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Varias plantas en el interior de una casa

Varias plantas en el interior de una casaGetty Images

Por qué hablar a las plantas las hace crecer más sanas

Para comprender cómo se relacionan las plantas con su entorno, debemos adoptar una perspectiva evolutiva y tener en cuenta su condición estática

Probablemente haya escuchado alguna vez la recomendación de hablar a las plantas de su casa para que crezcan más sanas y vigorosas.

Es posible que usted mismo lo ponga en práctica y les dedique palabras amables, o les ponga música clásica, con la esperanza de ver brotar nuevos tallos y hojas. En la cultura popular, la idea de que las plantas responden al afecto emocional humano está profundamente arraigada.

The Conversation

Pero, desde el punto de vista de la biología evolutiva, ¿tiene algún sentido que un ficus o un geranio se beneficien de nuestras palabras afectivas? La ciencia nos dice que la realidad es un poco más compleja… e infinitamente más interesante de lo que parece. El efecto de hablarle a las plantas no ocurre en las plantas, sino en la persona que les habla.

La inmunidad emocional evolutiva de las plantas

Para comprender cómo se relacionan las plantas con su entorno, debemos adoptar una perspectiva evolutiva y tener en cuenta su condición estática. A diferencia de los animales, las plantas son organismos sésiles: no pueden huir ante una amenaza ni buscar refugio de forma activa.

Por ello, han evolucionado durante cientos de millones de años, alcanzando genomas extraordinariamente complejos que les dotan de sensores muy precisos para estímulos físicos y químicos que significan la vida o la muerte: la intensidad de la luz, la humedad en la tierra, la fuerza del viento, las vibraciones provocadas por un polinizador o la mandíbula de un insecto herbívoro.

En este contexto, las plantas perciben nuestra interacción, pero lo hacen de una forma estrictamente física. Cuando nos acercamos a hablarles, detectan las vibraciones acústicas de nuestras cuerdas vocales (lo que se estudia en la disciplina de la fitoacústica).

También notan las ligeras corrientes de aire o el tacto, si acariciamos sus hojas (una respuesta fisiológica conocida como tigmomorfogénesis). Y, por supuesto, al hablar cerca de ellas reciben una dosis extra y localizada de dióxido de carbono (CO₂), un gas que es el motor de su fotosíntesis.

Nuestras emociones, ruido de fondo

Sin embargo, son biológicamente ciegas a la semántica o a la emoción. Para la planta, recitarle un poema de amor o leerle los términos y condiciones de una página web supone exactamente el mismo estímulo físico.

Dicho de una manera directa: el maltrato psicológico no funciona con las plantas, solo el físico. Un grito furioso no herirá sus «sentimientos», sino que simplemente moverá el aire a su alrededor. No han tenido presión evolutiva alguna para desarrollar receptores de afecto humano. Para ellas, nuestra psicología es ruido de fondo irrelevante.

Correlación no es causalidad: el sesgo de la atención

Entonces, si las plantas son inmunes a nuestras muestras verbales de cariño, ¿por qué parece que el método funciona? En ciencia, uno de los conceptos fundamentales es que la correlación no implica causalidad. El mito parece real debido a lo que podríamos denominar el «sesgo de la atención».

El acto mecánico de emitir palabras amables no es la causa directa del crecimiento vegetal. Pero sí existe una fuerte correlación: el perfil de la persona que se detiene regularmente a charlar con sus macetas es el de alguien que las observa con mayor detenimiento.

Esta atención extra garantiza que el cuidador detecte mucho antes cualquier problema. La persona que le da los buenos días a su planta notará inmediatamente si el sustrato está demasiado seco, si las puntas de las hojas se están marchitando por falta de luz o si hay una minúscula plaga de pulgón asomando en el tallo.

Las palabras no fertilizan, pero esa atención focalizada garantiza que las necesidades biológicas de la planta se cubran con mucha más eficacia mediante un mejor riego, un abonado adecuado y cuidados a tiempo.

El giro inesperado: el beneficio es humano

Llegados a este punto, si las palabras bonitas no curan a la planta, ¿a quién curan? El verdadero impacto de esta interacción emocional no ocurre en el organismo vegetal, sino en el sistema nervioso del humano que las riega con atención y les habla con afecto.

Para nuestra especie, verbalizar pensamientos en voz alta tiene un profundo efecto terapéutico. Nos ayuda a ordenar ideas, a procesar emociones complejas y a alcanzar lo que en psicología se conoce como catarsis: una liberación profunda y purificadora de emociones reprimidas, como la ira, el miedo o la tristeza. Esta «purga» psicológica transforma las tensiones negativas en una reconfortante sensación de claridad, calma y bienestar mental.

Para lograr este efecto catártico, la planta se convierte en el oyente pasivo perfecto: hace compañía, no interrumpe y no juzga. De hecho, en una época en la que cada vez más personas recurren a la inteligencia artificial para conversar o buscar apoyo, la botánica ofrece una ventaja insuperable frente a los algoritmos: un geranio jamás le dará un mal consejo. Mientras que ya se han documentado casos de personas tomando decisiones desastrosas por seguir a ciegas las sugerencias de un chatbot, su planta le ofrecerá siempre la más segura de las respuestas: un sabio y prudente silencio.

Cuestión de biofilia

Además, este comportamiento entronca directamente con la hipótesis de la biofilia, popularizada por el biólogo evolutivo Edward O. Wilson. Esta sugiere que los humanos tenemos una afinidad innata, grabada a fuego en nuestros genes durante nuestra propia evolución, por conectar con la naturaleza y con otras formas de vida.

Hablar a las plantas es una expresión moderna de esta necesidad intrínseca de vincularnos con nuestro entorno natural y nos ayuda a satisfacer nuestras necesidades psicológicas básicas. Por un lado, nos aporta un profundo sentido de conexión, haciéndonos sentir vinculados de forma segura a un ser vivo. Por otro, refuerza nuestra competencia, al experimentar la satisfacción de nutrir y hacer prosperar a otro organismo.

Al establecer esta doble conexión y adoptar el rol de cuidadores, nuestro cerebro segrega hormonas vinculadas al bienestar, como la oxitocina y la dopamina, y reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés.

Y es que no estamos ante un diseño evolutivo donde las plantas hayan desarrollado la capacidad de comprender el amor. Más bien, somos el resultado de linajes evolutivos radicalmente distintos que han encontrado una simbiosis curiosa y hermosa en nuestros jardines, salones y terrazas. Al humanizarlas y hablarles, ellas reciben el cuidado material que necesitan para sobrevivir y nosotros obtenemos esa dosis de bienestar y conexión con la naturaleza que nuestro cerebro humano tanto agradece.

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