeño vaso y evaluar la aparición de nuevas lesiones cerebrales.
Así se hizo el estudio
Los investigadores compararon dos fenómenos vasculares: el estrechamiento de grandes arterias causado por depósitos grasos y el ensanchamiento y elongación de arterias cerebrales.
El estudio mostró que el estrechamiento de grandes arterias no guardaba relación con el ictus lacunar ni con la enfermedad de pequeño vaso. De hecho, esta alteración aparecía con más frecuencia en otros tipos de ictus y no predecía nuevas lesiones cerebrales en las resonancias de seguimiento.
En cambio, la dilatación arterial sí presentó una fuerte asociación con la enfermedad lacunar. Los pacientes con esta característica tenían más de cuatro veces más probabilidades de sufrir un ictus lacunar.
Además, la dilatación arterial se vinculó a una mayor carga de enfermedad de pequeño vaso, a una progresión más rápida del daño cerebral y a un incremento del riesgo de padecer nuevos accidentes cerebrovasculares «silenciosos», pequeñas lesiones cerebrales que pueden producirse sin síntomas evidentes.
Más de uno de cada cuatro participantes desarrolló este tipo de ictus silenciosos durante el estudio, pese a recibir los tratamientos preventivos estándar.
Los investigadores defienden que las futuras terapias deberían centrarse específicamente en el daño de los pequeños vasos sanguíneos. Ensayos como el LACI-3 están evaluando si medicamentos ya existentes, como el cilostazol y el mononitrato de isosorbida, podrían proteger el cerebro, reducir el riesgo de nuevos ictus y prevenir problemas de memoria, movilidad y demencia tras un infarto lacunar.
La profesora Joanna Wardlaw señaló: «Este estudio aporta pruebas contundentes de que el infarto lacunar no se debe a la obstrucción grasa de las arterias principales, sino a una enfermedad de los pequeños vasos sanguíneos del propio cerebro. Reconocer esta distinción es crucial, ya que explica por qué los tratamientos convencionales, como los fármacos antiplaquetarios, no son tan eficaces para este tipo de infarto y subraya la urgente necesidad de desarrollar nuevas terapias dirigidas al daño microvascular subyacente».