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Los psicólogos advierten de los efectos de ver discusiones violentas o demasiado frecuentes

Los psicólogos advierten de los efectos de ver discusiones violentas o demasiado frecuentesPexels

Estas son las «nefastas consecuencias» de que los niños vean discutir a sus padres, según una psicóloga

Ansiedad, miedo, culpa, problemas de sueño... asistir a discusiones demasiado frecuentes o agresivas en el hogar deja un catálogo de secuelas en los menores que puede generar graves problemas en el futuro

Las discusiones forman parte de la rutina de cualquier hogar. Sin embargo, no es lo mismo una pelea entre hermanos que una acalorada discusión entre los padres, sobre todo cuando los hijos están presentes.

Los expertos no dejan lugar a dudas: una excesiva frecuencia en los conflictos en la pareja, y, sobre todo, un modo demasiado agresivo, hostil, despectivo o violento a la hora de discutir delante de los hijos puede afectar, de forma terriblemente negativa, en la salud mental y en el comportamiento presente y futuro de los niños.

«Los niños no necesitan que sus padres sean perfectos, pero sí necesitan saber que están seguros emocionalmente», explica la psicoterapeuta Diana Jiménez, experta en asesoramiento familiar y disciplina positiva.

Por eso, «ver discutir a sus padres con frecuencia, y más de forma hostil, activa su sistema de alarma interna, lo que, mantenido en el tiempo, tiene consecuencias nefastas a largo plazo», alerta para El Debate.

Efectos de ver discutir a los padres

Y detalla Diana Jiménez con precisión esos efectos, que la piscología clínica ya tiene más que testados:

Ansiedad o miedo, sobre todo cuando no entienden lo que pasa o sienten que no pueden hacer nada para solucionarlo.

Culpa, porque los niños pequeños tienden a pensar que los conflictos tienen que ver con ellos: «¿Será por algo que hice?».

Problemas de conducta o de sueño, como reflejo del estrés emocional.

Modelos de relación disfuncionales, porque si crecen viendo que las diferencias se resuelven con gritos o desprecios, probablemente repitan ese patrón en sus relaciones futuras.

Diana Jiménez, que es autora de varios libros y relatos infantiles sobre disciplina positiva y que cuenta con más de 200.000 seguidores en redes sociales, suele emplear en consulta una pequeña fábula para explicar a los padres la importancia de crear buen ambiente en el hogar: El árbol en el jardín.

«Cuando en casa hay armonía, el árbol (el niño) crece fuerte, con raíces profundas. Pero si hay tormentas constantes, rayos, gritos… el árbol se encoge, sus ramas se quiebran y su crecimiento se frena. Lo mismo ocurre con el desarrollo emocional de los hijos», explica.

No pasar nunca las líneas rojas

Y aunque asistir a discusiones frecuentes nunca es positivo, incluso aunque sean «de baja intensidad», el impacto negativo es mucho más profundo «cuando se cruzan las líneas rojas: insultos, desprecio y humillación, involucrar a los hijos, o violencia física o verbal, lo que implica también golpear objetos», apunta Diana Jiménez.

Porque «lo que antes podía generar ansiedad, ahora puede dejar una herida emocional duradera, y el niño no sólo se siente inseguro, sino que aprende que el amor puede doler y que el afecto puede venir acompañado de agresión», matiza.

Esto, según la experta en inteligencia emocional y en psicología adleriana, puede traducirse en «problemas de autoestima, porque si quienes deben protegerme se atacan entre sí, ¿Qué puedo esperar del mundo?», en «dificultad para confiar en los demás, porque el hogar deja de ser un lugar seguro», y en «conductas de evitación o sumisión porque, o bien aprenden a evitar todo conflicto (lo que no es sano), o bien repiten esas conductas agresivas en otros contextos».

Qué deben hacer los padres

Entonces, ¿qué tienen que hacer los padres si se dan cuenta de que están peleando demasiado delante de sus hijos, o que incluso aunque ellos no estén presentes, discuten de un modo inadecuado?

«El primer paso –señala Jiménez– es la toma de conciencia: reconocer que algo no está funcionando como debería. No para culparse, sino para responsabilizarse». Y, a renglón seguido, da varios pasos clave:

Hablar como pareja (fuera del momento de tensión): «Buscar momentos tranquilos para analizar cómo están, qué les está llevando a discutir tanto y cómo pueden gestionar mejor sus desacuerdos», dice.

Pedir ayuda profesional: «Una terapia de pareja no es sinónimo de fracaso, sino de madurez emocional. Todos nos equivocamos, lo importante es qué hacemos después del error», indica Diana Jiménez.

Reparar con los hijos: «Pedirse y pedirles perdón, explicar (de forma adaptada a su edad) que a veces los adultos también se equivocan, y mostrar que estáis trabajando para hacerlo mejor es una conversación que puede ser muy sanadora», señala.

Buscar herramientas de comunicación respetuosa: «La Disciplina Positiva, por ejemplo, ofrece muchos recursos para hablar desde la firmeza y la amabilidad. No es lo mismo discutir desde la firmeza y el respeto, que hacerlo desde la herida y la agresión», indica.

Y concluye Diana Jiménez: «Discutir es humano, pero hacerlo bien es un arte que se puede aprender. Cuando una pareja decide hacerlo, no sólo mejora su relación, sino que regala a sus hijos un modelo valioso: el de personas que se quieren, se respetan y se esfuerzan por construir un hogar donde crecer con seguridad y amor».

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