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Aquilino Polaino-LlorenteCedida

Muere Aquilino Polaino, catedrático de Psicología y referente de la defensa de la familia

El autor de más de 60 libros y pionero en España en el ámbito de la psiquiatría infantil, dedicó más de medio siglo al estudio de la persona y la salud mental

Aquilino Polaino había pasado 45 años escuchando vidas ajenas cuando nos sentamos a conversar durante cuatro mañanas en su última consulta de la calle Velázquez de Madrid. Acababa de jubilarse. Había colgado la bata, pero todavía quedaban muchas preguntas.

De aquellas conversaciones nació Todos somos frágiles (también los psiquiatras). Yo quería saber qué piensa del ser humano alguien que ha conocido durante casi medio siglo sus zonas más oscuras. Qué queda después de escuchar miles de historias de depresión, ansiedad, obsesiones, esquizofrenia, soledad, familias rotas, intentos de suicidio, miedos y esperanzas. Si tanta exposición al sufrimiento termina endureciendo. Si después de todo aquello todavía era posible confiar en las personas.

Ahora ha muerto Aquilino y he vuelto a leer algunas de sus respuestas.

Una de ellas me parece un buen resumen de su vida profesional: «Es importante que a los hombres nos duela el dolor». Para él, la compasión no era una interferencia sentimental en la práctica médica, sino un signo de salud humana. Después de tantos años de consulta no se había impermeabilizado frente al sufrimiento. Y eso quizá explique su manera de entender la psiquiatría.

Una vez me contó que recibió a una paciente a la que llevaba tiempo tratando sin conseguir ayudar. Al verla entrar, se sorprendió pensando con impaciencia qué hacía aquella mujer otra vez allí. Inmediatamente se corrigió: «Esta persona es única y yo la estoy tratando como a una maceta». Decidió empezar de nuevo. Escuchar de nuevo. Mirarla de nuevo. La anécdota contiene bastante Aquilino Polaino.

A media distancia entre la oscuridad y la luz

Aquilino entendía que el psiquiatra debía situarse en un lugar difícil: suficientemente cerca del paciente para comprender su sufrimiento y suficientemente lejos para no quedar atrapado en él. Lo definía como mantenerse «a media distancia entre la oscuridad y la luz».

La Medicina, además, no podía explicarlo todo. Psiquiatra, psicólogo y filósofo, defendía una formación humanística para quienes se dedican a la salud mental. La literatura, el arte, la historia o la filosofía no eran adornos culturales, sino caminos para conocer mejor a ese objeto de estudio extraordinariamente complicado que llamamos persona.

Había aprendido también a desconfiar del perfeccionismo. «El perfeccionismo no es una virtud, sino una imperfección», me dijo. No era una invitación a la mediocridad, sino a reconocer la realidad de nuestros límites. Aquilino había visto demasiada autoexigencia convertida en sufrimiento como para confundir excelencia con obsesión. Esa idea acabaría dando título al libro. Todos somos frágiles. También los psiquiatras.

Una mala salud de hierro

Él conocía personalmente esa fragilidad. Diabetes durante más de medio siglo. Una columna vertebral muy deteriorada. Y, sobre todo, un accidente de tráfico en 1994 que lo dejó siete días en coma y exigió después alrededor de un año de rehabilitación.

Cuando le pregunté qué había cambiado después de estar tan cerca de la muerte, no respondió con una teoría. Me habló de un café. El primer café que consiguió volver a tomarse solo le produjo «una alegría colosal». También mirar el cielo azul de Madrid, contemplar los árboles de la Castellana o sentarse de nuevo al volante. Durante algún tiempo, cada acción mínima se convirtió en un acontecimiento.

Quizá por eso desconfiaba de esa idea grandilocuente de la felicidad que nos obliga a estar permanentemente satisfechos. Cuando le pregunté directamente si era feliz, respondió con su peculiar ironía: «Bastante, para lo que se puede esperar de esta sociedad...». Y añadió que, al mirar atrás, tenía que dar muchas gracias a Dios por «las 50.000 cosas» que había recibido sin merecerlas.

También los psiquiatras

Hay otro texto de Aquilino que merece ser releído ahora. Es el epílogo que escribió para nuestro libro en septiembre de 2023. Allí decidió él mismo hablar del arrepentimiento.

Le irritaba esa frase tan contemporánea de «yo no me arrepiento de nada». Le parecía incompatible con la condición humana. Si somos limitados, razonaba, necesariamente habrá cosas que podríamos haber hecho mejor.

No hablaba de los demás. Después de décadas de ejercicio profesional reconocía que él mismo se arrepentía de algunas cosas. A pesar de haber intentado servir a sus pacientes, admitía que por «omisión, torpeza o inadvertencia» no siempre había alcanzado la meta deseable. Para un médico con su trayectoria, aquella confesión decía mucho.

A mí lo que me importa es encontrar a Dios por dentro y encontrarlo de verdadAquilino Polaino

«Ninguna ciencia es omnipotente; la psiquiatría tampoco», escribió. Y unas líneas después volvió al principio de todo: «¡También los psiquiatras somos frágiles!». Su conclusión no era pesimista. Precisamente porque somos frágiles podemos rectificar. Porque tenemos límites podemos pedir perdón, empezar de nuevo, aprender. La aceptación de uno mismo, defectos incluidos, no era para él conformismo, sino el punto de partida para intentar convertirse en la mejor persona posible.

El balance final

Al final de nuestras conversaciones quise volver a la pregunta que había sobrevolado aquellos cuatro días. Después de miles de pacientes, de tanta intimidad conocida, de tantas vidas que se habían abierto delante de él, ¿su visión final del ser humano era esperanzadora o más oscura que cuando empezó?

Su respuesta fue breve: «Cualquier persona es un misterio insondable. En el cómputo final, el balance es positivo».

Y todavía quedaba una pregunta: Cuando uno se acerca a las últimas estaciones de la vida, ¿qué es lo que le importa? Aquilino me miró con retranca: ¿Con ese «uno» se refiere a mí?, contestó. «Es una manera de hablar», afirmé.

Entonces dejó a un lado la Psiquiatría, la Psicología, la Filosofía, los más de setenta libros, la cátedra, los pacientes y todas las respuestas acumuladas durante una vida, y me respondió: «A mí lo que me importa es encontrar a Dios por dentro y encontrarlo de verdad».

Le pregunté qué había dejado de importarle. Me dijo que «el juicio ajeno».

Aquilino Polaino ha muerto. Queda su obra, sus discípulos, sus pacientes y todo lo que enseñó sobre la complejidad de la condición humana. A mí me quedan, además, cuatro mañanas en dos sillones orejeros de una consulta de la calle Velázquez. Y una respuesta que hoy me parece suficiente: «En el cómputo final, el balance es positivo».