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Close-up of a human hand adjusting a wall clock to represent daylight saving time change. The image symbolizes time adjustment, seasonal time shift, modern lifestyle, work schedule changes and the impact of time regulation on daily life.

El gesto se repite puntualmente cada seis mesesGetty Images

¿Por qué volvemos a cambiar la hora? El motivo por el que Europa sigue sin eliminarlo

Durante la madrugada del próximo domingo, España y el resto de los socios de la Unión Europea retrasarán sus marcadores 60 minutos

La llegada del tramo final de octubre impone una vez más la obligada modificación en los relojes. Durante la madrugada del próximo domingo, España y el resto de los socios de la Unión Europea retrasarán sus marcadores 60 minutos para adaptar sus rutinas al horario de invierno: a las tres de la mañana las agujas volverán a marcar las dos.

El gesto se repite puntualmente cada seis meses a pesar de que la propia ciudadanía comunitaria y la Eurocámara votaron a favor de derogar el sistema de cambios estacionales.

La hoja de ruta para erradicar las variaciones en las manecillas arrancó en 2018, tras una masiva consulta pública en la que el 84 % de los 4,6 millones de participantes exigió eliminar los reajustes de primavera y otoño.

Un año después, en 2019, el Parlamento Europeo ratificó la iniciativa impulsando una propuesta de directiva que emplazaba a cada Estado miembro a decantarse libremente por el horario de verano o por el de invierno.

Sin embargo, el proyecto encalló en el Consejo Europeo, donde se sientan los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión. Al no ser una norma de aplicación automática, requería la ratificación coordinada de los países, un consenso que jamás llegó a fraguarse debido a las posturas contrapuestas sobre los efectos de la luz solar en la salud, la economía y el ahorro de energía.

División y temor al caos logístico

El desacuerdo se explica por las profundas diferencias geográficas del mapa continental. Las naciones de la franja sur, respaldadas por el sector turístico y de ocio, se decantan mayoritariamente por consolidar el horario de verano con el fin de prolongar las tardes de luz.

En cambio, los socios del centro y el norte de Europa defienden fijar el horario de invierno para garantizar la presencia de claridad durante las primeras horas de la mañana en los meses fríos.

Más allá del debate social, el verdadero obstáculo técnico que frena el acuerdo es el riesgo de balcanización horaria. Los diplomáticos europeos coinciden en que un reparto desordenado de husos entre países vecinos provocaría importantes desarreglos en las conexiones de transporte, las rutas aéreas, la negociación en los mercados de valores y las transacciones comerciales del mercado interior.

Ante la falta de una estrategia compartida, la Unión Europea mantiene congelado el debate y perpetúa la costumbre de retrasar y adelantar las manecillas dos veces al año.

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