Amparo Medina, presidente de la Red provida de Ecuador
«Miré el tarro y me di cuenta de que eran restos de bebés»: la historia de una activista proaborto que se hizo provida
Acompañar a su amiga a matar a su bebé le sirvió a la presidenta de la Red Provida para recapacitar: «Si hablas de derecho a decidir y ella te dice 'no estoy segura', ¿dónde está el derecho a decidir?»
Cuando Dios se pone en el medio, la vida cambia. Pasa a ser más bonita, a cobrar sentido, a ver lo realmente bueno. Para que esto ocurra, hay que dejar abierto el corazón. Esto es precisamente lo que hizo Amparo Medina, una mujer que militó en grupos de la izquierda radical, fue guerrillera, activista proaborto y exfuncionaria del Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa). Tras varios acontecimientos decidió replantearse su futuro. Ahora es una gran defensora de la vida y presidenta de la Red Provida de Ecuador.
Todo comenzó cuando acompañó a su amiga a abortar. El primer impacto, afirma, fue en ese momento. Ahí, relata la exguerrillera, su primer aprendizaje con el aborto fue que ninguna mujer va «con la mano en la cintura y la sonrisa en los labios a abortar».
El segundo tuvo que ver con el momento de la extracción del feto. Amparo estaba en el pasillo, su amiga le cogió la mano y le pidió que no la dejase sola. Tenía mucho miedo. Sin embargo, la ahora provida intentó convencerle para seguir adelante: «Le dije que era lo mejor que podía hacer. Estaba en manos de un buen médico».
Este episodio le sirvió a la presidenta de la Red Provida para recapacitar: «Si hablas de derecho a decidir y ella te dice 'no estoy segura', ¿dónde está el derecho a decidir?».
El tercer aprendizaje fue entrar al quirófano para ver cómo mataban a su bebé. Así, recuerda que «la descuartizaban en la silla obstétrica» con varios los instrumentos. Después de eso empezó a ver todo el proceso sangrado. En este punto, afirma, se empezó a cuestionar lo que estaba pasando. De hecho, en un momento determinado vio como empiezan a emplear instrumentos que ella misma, a través la Fondo de Población de las Naciones Unidas, había ayudado a comprar.
En ese momento, revela Amparo, vio cómo le introdujeron la manguera y encendieron la aspiradora, 70 veces más fuerte que una aspiradora de una casa. Empezó a absorber y en unos frascos del suelo comenzaron a caer restos: «De pronto me agaché, miré el tarro y me di cuenta de que eran restos de bebés. O sea, se veía un pie abierto y un brazo pequeñito».
Cuando terminó, el doctor le dijo a su amiga de una forma muy fría y sin corazón: «El proceso ha concluido». Tras pronunciar esas palabras cogió el frasco y comenzó a revisar los pedazos para comprobar que no quedaba nada dentro del cuerpo. Al ver que todo estaba correcto, fue al baño y tiró al pequeño.
Luego le dio indicaciones médicas. Entre ellas estaba el sangrado. El facultativo le indicó que si mojaba más de una toalla de sangre debía ir al médico y decir que estaba embarazada: «Fue todo espantoso», recuerda la mujer a favor de la vida, quien además resalta que que el doctor les obligó a hacer como que no le conocían.