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El río Ebro congelado a su paso por Tortosa (Tarragona) en 1981Aemet

Así fue la histórica ola de frío que congeló ríos como el Ebro y el Tajo hace 135 años

Las crónicas de la época narran cómo las temperaturas cayeron a valores bajo cero en toda España y hasta las olas del mar se solidificaban formando una faja de hielo

De igual forma que la nevada que afectó al centro peninsular durante la borrasca Filomena será recordada durante años, por estas fechas merece la pena echar la vista atrás para evocar otros acontecimientos meteorológicos notables de la historia de España.

En enero de 1891, nuestro país vivió un invierno excepcionalmente riguroso que dejó una huella imborrable en la memoria de la población. Por aquel entonces, el país se preparaba para las primeras elecciones generales bajo sufragio universal masculino durante la Restauración. Sin embargo, la intensa ola de frío acaparó la atención de ciudadanos y periódicos, eclipsando incluso la política del momento. Las crónicas de la época recogen cómo el clima extremo marcó la vida diaria de las personas, obligándolas a modificar sus rutinas y a buscar refugio en teatros, cafés y espacios cerrados para protegerse de las bajas temperaturas.

Los registros de aquel invierno muestran valores extraordinarios que no se han repetido en los años posteriores. Según un trabajo de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), se recopilaron datos de récord junto con las crónicas de los periodistas de la época, quienes relataban episodios sorprendentes y curiosidades que hoy resultan difíciles de imaginar.

Las mínimas históricas fueron impactantes: -15,2 ºC en Segovia, -14,6 ºC en Teruel, -12,3 ºC en Pamplona y -10,8 ºC en Albacete. Las ciudades de menor altitud también sufrieron temperaturas extremas, como -9,6 ºC en Barcelona, -8,1 ºC en San Sebastián, -8 ºC en Valencia y -7,2 ºC en Bilbao. La Aemet aclara que, aunque los termómetros utilizados eran similares a los actuales y manejados por personal altamente cualificado, algunos de ellos estaban ubicados en abrigos meteorológicos, por lo que los registros podrían haber sido ligeramente más bajos que si hubieran estado protegidos en garitas modernas sobre césped o terreno natural.

Ríos y mar helados

La ola de frío no se limitó a registrar temperaturas mínimas extremas; también transformó ríos y lagos en auténticos paisajes invernales. La fase más intensa de este episodio comenzó a sentirse a finales de noviembre de 1890. El 26 de noviembre, Madrid ya registró -12,5 ºC, valores inusualmente bajos para la época, que anticipaban un invierno extremadamente riguroso. Con el paso de los días, las temperaturas continuaron descendiendo hasta alcanzar su punto mínimo en enero.

Juan A. Balbás, cronista de Castellón en El libro de la provincia de Castellón (1892), señala que en la ciudad se registraron -10,4 ºC y que en Morella el mercurio llegó a -20 ºC. Los ríos Mijares y Ebro se congelaron, y en el Grao se observó un fenómeno insólito: las olas del mar, al llegar a la playa, se solidificaban formando una faja de hielo que impresionó a todos los que lo presenciaron.

José Ángel Núñez, de la delegación de la Aemet en la Comunidad Valenciana, añade que el espesor del hielo del Ebro en Zaragoza alcanzaba los 20 centímetros, que el Tajo permaneció congelado en Toledo y que en el Llobregat algunos jóvenes se desplazaban sobre el hielo en velocípedo. En Valencia, el Turia y otros ríos del área estuvieron helados durante varios días, lo que complicó la vida cotidiana y provocó daños en las cosechas y pérdidas económicas.

El fenómeno no se limitó a España. En París, el Sena permaneció completamente congelado entre el 11 y el 24 de enero. En Inglaterra, los ríos también se helaron, y se conservan fotografías de carruajes tirados por caballos circulando sobre el Támesis congelado en Oxford. En Ámsterdam, los canales quedaron cubiertos de hielo, y el lago Lemán y el río Rin registraron un estado similar, transformando amplias zonas de Europa en auténticos paisajes árticos.

Consecuencias y recuperación

Tras semanas de temperaturas extremas, el 21 de enero comenzó un repentino ascenso térmico. La nieve acumulada durante el episodio se derritió rápidamente, provocando crecidas de ríos, inundaciones y calles convertidas en lodazales en muchas localidades, como Alcoy, en Alicante. La ola de frío dejó además consecuencias humanas trágicas, con fallecimientos por hipotermia y accidentes relacionados con el hielo, así como daños significativos en la agricultura, con pérdidas de cosechas que afectaron a muchas regiones.

José Ángel Núñez subraya la excepcionalidad de este invierno, tanto por su duración –más de dos meses– como por los registros de temperatura mínima en diversas zonas de España. Este histórico episodio sirve como recordatorio de que, incluso sin fenómenos modernos, el clima puede presentar desafíos extremos que marcan la vida cotidiana, las economías locales y la memoria colectiva. La ola de frío de enero de 1891 sigue siendo uno de los eventos meteorológicos más exagerado documentados en el país, destacando por su intensidad, duración y los extraordinarios fenómenos naturales que generó, como ríos y mares congelados, y el impacto directo en la sociedad de la época.