Nevada en Calamocha, Teruel
El día que España alcanzó los 30 grados bajo cero: así fue el récord de frío en una zona poblada
Los meteorólogos de la Aemet relatan cómo ese desplome térmico fue consecuencia de una combinación casi perfecta de factores
El pasado mes de diciembre se cumplieron 62 años de un hecho a destacar en el ámbito meteorológico español: el récord de frío en una zona poblada de nuestro país. A pesar de que puedan parecer valores más propios de regiones más frías, como Siberia o Groenlandia, la temperatura más fría jamás registrada, según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), fue de -30 ºC en Calamocha, Teruel.
A mediados del siglo XX este frío extremo era un fenómeno relativamente frecuente en el llamado «triángulo de hielo», el espacio geográfico formado por Teruel, Calamocha y Molina de Aragón. En esa zona, década tras década, se alcanzaban temperaturas inferiores a –20 ºC, lo que consolidó su reputación como el polo térmico del país. El episodio de 1963 no fue una excepción aislada, sino el más extremo de una larga serie de inviernos severos.
Aquella mañana del 17 de diciembre de 1963, mientras España y el mundo seguían conmocionados por el reciente asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy, el termómetro descendía hasta valores históricos en el interior peninsular. El récord pasó prácticamente desapercibido fuera del ámbito local y del entonces Servicio Meteorológico Nacional, antecedente de la actual Aemet. Solo años después adquiriría la relevancia que hoy se le reconoce.
Hasta ese momento, el registro más bajo de la red oficial correspondía a los –32 ºC medidos en febrero de 1956 en Lago Gento, una estación de alta montaña en Lérida situada a más de 2.200 metros. La diferencia clave es que aquel valor se produjo en una zona no habitada, mientras que los –30 ºC de 1963 se alcanzaron en un entorno poblado, lo que confiere a este último un especial significado social y científico. Aquella misma madrugada se midieron también –28 ºC en Molina de Aragón y Monreal del Campo, confirmando la magnitud del episodio.
Tal y como explica la Aemet en uno de sus blogs, los observatorios de Calamocha y Molina de Aragón habían sido instalados en la década de 1940 con fines aeronáuticos, ya que ambos se encontraban bajo el corredor aéreo entre Madrid y Barcelona. Con el tiempo, sus datos empezaron a destacar por la reiteración de mínimas extremas. Antes de 1963 ya se habían registrado valores de entre –25 y –28 ºC en varios inviernos, como los de 1945, 1947 y 1952.
En diciembre de 1963, el observatorio Calamocha-VOR estaba ubicado en Fuentes Claras, en un enclave ligeramente más elevado y favorable para la navegación aérea. Desde enero de ese año, además, se había incorporado a la red sinóptica, lo que permitió observaciones continuas durante toda la madrugada. De hecho, a la una de la mañana de aquel día ya se anotaban –21 ºC, que descendieron hasta –28 ºC a las siete y alcanzaron el mínimo histórico poco después.
Combinación perfecta de factores
Los meteorólogos relatan cómo ese desplome térmico fue consecuencia de una combinación casi perfecta de factores: cielo despejado tras un temporal de nieve, viento en calma y suelo completamente cubierto de nieve. Este escenario favoreció un intenso enfriamiento radiativo durante una de las noches más largas del año, muy próxima al solsticio de invierno. Es el patrón común a la mayoría de los grandes episodios de frío extremo registrados en zonas no montañosas de España.
La singularidad del triángulo Teruel-Calamocha-Molina radica precisamente en su predisposición a reunir estas condiciones. Desde finales del siglo XIX se han contabilizado más de un centenar de episodios con temperaturas por debajo de –20 ºC en este entorno, incluyendo localidades cercanas como Daroca, que alcanzó –24,2 ºC en 1918.
Más de 60 años después, el récord de –30 ºC sigue pareciendo difícil de repetir. Sin embargo, los expertos advierten de que el aumento de las temperaturas medias no elimina la posibilidad de episodios extremos. Prueba de ello son las olas de frío de diciembre de 2001 y enero de 2021, esta última tras la borrasca Filomena, cuando se registraron mínimas de hasta –27 ºC en la zona.
El frío de 1963 permanece así como un hito legendario de la climatología española, un recordatorio de que incluso en un país de clima templado pueden darse episodios de intensidad excepcional cuando la atmósfera, el relieve y la nieve se alinean de forma precisa. La historia del termómetro de Calamocha sigue congelada en aquellos –30 ºC que, seis décadas después, aún estremecen la memoria colectiva.