Las rabietas infantiles suelen ser la expresión de un malestar más profundo
Diana Jiménez, autora de «Mamá, ¿por qué me enfado?»
«Las rabietas de los niños nos ponen nerviosos porque remueven nuestras propias emociones no resueltas»
La psicóloga y psicoterapeuta Diana Jiménez, experta en disciplina positiva e inteligencia emocional, publica su segundo cuento para ayudar a los padres a encauzar las rabietas de sus hijos
Pocas cosas pueden poner tan nervioso a un padre o a una madre como una rabieta en el súper, una bronca a la salida del colegio, o una escandalera en casa o en el parque, con un hijo fuera de control. Y, sin embargo, esa escena que los padres perciben como anómala y vergonzosa es, en realidad, algo absolutamente cotidiano y normal en el proceso de cualquier niño, de un modo más o menos esporádico o más o menos intenso.
Por ese motivo, para ayudar a las familias a gestionar esas situaciones con eficacia, «desde la comprensión y el vínculo, no desde el castigo», la psicóloga Diana Jiménez, especialista en inteligencia emocional y terapia familiar, acaba de publicar Mamá, ¿por qué me enfado? (Penguin Kids). Un cuento –para niños y adultos–, cuyo lanzamiento ha hecho coincidir con un webinar sobre «Emociones en la infancia» para ayudar a cuantas más familias, mejor.
–Más allá de las circunstancias coyunturales (una rabieta en el super por unas galletas concretas o una pelea por tal juguete), le lanzo la pregunta con que titula el cuento: ¿Por qué se enfadan los niños?
–El enfado, como todas las emociones, tiene una función adaptativa: nos avisa de que algo no va como esperábamos. En el caso de los niños, ese «algo» puede ser tan básico como tener hambre, estar cansados o sentirse ignorados. Pero también puede esconder necesidades más profundas.
–¿Por ejemplo?
–Necesidad de conexión emocional, necesidad de autonomía, frustración por límites o normas, sensación de injusticia o de falta de control. Y muchas veces los adultos confundimos el enfado con un mal comportamiento, cuando en realidad el enfado no es el problema, sino que es la expresión de un malestar. Entender eso es lo que nos permite acompañarlos mejor.
Los adultos confundimos el enfado con un mal comportamiento, cuando en realidad no es el problema, sino que es la expresión de un malestar
–Así que el enfado o la rabieta puede ser más una señal, que un problema en sí mismo...
–Un ejemplo que uso mucho en la consulta es el del volcán: cuando un niño se enfada, lo que vemos es la lava (gritos, patadas, rabietas), pero lo que hay que atender es lo que está debajo, lo que calienta ese volcán por dentro. Eso es lo verdaderamente importante.
–Con esa premisa, ¿con qué actitud deberíamos encarar los padres la rabieta de nuestros hijos?
–Lo más importante es cambiar el foco: en vez de pensar «tengo que parar este comportamiento», debemos pensar «tengo que ayudarle con lo que está sintiendo». Necesitamos enfocarlo, primero, con calma: tu serenidad es su ancla. Si tú te desbordas, él se pierde más. Después, con empatía: el niño no elige enfadarse de esa manera, simplemente no tiene aún recursos mejores. Y luego, conectando antes de corregir. Un niño alterado no puede escuchar.
La psicóloga Diana Jiménez, autora de «Mamá, ¿Por qué me enfado?»
–Pero mantener la calma cuando nuestro hijo desfasa no siempre es fácil...
–Es que al llegar a este punto es donde muchas veces nos cuesta más actuar, porque nos conecta con nuestra propia infancia, con lo que aprendimos sobre el enfado. Por ejemplo, «hay que controlarlo», «los niños obedientes no montan escándalos», etc. Pero cuando entendemos que un niño no necesita que lo corrijamos en ese momento, sino que lo sostengamos, cambia todo.
–¿Así que verlos fuera de sí «nos descompone» a los adultos por motivos que no son el enfado del niño, sino por las emociones que despierta eso en nosotros?
–Exactamente. Muchas veces lo que realmente nos angustia no es el enfado de nuestro hijo, sino todo lo que se nos activa a nosotros a raíz de esa situación. Lo más común es el juicio externo: «¿Qué pensarán los demás?». También la autoexigencia: «Esto no debería estar pasando, algo estoy haciendo mal». Y por último, la herida interna: «Si yo hubiese hecho eso de pequeño, mis padres me habrían castigado…». Es decir, su rabieta remueve nuestras propias emociones no resueltas. Y desde ahí, es muy difícil acompañar bien. Por eso, uno de los pasos más importantes en la crianza consciente es revisar lo que nos pasa a nosotros cuando nuestros hijos se enfadan.
Muchas veces lo que nos angustia no es el enfado de nuestro hijo, sino lo que activa a nosotros: «¿Qué pensarán los demás?», «Esto no debería estar pasando, algo estoy haciendo mal»; «Si yo hubiese hecho eso, mis padres me habrían castigado…»
–Vayamos a los tips: además de leer Mamá: ¿Por qué me enfado?, ¿Cómo deberíamos responder, casi paso por paso, los padres ante una rabieta de nuestros hijos?
–Lo ideal es poder prevenir, anticiparnos al escándalo. Para eso, tenemos que trabajar la gestión emocional previamente. Si no es posible y se desencadena la rabieta podemos seguir cuatro pasos. Primero, validar y acompañar la emoción, sin intentar reprimirla a la fuerza. Segundo, evitar que se haga daño o se lo haga a otros. Tercero, conectar a través de la mirada y contacto físico. Y por último, mostrar calma y serenidad. Los enfados no son fallos, son oportunidades. Son la puerta por la que los niños nos dicen: «Necesito ayuda con esto que estoy sintiendo y no sé cómo manejarlo». Y cuando somos capaces de escuchar ese mensaje oculto, la crianza deja de ser una lucha y se convierte en un acompañamiento.
–Y a largo plazo, ¿esto es de verdad más eficaz para que los niños sean capaces de regular sus propias emociones?
–El cuento Mamá, ¿por qué me enfado? y el primero, Mamá, ¿por qué me porto mal?, nacieron precisamente para ayudar a las familias a transitar estos momentos de tensión, desde la comprensión y el vínculo, no desde el castigo o el control. Y no por «buenismo», sino porque cuando un niño se siente comprendido, aprende a comprenderse a sí mismo. Y ahí es donde empieza la verdadera educación emocional.