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Hannah Ritchie en una sesión de TEDhannahritchie.com

Una investigadora de Oxford desmonta el alarmismo climático: «El mundo no se acaba»

«Estamos respirando uno de los aires más limpios en generaciones», destaca, algo que suele pasarse por alto en la narrativa habitual sobre el medio ambiente

Hannah Ritchie, científica e investigadora principal del 'Programa para el Desarrollo Mundial' de la Universidad de Oxford, se ha atrevido a alzar la voz contra el catastrofismo climático que impera entre la comunidad científica y los mandatarios de buena parte de los países occidentales.

Advierte que este comportamiento no solo es innecesario, sino también contraproducente. Aunque reconoce que los problemas climáticos son «graves y urgentes», insiste en que es fundamental analizar los datos con rigor y reconocer los avances que se están logrando de forma constante, aunque no siempre sean visibles en los titulares. Así lo expresa en su libro El mundo no se acaba (Anagrama) y en una entrevista con Efe.

Según Ritchie, los discursos apocalípticos generan un efecto paralizante en la sociedad. «El alarmismo extremo produce inacción, que es lo peor que podemos hacer», afirma, y además refuerza el negacionismo climático, ya que facilita que quienes rechazan la ciencia desacrediten todo el debate basándose en proyecciones exageradas. Para ella, la clave es adoptar una perspectiva basada en datos, evitando caer en el miedo paralizante.

Uno de los ejemplos que expone es la reducción drástica de la contaminación atmosférica en las últimas cinco décadas. «Estamos respirando uno de los aires más limpios en generaciones», destaca, algo que suele pasarse por alto en la narrativa habitual sobre el medio ambiente. Asimismo, defiende que el crecimiento económico, lejos de ser incompatible con la sostenibilidad, puede ser un aliado clave si se combina con innovación tecnológica, incentivos verdes y apoyo gubernamental.

Este enfoque resulta especialmente importante para países emergentes como India, Pakistán o China, que enfrentan serios desafíos ambientales. Ritchie subraya que el desarrollo económico bien gestionado puede acelerar la transición ecológica en estas regiones, en lugar de obstaculizarla.

El problema, según la investigadora, es que las buenas noticias sobre el clima avanzan de forma gradual y no generan grandes titulares, a diferencia de las catástrofes, que captan la atención de inmediato. «Necesitamos dar un paso atrás y observar los datos con perspectiva», señala. La clave para avanzar, asegura, es entender de dónde venimos, en qué punto estamos y hacia dónde debemos dirigirnos, algo que solo se puede hacer con información fiable.

En este sentido, Ritchie también advierte sobre los malentendidos que existen en torno a lo ecológico. «Nuestra intuición sobre lo que es sostenible y lo que no suele fallar: no todo lo natural es bueno ni todo lo sintético es malo», apunta, insistiendo en que la toma de decisiones debe basarse en evidencia científica, no en percepciones subjetivas.

Pese a su enfoque basado en datos, reconoce que las cifras por sí solas no siempre llegan al gran público. «La gente responde mejor a las historias que a los números», admite, por lo que considera esencial combinar datos sólidos con una narrativa atractiva que motive la acción y genere entusiasmo por el cambio.

En El mundo no se acaba, Ritchie adopta un tono optimista y enfatiza que la humanidad tiene el potencial de convertirse en la primera generación capaz de construir un planeta sostenible. Para ello, pide más colaboración entre los distintos sectores de la lucha climática, evitando enfrentamientos estériles, como los que se producen entre los defensores de las energías renovables y los de la nuclear. «Cuando ambos bandos se atacan entre sí, los verdaderos ganadores son los combustibles fósiles», advierte.

A pesar de los desafíos geopolíticos, Ritchie cree que muchos cambios en sostenibilidad ya son imparables, especialmente en áreas como la electrificación y el desarrollo de energías limpias. Si bien algunos países pueden ralentizar sus esfuerzos –menciona el caso de EE. UU.–, eso no significa un retroceso global. «El retroceso de un país no tiene por qué frenar al mundo entero; de hecho, puede incentivar a otros a acelerar sus esfuerzos», concluye, citando el ejemplo de China, que está apostando por la transición energética «más rápido y con mayor intensidad».